Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026

La licuadora frentista

Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 4'

Por Julio María Sanguinetti

El expresidente Julio María Sanguinetti sostiene que el intento del gobierno de recurrir al Ejército para reforzar la seguridad pública terminó diluido por las resistencias ideológicas dentro del Frente Amplio. A su juicio, el dogmatismo del oficialismo desactiva una y otra vez las iniciativas de cambio, incluso frente a problemas tan urgentes como la creciente violencia vinculada al narcotráfico.

La mentalidad frentista, su núcleo duro de pensamiento, hecho de emociones y corsés ideológicos, es inconmovible. Es de acero. Puede ocurrir lo que ocurra, que no la mueve nada ni nadie. Si Cuba es una catástrofe social y política sin igual, no importa; la idea se mantiene, la ejecución fue equivocada...

Naturalmente, la ciudadanía votante del Frente es más amplia que ese “núcleo”, pero este condiciona toda apertura, todo aquello que de algún modo afecte ese imaginario anacrónico que sigue en la Revolución de Octubre de San Petersburgo.

Los ejemplos se multiplican, pero hoy estamos ante uno muy simbólico de cómo opera. Nos referimos al apoyo militar a la acción policial contra una criminalidad que, vinculada a la droga, ha transformado nuestra realidad con una crueldad desconocida. La reciente matanza de cinco personas es emblemática.

El Presidente y el Ministro del Interior resolvieron que, ante el agravamiento de la situación, era necesario poner todos los recursos disponibles del Estado al servicio de la seguridad pública. Esa decisión involucraba al Ejército, para que apoyara la acción policial con sus medios.

La decisión respondía claramente a un reclamo ciudadano particularmente fuerte en los barrios más pobres, donde una parada de ómnibus es un desafío permanente o, simplemente, andar por la calle es vivir el riesgo de una balacera que alcanza a cualquiera.

El Ministro lo dijo en el Parlamento y todo el país imaginó que saldrían a la calle todos los blindados militares, en una presencia disuasiva que fortalecería la acción policial, intentaría mejorar el clima ambiente y mostraría una necesaria determinación de enfrentar el tema.

Las primeras noticias referían al uso de unos fantásticos blindados estadounidenses y se instaló el debate de si se requería permiso porque no estaban afectados sino a misiones de paz. Y, a partir de allí, comenzó una zarabanda kafkiana de dudas jurídicas mientras los guardianes de la ortodoxia iban limando el tema, paso a paso, estimulando el viejo reflejo antimilitarista que viene desde mucho antes de la dictadura y que, luego de ella, ha sobrevivido pese al Ministerio de Defensa de Eleuterio y la Presidencia de Mujica.

Por supuesto, nadie estaba planteando poner al Ejército en funciones policiales. Era algo análogo a su custodia perimetral de las cárceles, que en su tiempo se instaló exitosamente para impedir una cadena de fugas.

Seguramente habría que dictar un decreto para deslindar las responsabilidades y que quedara claro que el Ejército actuaba en apoyo de acciones policiales.

Algunos comenzaron a hablar de la militarización de los barrios e inmediatamente se salió a aclarar que nada de eso ocurriría. Y, como el propio Ministro Castillo dijo que era una mala señal la presencia del Ejército en la calle, se aclaró que no se trataba de eso.

Con esa aclaración ya quedó en claro que todo se iría licuando, porque justamente de lo que se trataba era de que la delincuencia sintiera que se iba en serio y la ciudadanía tuviera una sensación más reconfortante de su seguridad.

Pasan los días, las semanas, y se sigue hablando y hablando y aclarando.

Hoy lo único que sabemos es que hay cuatro vehículos dispuestos para ese operativo.

La licuadora ha logrado su objetivo y el gobierno pierde otra batalla en sus intentos de responder a los desafíos con cierta sensatez.

A esta altura ya se perdió el impacto psicológico. Lo que se pensaba que era algo importante, fuerte, removedor, que se advirtiera claramente, ha terminado en una iniciativa difusa, de corto alcance.

En este caso ha sido el reflejo antimilitarista. En otros, el prejuicio antiempresario, el antiyanquismo o la mentalidad colectivista, pero al final el dogmatismo casi siempre logra reducir todo cambio a poco y nada.

El viejo sueño revolucionario hace rato que murió. Pero desde el más allá sigue operando.

El gobierno de a ratos intenta. A veces el Ministro de Economía, que es el que alguna vez logra saltar la valla; en este caso, el Ministro del Interior. Pero al final todo queda como está.

A golpes de prejuicio o agitando los fantasmas de una dictadura que se fue hace cuarenta años, el dogmatismo marxista logra impedir que el país avance, aun en asuntos elementales del Estado.

El desafío no es convencer a los inconvencibles. Es hacer las cosas a su pesar. Mientras no se entienda y asuma, seguirán las temidas encuestas reflejando peligrosos estados de ánimo. No solo contra el gobierno. A veces contra el propio sistema, acusado de ineficacia.



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