Edición Nº 1079 - Viernes 1 de mayo de 2026

La nueva alianza “Juntos” aventaja al Likud ante próximas elecciones

Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 5'

Por Eduardo Zalovich

La irrupción de la alianza Beyajad reconfigura el tablero político israelí y desafía por primera vez en años la hegemonía de Netanyahu. Con una propuesta amplia y pragmática, el nuevo bloque opositor emerge como alternativa viable de gobierno en un escenario históricamente fragmentado.

La política israelí vive un reordenamiento rápido, y el nuevo partido Beyajad (Juntos) de Naftali Bennett y Yair Lapid —con la probable incorporación de Gadi Eisenkot— es hoy el movimiento más relevante del tablero. No es un partido convencional, sino una alianza de poder amplia, pragmática y, sobre todo, viable frente al demasiado largo dominio de Netanyahu.

Dos días después de que anunciaran su nuevo partido, una encuesta de News 12 analizó cómo afecta al panorama político. Si las elecciones se celebraran hoy, Juntos obtendría 26 escaños, superando al Likud, que cuenta con 25. La encuesta publicada en la edición principal también sugiere que la oposición conseguiría 60 escaños, sin el apoyo de los grupos árabes. El partido Yashar del respetado militar Gadi Eisenkot está creciendo y obtiene 15 bancas. Según la encuesta, Los Demócratas (izquierda), liderados por Yair Golan, mantienen su fuerza y obtienen 10 parlamentarios. Israel Beiteinu (derecha), de Avigdor Lieberman, se fortalece hasta alcanzar 9 bancas (una más que en la encuesta anterior). En el mapa de bloques, el oficialismo suma 50 y la oposición 60 escaños. Los partidos árabes suman 10 legisladores, lo que demuestra el hecho —ya conocido— de que casi la mitad de la comunidad árabe-israelí vota partidos judíos. Entre los escenarios analizados se encuentra la posibilidad de que Gadi Eisenkot se una a Juntos. En ese caso, alcanzaría 41 diputados.

Una opción atractiva

El nuevo partido político nació con una declaración fundacional clara: superar la fragmentación del campo opositor. Bennett lo expresó con una frase cuidadosamente elegida —“el fin de la era de la división” —, mientras Lapid habló de una etapa de “reparación” nacional. Esa elección semántica no es retórica hueca: refleja la lectura compartida de que la debilidad opositora no ha sido ideológica sino estructural, incapaz de alcanzar una mayoría estable en un Parlamento unicameral de 120 miembros. El proyecto político combina dos corrientes que hasta hace poco competían: la derecha nacional de Bennett y el centrismo secular de Lapid.

La alianza apunta a un electorado amplio, harto de bloques rígidos. En términos programáticos, aunque no presentaron un acuerdo detallado, hay ejes claros: restaurar la seguridad tras el trauma del 7 de octubre, reformar el sistema de servicio militar —incorporando a los ultrarreligiosos—, y devolver la gobernabilidad. A esto se suma una promesa de alto impacto político: abrir una investigación estatal sobre los fallos que permitieron el sangriento ataque de Hamás. Un golpe directo a la posición oficial.

El núcleo ideológico del proyecto combina firmeza —Bennett rechaza nuevas concesiones territoriales— con un programa interno claro: reforma del Estado, eficiencia y alivio económico. Lapid aporta otra dimensión: el voto secular, urbano y de clase media, centrado en economía y equilibrio de poderes. Se definen como “un polo renovador, patriótico y sionista”. Vale aclarar —dada la confusión que genera el concepto— que el sionismo es la ideología que defiende el derecho judío a la independencia (no a cuáles deben ser sus fronteras). Por lo tanto, prácticamente todos los partidos israelíes —de derecha, centro o izquierda— se definen como tales.

El diseño del partido es estratégico. Naftali es el líder y candidato a premier, mientras Yair acepta ir segundo, con un papel decisivo en la cohesión del bloque. Esto responde a encuestas que muestran a Bennett con mayor capacidad de atraer votantes de derecha descontentos, mientras Lapid consolida el voto centrista. La invitación abierta a Gadi Eisenkot —hombre con gran prestigio militar y perfil de consenso— revela la ambición de ampliar aún más el apoyo, incorporando un experto en seguridad, hecho que en Israel es clave para ganar elecciones.

Eisenkot representa una incógnita. Su propio partido, Yashar (Derecho), se construyó sobre la idea de integridad y superación de la dicotomía izquierda-derecha, con un discurso de honestidad y reconstrucción social. Su eventual integración convertiría al bloque en una fuerza dominante dentro de la oposición. Si compitiera en solitario, en cambio, fragmentaría ese mismo espacio. De hecho, algunos sondeos lo sitúan como figura tan popular como Bennett en el campo opositor, lo que añade tensión al resultado.

Desafío de peso

La reacción del Likud y Netanyahu ha sido previsible. Aunque públicamente minimizan la alianza, en privado la consideran la amenaza más seria en años. El cálculo es claro: por primera vez existe un bloque opositor con potencial real de superar la barrera de los 61 escaños. Sin embargo, Netanyahu sigue siendo un competidor poderoso, con un núcleo duro sólido y una maquinaria política eficaz. Las encuestas actuales lo sitúan todavía como el candidato individual más votado, aunque lejos de la mayoría parlamentaria.

Las posibilidades de victoria del Likud dependen de tres variables críticas: su capacidad de mantener la unidad interna, la incorporación —difícil— de Eisenkot y la matemática postelectoral. Incluso con buenos resultados, la formación de gobierno requerirá alianzas con partidos menores, en un sistema siempre fragmentado.

En cuanto a los demás actores, observan con cautela. Partidos de derecha moderada —Avigdor Lieberman— ven en Bennett una opción de retorno al poder sin Bibi; sectores de centro-izquierda consideran a Lapid garante del equilibrio ideológico; y los partidos étnicos árabes siguen siendo un factor que evita comprometerse a integrar una coalición futura.

En resumen, Beyajad no representa solo un nuevo partido, sino un intento real de rediseñar el sistema político israelí desde dentro, sustituyendo la lógica de alianzas rígidas por una coalición amplia, con vocación de gobierno y consensos. Su éxito dependerá de convencer de que pueden armar una mayoría eficiente, de acción coordinada. Por primera vez en años, Netanyahu enfrenta una alianza sólida y atractiva que puede derrotarlo.



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