La izquierda feng shui y la Armata Brancaleone progresista
Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 8'
Por Eduardo Irigoyen
El progresismo latinoamericano puede reunir una larga lista de causas justas, pero sigue debiendo respuestas concretas sobre seguridad, empleo, productividad, educación y tecnología. El desafío no es ordenar el discurso: es volver a mirar la realidad y explicar cómo se gobierna.
Montevideo recibió al III Congreso Panamericano, con más de 150 dirigentes de quince países. El lema, solemne como corresponde: “Solidaridad entre los pueblos, soberanía entre las naciones”.
Se habló de integración, desarrollo productivo, inteligencia artificial, bienestar, cuidados, multilateralismo y seguridad. También, naturalmente, de Donald Trump y Estados Unidos.
Todo eso está muy bien.
El problema empieza cuando uno intenta averiguar qué significa exactamente hoy eso que llamamos progresismo.
Porque allí parece caber casi todo: Lula, Mujica, Boric, Orsi, Kirchner, Correa, Chávez y una colección bastante heterogénea de experiencias políticas. Si una palabra permite meter a todos en la misma bolsa, quizá haya llegado el momento de preguntarse si todavía sirve para definir algo.
Defender los derechos de las mujeres, combatir el racismo, proteger minorías, defender la democracia y cuidar el ambiente son objetivos perfectamente razonables.
Pero eso no constituye un programa de gobierno.
Gobernar significa decidir cómo se genera empleo, cómo se produce, cómo se educa, cómo se combate el delito, cómo se pagan los impuestos, cómo se controla el gasto, cómo se aumenta la productividad y cómo se incorpora tecnología.
Y ahí aparece el problema.
El mundo de Doña Rosa
Hay una razón que rara vez ocupa demasiado espacio en los congresos políticos: la izquierda está perdiendo contacto con Doña Rosa.
Doña Rosa no lee a Marx, Hayek ni Gramsci, quiere llegar a fin de mes, que sus hijos tengan oportunidades, quiere abrir su comercio sin que la asalten y caminar por la calle sin miedo.
Quiere que la escuela funcione, que el médico la atienda y que el Estado aparezca cuando lo necesita y se retire cuando haga falta.
Y cuando dice que está preocupada por el empleo o harta de la delincuencia, no necesita que un intelectual le explique que esas preocupaciones son una construcción discursiva de la derecha.
Son sus preocupaciones.
La derecha populista y carnívora suele ofrecer respuestas malas a problemas reales. Pero una parte de la izquierda boba ha encontrado una solución todavía más cómoda: negar el problema o atribuirlo exclusivamente al capitalismo, los medios, el imperialismo o Trump.
Siempre hay un culpable afuera.
Nunca hay que revisar demasiado lo que uno hizo adentro.
Trump no explica todo
Conviene ser justos.
Estados Unidos tiene una enorme responsabilidad histórica en América Latina y más aún ahora, con Trump, que representa una forma particularmente agresiva de nacionalismo, proteccionismo y populismo berreta, mentiroso y ordinario.
Pero Trump no creó nuestra inseguridad ni inventó nuestros sistemas educativos deficientes; no administra nuestros hospitales, no fija nuestros impuestos ni conduce a nuestros policías.
Tampoco explica por sí solo la emigración de nuestros jóvenes, nuestra baja productividad ni por qué una parte de la izquierda en el mundo perdió el voto de trabajadores, pequeños comerciantes, sectores populares y clases medias que alguna vez fueron su base natural.
Culpar exclusivamente a Trump es una magnífica manera de evitar la autocrítica.
La izquierda feng shui
Mauricio José Schwarz, mexicano-español que sigo y admiro, tiene un libro titulado La izquierda feng shui. La expresión me parece una metáfora extraordinaria.
Una parte de la izquierda se ha dedicado a ordenar el mobiliario moral del mundo.
Hay que colocar cada palabra, cada identidad, cada símbolo y cada sensibilidad exactamente en el lugar correcto para que la energía progresista circule sin obstáculos.
Todo debe ser inclusivo.
Todo debe estar correctamente formulado.
Todo debe ser políticamente impecable.
Y mientras se acomoda el mobiliario, alguien pregunta:
—¿Y la seguridad?
Silencio.
—¿Y el empleo?
Silencio.
—¿Cómo producimos más?
Silencio.
—¿Cómo pagamos todo esto?
Otra reunión, otro documento, otro seminario.
El Congreso incluyó la inteligencia artificial entre sus grandes ejes, junto con la soberanía digital, la integración económica, la reindustrialización, la seguridad y el bienestar.
Perfecto.
Pero hablar de soberanía digital no nos hace soberanos digitalmente.
Regular la inteligencia artificial no significa haberla desarrollado, y proclamar la reindustrialización no construye una fábrica.
La política empieza cuando termina el sustantivo y aparecen las preguntas: cómo, quién, cuánto y cuándo.
La Armata Brancaleone
Aquí aparece mi metáfora favorita: la vieja Armata Brancaleone de Mario Monicelli.
Un ejército que avanza con estandartes, discursos heroicos y una enorme confianza en sí mismo, aunque nadie tenga demasiado claro hacia dónde va.
La izquierda latinoamericana marcha contra Trump, contra el imperialismo, contra la ultraderecha, contra el neoliberalismo, contra las grandes corporaciones y contra la concentración tecnológica.
Puede haber buenas razones para combatir muchas de esas cosas.
Pero inevitablemente aparece la pregunta:
¿Hacia dónde marchamos?
Y ahí empieza el problema.
No alcanza con denunciar a las grandes plataformas si no tenemos una estrategia para producir tecnología.
No alcanza con hablar de soberanía digital si dependemos de tecnologías desarrolladas afuera.
No alcanza con pedir más Estado sin explicar qué Estado, para hacer qué, cuánto cuesta y cómo sabremos si funciona.
No alcanza con hablar de integración latinoamericana mientras seguimos protegiendo mercados nacionales pequeños como si el siglo XXI no hubiera comenzado.
La Declaración de Montevideo propone justamente integración, reindustrialización, soberanía productiva, regulación democrática de la inteligencia artificial y políticas de bienestar. Son objetivos atendibles.
Pero una declaración política puede establecer qué queremos. El verdadero examen consiste en explicar cómo lo hacemos.
Y ahí es donde yo esperaba bastante más.
La izquierda que no se equivoca
Hay otro problema: la soberbia.
La Armata Brancaleone tiene una virtud que algunas izquierdas contemporáneas parecen haber perdido: por lo menos sus integrantes saben que son un desastre.
Aquí sucede lo contrario.
Cuando pierden elecciones, rara vez aparece una pregunta sencilla:
¿Qué hicimos mal?
Es más frecuente escuchar:
Los medios mintieron.
El algoritmo engañó.
La derecha conspiró y desinformó.
No supimos comunicar nuestros logros.
Los votantes no entendieron.
Puede haber algo de verdad en cada una de esas explicaciones.
Pero si siempre explican la derrota los demás, llega un momento en que la explicación se vuelve una forma sofisticada de soberbia.
Y las elecciones tienen una desagradable costumbre: no leen declaraciones políticas.
¿Dónde está el pensamiento?
La pregunta verdaderamente incómoda no es si la izquierda tiene razón en denunciar la desigualdad, el racismo, el deterioro ambiental o los abusos del poder.
Muchas veces la tiene.
El problema es otro: tener razón sobre los problemas no garantiza tener razón sobre las soluciones.
¿Quién controlará los datos?
¿Qué ocurrirá con los empleos automatizados?
¿Quién se apropiará de la productividad de la inteligencia artificial?
¿Cómo se financia un Estado de bienestar en sociedades envejecidas?
¿Cómo se combate el crimen organizado sin abandonar el Estado de derecho?
¿Cómo se aumenta la productividad?
¿Cómo se recupera la confianza de quienes dejaron de votar a la izquierda?
¿Cómo se defiende la democracia sin considerar fascista a todo aquel que discrepa?
Esas preguntas son bastante más difíciles que culpar a Washington.
Precisamente por eso son las que habría que discutir.
Y hay otra cuestión: la democracia no puede tener excepciones ideológicas. Una izquierda democrática no puede defender los derechos humanos cuando los viola la derecha y relativizarlos cuando los viola alguien que se proclama revolucionario. No puede denunciar el autoritarismo con asteriscos ni defender elecciones libres solamente cuando gana su candidato.
La democracia es incómoda porque también obliga a juzgar a los amigos.
Entre la derecha populista y la Armata Brancaleone
No tenemos por qué elegir entre Milei o Bolsonaro, por un lado, y el populismo de izquierda, por otro.
Existe un espacio enorme: socialdemocracia, republicanismo, liberalismo progresista, reformismo, Estado de bienestar, economía social de mercado, batllismo.
Ahí están, con sus diferencias y contradicciones, Alfonsín, Aylwin, Lagos, Fernando Henrique Cardoso, Óscar Arias y otros que entendieron algo elemental: la democracia no es una guerra religiosa.
No todo empresario es un explotador.
No todo Estado es bueno.
No todo mercado es malo.
No todo policía es represor.
No todo ciudadano preocupado por la seguridad es fascista.
Y no todo el que vota a la derecha se convirtió en fascista.
Quizás simplemente dejó de sentirse escuchado.
Confieso algo antes de terminar.
Algunas de estas ideas se las robé a Martín Bueno, de La Tertulia.
Espero que no se entere.
Si se entera, procuraré ocultar las huellas del delito.
Después de todo, estamos hablando de política progresista: siempre podemos crear una comisión para investigar quién fue el responsable.
El problema del progresismo no es solamente que esté perdiendo elecciones.
Es que corre el riesgo de perder frente a la realidad.
La realidad no participa en congresos.
No vota declaraciones.
No aplaude consignas.
Pregunta cuánto cuesta el alquiler, si habrá trabajo mañana, si el hijo podrá estudiar, si el negocio sobrevivirá, si podrá volver a casa sin que lo asalten y si el Estado será capaz de protegerlo.
Mientras la Armata Brancaleone progresista acomoda los muebles para que circule correctamente la energía feng shui, la gente está esperando algo mucho más sencillo: que alguien se ocupe de su vida.
Y tal vez la izquierda debería detenerse un momento, bajar los estandartes y preguntarse:
¿Hacia dónde estamos marchando y qué tenemos para ofrecer cuando lleguemos?
Porque el futuro no necesita una izquierda que tenga siempre un culpable.
Necesita una izquierda que tenga respuestas.
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