La inteligencia de no tocar lo que funciona
Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 4'
La ratificación de Julio Velarde al frente del Banco Central de Reserva del Perú demuestra que, aun en medio de una política convulsionada, existen dirigentes capaces de entender que la estabilidad económica depende de preservar las instituciones y respetar la competencia técnica. Una lección que explica buena parte del éxito peruano de las últimas dos décadas.
En América Latina abundan los ejemplos de gobiernos que, al llegar al poder, sienten la necesidad de reemplazar todo lo que heredaron, aun aquello que funciona correctamente. Perú acaba de demostrar que existe otro camino. La presidenta electa, Keiko Fujimori, confirmó la continuidad de Julio Velarde al frente del Banco Central de Reserva del Perú (BCR), un cargo que ocupa desde 2006 y desde el cual se ha convertido en uno de los banqueros centrales más respetados del mundo.
La decisión tiene un significado que trasciende los nombres propios. Es, sobre todo, una señal de inteligencia política.
Perú lleva casi una década ofreciendo un espectáculo institucional desolador. Presidentes destituidos, renuncias, procesos judiciales, enfrentamientos permanentes entre el Ejecutivo y el Congreso, fragmentación partidaria y una inestabilidad que haría pensar en un país condenado al estancamiento. Sin embargo, mientras la política se desordenaba, la economía seguía exhibiendo una capacidad de resistencia que sorprende incluso a los analistas internacionales.
No se trata de un milagro.
Buena parte de esa resiliencia tiene una explicación sencilla: existe un consenso transversal respecto a que el Banco Central no debe convertirse en un botín político. Los gobiernos pasan; la estabilidad monetaria permanece.
Julio Velarde ha sobrevivido políticamente a gobiernos de todas las orientaciones. Ha sido ratificado por presidentes ideológicamente muy distintos porque todos comprendieron que su continuidad generaba un activo invaluable: credibilidad. Durante dos décadas el BCR peruano mantuvo una política monetaria prudente, preservó la estabilidad del sol, controló la inflación, acumuló importantes reservas internacionales y construyó una reputación que hoy constituye uno de los principales patrimonios institucionales del país.
La ratificación anunciada por Keiko Fujimori no significa que Velarde sea infalible ni que todas las decisiones económicas peruanas hayan sido acertadas. Significa algo mucho más importante: que existe conciencia de que ciertas instituciones deben quedar protegidas de las disputas partidarias.
Ese tipo de decisiones no suele despertar entusiasmo militante. No genera grandes titulares ni moviliza multitudes. Pero tranquiliza a los mercados, reduce la incertidumbre, abarata el financiamiento del Estado y transmite previsibilidad a quienes deben invertir y generar empleo.
La política latinoamericana suele enamorarse de los gestos refundacionales. Cada administración pretende comenzar desde cero, como si la continuidad fuese una forma de debilidad. La experiencia peruana demuestra exactamente lo contrario: a veces la mayor fortaleza consiste en conservar aquello que ya ha probado funcionar.
Paradójicamente, la estabilidad económica peruana ha convivido con una de las democracias políticamente más turbulentas del continente. Esa aparente contradicción confirma una enseñanza que muchos países todavía no terminan de aprender: las instituciones económicas sólidas pueden amortiguar buena parte de los daños producidos por la mala política, aunque no puedan reemplazarla indefinidamente.
Ningún banco central puede resolver por sí solo la corrupción, la fragmentación política o la debilidad de los partidos. Pero sí puede impedir que esas crisis desemboquen además en inflación descontrolada, pérdida de reservas, fuga de capitales y destrucción del ahorro de millones de ciudadanos.
Por eso la continuidad de Velarde constituye un mensaje mucho más profundo que un simple nombramiento administrativo. Es el reconocimiento de que la competencia técnica también merece estabilidad y que la confianza se construye durante años, pero puede destruirse en pocos meses.
América Latina suele buscar explicaciones complejas para entender por qué algunos países logran resistir mejor las crisis que otros. A veces la respuesta es bastante más simple: consiste en comprender que existen ámbitos donde el sectarismo debe ceder paso al profesionalismo.
La política peruana puede seguir siendo una de las más caóticas de la región. Sus gobiernos continuarán enfrentando enormes desafíos institucionales. Pero hay una diferencia fundamental respecto de muchos de sus vecinos: en Perú, al menos cuando se trata del Banco Central, todavía parece prevalecer una convicción elemental.
Con la economía no se juega.
Y esa inteligencia, silenciosa y poco espectacular, hace años que viene pagando dividendos.
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