La inercia del ministro Negro
Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 4'
Por Juan Carlos Nogueira
El autor analiza la política de seguridad del ministro Carlos Negro a la luz de tres sesgos estudiados por la psicología cognitiva —el efecto Einstellung, la escalada del compromiso y la falacia del costo hundido— y sostiene que la incapacidad para corregir una estrategia cuando la evidencia demuestra sus limitaciones puede convertir la firmeza en dogmatismo, con consecuencias directas sobre la eficacia de la acción pública.
Existe una frase, probablemente apócrifa, atribuida a Albert Einstein que resume un fenómeno frecuente en la gestión pública: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”. La frase no describe una enfermedad mental. Describe un error recurrente en la toma de decisiones.
En política, esa conducta suele ser más común de lo que se admite. Cuando una estrategia no produce los resultados esperados, la reacción racional consiste en revisarla, corregirla o sustituirla. Sin embargo, con frecuencia ocurre precisamente lo contrario: cuanto más evidente es el fracaso, mayor es el empeño en perseverar.
Esa parece ser la situación de la política de seguridad impulsada por el ministro Carlos Negro.
No se trata únicamente de debatir si los delitos aumentan o disminuyen, ni de discutir estadísticas coyunturales. La cuestión de fondo es otra: ¿qué hace un gobierno cuando la realidad contradice sus expectativas?
La psicología cognitiva ofrece una explicación bastante convincente. Tres sesgos suelen impedir que aparezcan mejores soluciones.
Lo más peligroso de estos sesgos es que quien los padece rara vez los reconoce. Desde su propia perspectiva, no está ignorando la realidad; cree estar interpretándola correctamente.
El primero es el efecto Einstellung. Es la tendencia a quedar atrapado en un esquema mental que alguna vez funcionó y que termina impidiendo ver alternativas más eficaces. El problema no es la ausencia de inteligencia, sino el exceso de confianza en un paradigma.
En seguridad pública, ese sesgo tiene consecuencias graves. Si el diagnóstico oficial continúa interpretando el delito bajo los mismos supuestos y responde con las mismas herramientas, aun cuando los resultados no acompañen, la política deja de dialogar con la realidad. La estrategia termina defendiendo al diagnóstico, en lugar de que el diagnóstico evolucione a partir de la evidencia. Así, la política se convierte en prisionera de sí misma.
Hay un segundo sesgo igualmente conocido: la escalada del compromiso.
La administración pública invierte mucho más que dinero. También compromete prestigio, credibilidad y capital político. Cuanto mayor es esa inversión, más difícil resulta reconocer que la decisión pudo haber sido equivocada. Rectificar deja de ser un acto de responsabilidad para convertirse, erróneamente, en una confesión de debilidad.
Entonces aparece la peligrosa tentación de profundizar la misma estrategia con la esperanza de que el tiempo termine justificándola. No porque la evidencia la respalde, sino porque admitir el error tendría un costo político demasiado alto.
El cuadro se completa con un tercer sesgo: la falacia del costo hundido. Es uno de los errores de decisión más comunes. Se insiste en una política no porque sea la mejor opción disponible, sino porque ya se han invertido demasiados recursos.
La pregunta correcta nunca es cuánto tiempo o cuánto prestigio se ha invertido en una política. La única pregunta relevante es otra: si hoy hubiera que diseñar la estrategia desde cero, con la experiencia acumulada, ¿se elegiría exactamente el mismo camino?
Si la respuesta es negativa, perseverar deja de ser una demostración de firmeza para convertirse en un ejercicio de autojustificación.
Los tres sesgos terminan alimentándose entre sí. El efecto Einstellung dificulta imaginar alternativas; la escalada del compromiso vuelve políticamente costoso cambiar de rumbo; y la falacia del costo hundido termina justificando la continuidad simplemente porque ya se ha invertido demasiado.
En este punto, la política del ministro Negro parece haber dejado de estar gobernada por la evidencia para pasar a estar gobernada por sus propios sesgos.
Los gobiernos rara vez pierden poder por cometer errores. Lo pierden cuando son incapaces de corregirlos.
Rectificar no es una señal de debilidad. Rectificar es la esencia del método científico y también del buen gobierno. La obstinación, en cambio, puede confundirse durante un tiempo con la firmeza, pero tarde o temprano la realidad termina imponiendo su veredicto.
Quizá la célebre frase atribuida a Einstein no sea una definición de la locura. Pero sí encierra una advertencia para quienes ejercen el poder. Cuando una política deja de aprender de la realidad y se limita a repetir las mismas respuestas esperando resultados distintos, el problema ya no es únicamente de seguridad. Es, sobre todo, un problema de irracionalidad en la toma de decisiones.
Toda política pública exige dos virtudes: la convicción para sostener un rumbo cuando la evidencia lo justifica y la humildad para cambiarlo cuando la realidad demuestra que ha dejado de hacerlo. La primera sin la segunda degenera en dogmatismo. Y el dogmatismo, en materia de seguridad, no suele reflejarse en estadísticas, sino en las víctimas. Porque el delito no espera a que los gobiernos corrijan sus sesgos.
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