Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

La industria del Apocalipsis

Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 5'

Por Santiago Torres

La inteligencia artificial plantea riesgos que deben tomarse en serio. Pero convertir hipótesis extremas en anuncios de una próxima extinción humana no ayuda a entenderlos. Y antes de reclamar que Occidente frene una tecnología estratégica convendría preguntarse quién ocupará el espacio que deje libre.

En pocos días, una parte del debate sobre la inteligencia artificial parece haber abandonado el terreno de la tecnología para instalarse directamente en el Apocalipsis. Investigadores de Anthropic han llegado a sostener que existe una probabilidad superior al 10% de que la IA provoque la extinción de la humanidad durante la próxima década. Dario Amodei, director ejecutivo de la misma empresa, reclamó desacelerar el desarrollo de los modelos más avanzados y advirtió que futuros enjambres de agentes podrían llegar a apoderarse de buena parte de la infraestructura de Internet. Sam Altman, Demis Hassabis y Elon Musk respaldaron, con distintos matices, la necesidad de reducir la velocidad de la carrera.

Es razonable escuchar a quienes conocen la tecnología desde dentro. Mucho menos razonable es convertir estimaciones personales sobre acontecimientos hipotéticos en titulares equivalentes a pronósticos científicos. Decir que existe un 10% de posibilidades de que una tecnología todavía inexistente extermine a la humanidad dentro de diez años produce un impacto formidable. Otra cosa es explicar de dónde sale ese porcentaje, qué modelo empírico permite calcularlo o qué capacidad predictiva tiene.

La inteligencia artificial presenta riesgos reales y bastante menos cinematográficos: puede multiplicar la capacidad de realizar ciberataques, facilitar fraudes, perfeccionar campañas de desinformación, ayudar a desarrollar armas, alterar profundamente determinados mercados laborales y concentrar un poder económico y tecnológico enorme en pocas compañías y gobiernos. Los propios laboratorios han documentado capacidades preocupantes en materia de ciberseguridad y usos militares. Todo eso justifica controles, auditorías independientes y límites concretos.

Pero entre regular una tecnología extraordinariamente poderosa y anunciar que Skynet —la IA que lidera al ejército de robots en la franquicia Terminator— está a la vuelta de la esquina existe una distancia considerable.

Además aparece una cuestión incómoda: los intereses de quienes formulan algunas de estas advertencias.

No existe evidencia seria para afirmar que Amodei, Altman o los investigadores alarmados trabajen para China, para gobiernos extranjeros o para alguna conspiración destinada a paralizar a Occidente. Sería irresponsable sostenerlo. Eso no significa que en este debate no existan intereses. Los grandes laboratorios ya instalados tienen razones perfectamente racionales para favorecer regulaciones, costosas auditorías y requisitos de seguridad que ellos pueden cumplir y que dificultarían enormemente la aparición de nuevos competidores. Una regulación concebida para proteger a la humanidad puede terminar, consciente o inconscientemente, protegiendo también a quienes ya dominan el mercado.

Hay otra paradoja. Las mismas empresas que advierten sobre los peligros de avanzar demasiado rápido, compiten por atraer miles de millones de dólares para avanzar más rápido que las demás. Y el sector enfrenta una carrera de inversiones cuya magnitud empieza a resultar difícil de digerir: se proyectan alrededor de 795.000 millones de dólares de inversión de capital vinculada al auge tecnológico en 2026 y más de un billón en 2027. El Banco de Pagos Internacionales ya ha advertido que esta expansión puede generar riesgos para la estabilidad financiera.

Aquí aparece la otra burbuja.

Que la inteligencia artificial vaya a transformar la economía no significa que cualquier valoración bursátil asociada a ella esté justificada. Internet transformó el mundo y, sin embargo, la burbuja de las puntocom existió. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente. Hoy hay empresas, centros de datos, fabricantes de chips y proyectos energéticos valorados bajo el supuesto de que una demanda extraordinaria continuará creciendo durante muchos años. Si las expectativas resultan exageradas, habrá pérdidas enormes sin que por ello la inteligencia artificial deje de ser revolucionaria.

De hecho, las recientes llamadas a desacelerar el desarrollo ya provocaron fuertes movimientos en las empresas más expuestas al gasto en infraestructura y semiconductores. Curiosamente, frenar la carrera también permitiría a los grandes laboratorios reducir la presión de inversiones gigantescas y disponer de más tiempo para monetizar los modelos que ya poseen. Eso no demuestra que sus advertencias sean interesadas. Pero constituye un incentivo que tampoco debería ignorarse.

Y queda finalmente la cuestión que vuelve bastante ilusoria cualquier propuesta de detener unilateralmente la carrera: China.

Las empresas chinas han reducido significativamente la distancia que las separaba de la frontera tecnológica occidental, pese a las restricciones de acceso a los chips más avanzados. China, además, está impulsando agresivamente modelos abiertos y baratos —Qwen, DeepSeek y otros— como instrumento de expansión tecnológica e industrial. Un informe de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China reconoce que esa estrategia ya ha permitido a los desarrolladores chinos acercarse considerablemente a sus competidores estadounidenses.

El propio Amodei reconoce el problema. Su propuesta de “desacelerar” establece expresamente que las democracias no deberían hacerlo hasta el punto de perder su ventaja frente a China, porque una superioridad china en inteligencia artificial tendría consecuencias económicas, militares y geopolíticas enormes.

Ese reconocimiento contiene casi toda la respuesta.

Sería sensato acordar reglas internacionales, establecer evaluaciones independientes, impedir que sistemas poderosos sean liberados irresponsablemente y concentrarse especialmente en riesgos concretos como el armamento, la ciberseguridad o las infraestructuras críticas. Pero mientras no exista un mecanismo internacional verificable, pedir a Estados Unidos y Europa que reduzcan unilateralmente su desarrollo tecnológico equivale a pedirles que entreguen una de las competencias estratégicas decisivas del siglo XXI.

La inteligencia artificial merece vigilancia. Incluso mucha vigilancia. Lo que no necesita es histeria.

Porque entre la ingenuidad de creer que toda innovación tecnológica es necesariamente benigna y el sensacionalismo de anunciar que las máquinas vienen a exterminarnos existe un enorme territorio llamado racionalidad. Y precisamente ahora convendría habitarlo.



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