La ilusión de una renta básica universal: la demagogia en su cruda expresión
Viernes 12 de junio de 2026. Lectura: 4'
Por Juan Carlos Nogueira
Para autor, la propuesta de una renta básica universal, impulsada por el Nuevo Espacio, constituye una expresión de demagogia política que desconoce tanto las limitaciones económicas del Estado como la relación entre prosperidad, trabajo y responsabilidad individual. Según sostiene, la iniciativa confunde la distribución de la riqueza con su creación y ofrece promesas difíciles de sostener en la realidad.
En el XIV Congreso Nacional del Nuevo Espacio, el sector liderado por Rafael Michelini incluyó entre sus “acciones inmediatas” el inicio, “a la brevedad”, del estudio de “una renta básica universal y justa”.
La propuesta puede sonar atractiva en un titular. ¿Quién podría oponerse a que todas las personas reciban dinero del Estado para mejorar su calidad de vida? Sin embargo, detrás de esa aparente generosidad se esconde una idea inviable, tanto desde el punto de vista económico como moral. Por eso, la propuesta no parece más que un ejemplo clásico de demagogia política.
La renta básica universal consiste en entregar periódicamente una suma de dinero a todos los ciudadanos, sin importar sus ingresos, patrimonio o situación laboral. La recibiría el desempleado, pero también el millonario; quien trabaja diez horas por día, pero también quien decide no participar del mercado laboral. Es una política basada en la premisa de que la sociedad debe garantizar ingresos por el mero hecho de existir.
El primer problema es elemental: ¿de dónde saldrá el dinero?
Uruguay no es un país con superávit permanente ni con recursos ilimitados. Mantiene un déficit fiscal significativo y enfrenta crecientes demandas sobre el gasto público. Cuando los promotores de la renta básica son interrogados sobre su financiamiento, la respuesta suele ser la misma: cobrar más impuestos a quienes tienen más ingresos o patrimonio.
Pero esa respuesta evita el núcleo del problema. La riqueza no es un recurso inagotable que el Estado puede redistribuir indefinidamente. Toda transferencia exige que alguien produzca primero aquello que luego será repartido. Y cuanto mayor sea la carga tributaria necesaria para sostener el sistema, menores serán los incentivos para invertir, ahorrar, emprender y generar empleo.
Como advertía Ludwig von Mises, la prosperidad no surge de la redistribución, sino de la producción. Una sociedad se enriquece cuando crea riqueza, no cuando discute cómo repartir una riqueza cada vez más escasa.
Los defensores de la renta básica sostienen que reduciría la pobreza. Pero, incluso admitiendo las mejores intenciones, no resuelve un aspecto práctico: una renta verdaderamente suficiente para vivir tendría un costo gigantesco, que la volvería insostenible. Y una renta de monto reducido sería incapaz de sacar a una persona de la pobreza o garantizarle una vida autónoma.
Existe, además, un aspecto moral que rara vez se discute con honestidad.
Durante siglos, la civilización occidental se construyó sobre la idea de que los derechos van acompañados de responsabilidades. Desde Aristóteles hasta Kant, pasando por Locke, muchos pensadores defendieron una idea básica: los derechos implican responsabilidades. La renta básica rompe precisamente esa conexión: transforma el ingreso en un derecho desvinculado de cualquier aporte productivo.
El riesgo es fomentar una cultura en la que cada vez más personas miren al Estado para resolver problemas que antes intentaban resolver por sí mismas.
No se trata de negar la ayuda a quienes la necesitan. Una sociedad decente debe asistir a los más vulnerables. Pero existe una diferencia profunda entre ayudar a quien atraviesa una dificultad y convertir la dependencia permanente en un principio organizador de la vida económica.
Tampoco es cierto que la evidencia internacional respalde de manera concluyente esta política. Los experimentos realizados en Finlandia mejoraron algunos indicadores de bienestar subjetivo, pero tuvieron efectos limitados sobre el empleo. Otros programas citados con frecuencia son parciales, temporales o financiados por circunstancias excepcionales que difícilmente puedan replicarse en Uruguay.
Pero quizá el problema más profundo ni siquiera sea económico. El trabajo no es solamente una fuente de ingresos. Es también una fuente de dignidad, disciplina, integración social y propósito. Aspectos que parece ignorar la propuesta impulsada por Michelini.
Las sociedades progresan cuando estimulan el esfuerzo, la creatividad y la responsabilidad individual, no cuando envían la señal de que el sustento puede separarse indefinidamente de la producción.
Uruguay tiene problemas reales: crecimiento mediocre, inversión insuficiente y dificultades para generar empleo de calidad. Ninguno de esos problemas se resuelve repartiendo dinero que antes debe recaudar el propio Estado.
La renta básica universal parte de un error fundamental: confunde la distribución de la riqueza con su creación. Y cuando una sociedad olvida cómo se genera la prosperidad, termina descubriendo que ya no tiene nada que repartir.
Por eso la propuesta no es simplemente un error técnico. Es una visión equivocada y profundamente nociva sobre la naturaleza de la economía, la responsabilidad individual y la función del Estado. Una concepción demagógica que promete seguridad inmediata, pero que erosiona las bases mismas de la prosperidad que pretende distribuir.
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