Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026

La luz del dormitorio chico

Viernes 29 de mayo de 2026. Lectura: 3'

Por Susana Toricez

Entre privaciones silenciosas y sacrificios cotidianos, hay padres que hacen de la renuncia una inversión: sostienen el presente con esfuerzo para que sus hijos puedan alcanzar un futuro mejor. Una reflexión sobre la dignidad del trabajo, el valor del estudio y las luces que nunca se apagan en el dormitorio chico.

Son padres que no entran en las estadísticas de la vulnerabilidad ni esperan la bolsa de ayuda del gobierno; son los invisibles del medio, los que siguen con esfuerzo redoblado, pero con el orgullo intacto.

Viven en una casa donde no falta el pan, pero se cuenta el queso.

No hay goteras en el techo, pero el frío se cuela por los burletes de las ventanas, que ya pidieron un cambio hace dos inviernos.

El hombre se toma el café instantáneo, negro y amargo, mirando el reloj de la cocina, que siempre adelanta cinco minutos.

Podría haberse comprado esa campera de abrigo que vio en la vidriera, la que tenía corderito por dentro, pero hizo la cuenta en el aire: esa campera son tres libros de “Cálculo” y el pago del boleto mensual para el chico.

La mujer, que todavía conserva las manos suaves, pero insiste en el milagro del detergente barato, hace meses que no pasa por la peluquería. «¿Para qué?», dice, y se ata el pelo con una gomita.

Hay una mística silenciosa en esa privación. No sufren la escasez del bolsillo, sino que cultivan la disciplina del sacrificio.

Se despojan de los pequeños lujos —la salida al cine, el auto nuevo y, a veces, hasta el asado del domingo—, no porque la billetera esté vacía del todo, sino porque tienen la certeza absoluta de que el futuro de sus hijos se paga al contado y por adelantado.

Saben que, en este mundo desparejo, el único escudo real es un título bajo el brazo y la honestidad impresa en el alma.

Por eso, mientras el living se queda con los muebles de siempre y el televisor muestra los colores de la vejez, en el dormitorio chico brilla la luz de la lámpara de escritorio hasta la madrugada. Ahí está el hijo, quemándose las pestañas, tragándose los apuntes y sembrando esperanza.

Esos padres no acumulan propiedades ni acciones en la bolsa. Su mayor inversión es un patrimonio invisible, como el de la palabra empeñada que se cumple, el valor del esfuerzo que no conoce de atajos ni renuncios, o la dignidad de acostarse con la conciencia limpia, aunque se resientan las rodillas.

Cuando llega el día de la graduación, cuando el chico puso todo su empeño, con horas de estudio y noches de sábado no bailadas, cuando sube al escenario y recibe ese cartón enrollado con una cinta brillante, la gente aplaudirá al nuevo profesional.

Dirán que es un joven brillante, un ingeniero, un abogado, un médico, con un futuro prometedor.

Pero abajo, en la tercera fila, habrá dos personas con las manos gastadas y los ojos llenos de lágrimas.

Ellos no saldrán en la foto del diploma, pero todos sabrán que ese título universitario está impreso, de punta a punta, sobre la espalda de renuncias, principalmente del hijo, que es sobre quien se cargan todas las expectativas.

Los padres han logrado el milagro de criar un ser humano excepcional y un profesional que, además de saber firmar un contrato, sabe mirar a los ojos y, con honestidad, decir: “Me lo gané en buena ley”.



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