Edición Nº 1077 - Viernes 17 de abril de 2026

La marcha atrás como política sabia

Viernes 17 de abril de 2026. Lectura: 3'

La fallida modificación del régimen de libertad anticipada expuso tensiones políticas, activó críticas de la oposición y obligó al oficialismo a retroceder. En un tema de alta sensibilidad pública como la seguridad, el episodio deja una lección clara: rectificar a tiempo también es una forma de gobernar.

El episodio comenzó como una corrección técnica y terminó como un ruido político de alta intensidad. El intento del gobierno de modificar el régimen de libertad anticipada, en el marco de la reforma del Código del Proceso Penal, derivó en una rápida retirada que dejó al descubierto tensiones internas, alertas opositoras y una lección que la política suele olvidar: rectificar a tiempo también es gobernar.

Una reforma que buscaba “el término medio”

La propuesta original no era, en su formulación, una liberalización sin límites. El texto planteaba permitir que personas condenadas por delitos hoy excluidos —incluidos algunos de alta gravedad— pudieran solicitar la libertad anticipada, pero bajo condiciones más estrictas: el cumplimiento de tres cuartas partes de la pena.

La lógica era explícita: abrir una puerta que la legislación vigente había cerrado —en particular tras la LUC—, pero compensarla con mayores exigencias. Una especie de equilibrio entre la rigidez actual y el sistema previo.

Sin embargo, en política criminal, las zonas grises rara vez sobreviven al debate público.

El ruido político y la aceleración de los tiempos

La discusión escaló rápidamente tras la interpelación al ministro del Interior por parte del senador colorado Pedro Bordaberry. Desde la oposición se instaló la idea de que el gobierno pretendía “liberar presos”, asociando la reforma a un eventual aumento de la inseguridad.

A esa presión se sumaron reparos de organizaciones sociales y cuestionamientos sobre posibles efectos no previstos —como la eventual inclusión de delitos de lesa humanidad—.

El resultado fue previsible: el tema dejó de ser técnico y pasó a ser simbólico. Y cuando eso ocurre, el margen de maniobra se reduce drásticamente.

El Frente Amplio entre la defensa y la cautela

Dentro del oficialismo, la reacción fue dual. Por un lado, se defendió que no existía ninguna intención de liberar presos de forma automática y que cada caso seguiría bajo control judicial.

Por otro, emergió una señal de pragmatismo político. El propio presidente fue claro al admitir que, si la propuesta generaba riesgos o no contaba con respaldo suficiente, correspondía revisarla o directamente retirarla.

Esa combinación —convicción inicial y flexibilidad posterior— terminó inclinando la balanza hacia la retirada.

La oposición y la reivindicación del camino previo

En la vereda de enfrente, la marcha atrás fue leída como una confirmación. Dirigentes blancos y colorados interpretaron el retroceso como una validación del enfoque más restrictivo consagrado en la LUC, e insistieron en que no estaban dispuestos a modificar su “sustancia”.

El argumento opositor fue que el país ya transitó experiencias de flexibilización que fracasaron —lo cual es cierto— y cualquier intento de volver a ese camino debía ser resistido.

La decisión: retirar antes que insistir

Con el conflicto en escalada, el Ejecutivo optó por eliminar directamente el capítulo de la reforma vinculado a la libertad anticipada.

No hubo reescritura inmediata ni negociación incremental: hubo retirada. El tema, según se indicó, podrá ser revisado más adelante, pero ya fuera del foco inmediato de la reforma.

Una lección política subestimada

El episodio deja varias lecturas, pero una destaca por encima del resto: la capacidad de marcha atrás no es un signo de debilidad, sino una herramienta de gobierno.

En sistemas políticos donde las mayorías son relativas y los temas sensibles —como la seguridad— tienen alta carga simbólica, insistir puede ser más costoso que corregir.

Aquí, el gobierno optó por evitar un desgaste mayor, aun al costo de ceder terreno narrativo. La oposición capitalizó la retirada, pero el oficialismo contuvo un conflicto que amenazaba con crecer.

No es una conclusión épica ni ideológica. Es, más bien, una constatación práctica: en política, avanzar siempre no es avanzar mejor. A veces, gobernar también consiste en saber cuándo detenerse.



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