La “genialidad” comunista
Viernes 5 de junio de 2026. Lectura: 6'
Por Santiago Torres
Mientras Estados Unidos enfrenta la perspectiva de recortar jubilaciones si no corrige los desequilibrios de su sistema previsional y debate elevar aún más la edad de retiro, Uruguay vuelve a discutir mecanismos para jubilarse a los 60 años. La comparación resulta incómoda: la principal economía del mundo posee una demografía más favorable, recibe millones de inmigrantes y ya fijó la jubilación plena en 67 años, mientras el país más envejecido de América Latina los genios del PCU pretenden avanzar en sentido contrario, pese a una pirámide poblacional cada vez más parecida a la de Europa.
Durante décadas, el debate previsional estuvo dominado por consignas ideológicas. Sin embargo, tarde o temprano todos los sistemas jubilatorios terminan enfrentándose a una realidad que no admite militancia ni relatos: la demografía. Cuando nacen menos personas, la población envejece y la expectativa de vida aumenta, las cuentas dejan de cerrar. Y entonces aparecen tres alternativas inevitables: aportar más, cobrar menos o jubilarse más tarde.
Estados Unidos y Uruguay están llegando a ese punto. La diferencia es que Washington ya asumió hace años que la edad de retiro debía aumentar, mientras en Montevideo vuelve a plantearse la posibilidad de regresar a los 60 años, aun cuando la estructura demográfica uruguaya es considerablemente más envejecida.
La alarma que suena en Estados Unidos
La discusión se reactivó en las últimas semanas luego de que diversos informes y medios estadounidenses advirtieran sobre el deterioro financiero del sistema de Seguridad Social.
Según el último informe de los administradores del programa, el fondo que financia las jubilaciones y pensiones de vejez podrá pagar el 100% de los beneficios prometidos hasta 2033. A partir de entonces, si el Congreso no actúa, los ingresos corrientes sólo alcanzarían para cubrir aproximadamente el 77% de las prestaciones comprometidas. En otras palabras: un recorte automático cercano al 23%.
Distintas estimaciones calculan que ello podría significar reducciones de varios cientos de dólares mensuales para millones de jubilados estadounidenses.
La causa no es misteriosa.
Estados Unidos envejece. Los baby boomers se retiran masivamente, la fecundidad se mantiene por debajo del nivel de reemplazo y cada vez existen menos trabajadores activos por cada beneficiario. Aunque la inmigración continúa actuando como amortiguador demográfico, ya no alcanza para neutralizar completamente la tendencia.
La respuesta estadounidense (y de todo el mundo): trabajar más tiempo
Frente a este escenario, Estados Unidos tomó decisiones hace décadas.
La reforma de 1983 elevó gradualmente la edad plena de jubilación desde los 65 (no desde los 60 como en Uruguay) hasta los 67 años para quienes nacieron en 1960 o después. Ese proceso culminó recientemente. Hoy la edad de retiro con beneficio completo es de 67 años.
Es cierto que los trabajadores pueden comenzar a cobrar beneficios desde los 62 años, pero hacerlo implica reducciones permanentes respecto de la prestación plena. Quien espera hasta los 67 años obtiene el beneficio completo y quien posterga hasta los 70 recibe montos aún mayores.
Lejos de cerrarse, el debate continúa. Diversos centros de estudios y sectores políticos proponen elevar nuevamente la edad de retiro a 68, 69 o incluso 70 años como forma de mejorar la sostenibilidad financiera del sistema.
Es decir: en el país más rico del mundo, con una demografía relativamente más favorable que la uruguaya y con una inmigración masiva que rejuvenece parcialmente la población, la discusión gira en torno a cómo extender la vida laboral.
Una comparación incómoda
La comparación demográfica entre Uruguay y Estados Unidos resulta particularmente reveladora.
Uruguay posee una de las poblaciones más envejecidas de América. Su fecundidad cayó a niveles históricamente bajos, el crecimiento poblacional es prácticamente nulo y la proporción de adultos mayores continúa aumentando.

La pirámide demográfica uruguaya ya no tiene forma de pirámide. Se asemeja más a una urna: pocos nacimientos en la base y una concentración creciente de personas en edades avanzadas.
Estados Unidos también envejece, pero de manera bastante más moderada.
La inmigración permanente incorpora millones de personas en edad laboral, eleva la cantidad de nacimientos y ayuda a sostener la relación entre aportantes y jubilados.

En términos simples: si existe un país que debería preocuparse especialmente por la sustentabilidad previsional, ese país es Uruguay.
Qué hizo Uruguay
Precisamente por esa razón, la reforma previsional aprobada en 2023 elevó gradualmente la edad mínima de retiro.
Los nacidos en 1973 se jubilarán a los 61 años; los de 1974 a los 62; los de 1975 a los 63; los de 1976 a los 64; y los nacidos desde 1977 en adelante deberán esperar hasta los 65 años.
La lógica detrás de la reforma es relativamente sencilla: las personas viven más tiempo, pasan más años cobrando jubilación y existen menos trabajadores financiando el sistema. Por tanto, si no se ajusta la edad de retiro, el déficit previsional se expande indefinidamente.
No se trató de una peculiaridad uruguaya. Fue exactamente el mismo razonamiento que llevaron adelante numerosos países europeos, Canadá, Australia y el propio Estados Unidos.
El debate comunista que desafía la lógica demográfica
Sin embargo, apenas tres años después de aprobada la reforma y fogoneadas por el Partido Comunista (siempre a contrapelo de toda evidencia científica), reaparecieron propuestas para volver a habilitar jubilaciones desde los 60 años mediante distintos mecanismos e incentivos.
El problema es que la matemática demográfica no cambió.
La fecundidad uruguaya sigue entre las más bajas del continente.
La población continúa envejeciendo.
La proporción de personas en edad de trabajar sigue reduciéndose.
Y las proyecciones muestran que la presión financiera sobre el sistema previsional continuará aumentando durante las próximas décadas.
En otras palabras: el problema que justificó la reforma de 2023 sigue existiendo.
El verdadero debate
La discusión no debería centrarse en si es agradable jubilarse a los 60 años. Evidentemente lo es. Es como afirmar que es mejor ser joven, rico y sano y que viejo, pobre y enfermo.
La pregunta relevante es quién paga la diferencia.
Porque ningún sistema previsional puede escapar indefinidamente a la realidad demográfica.
Estados Unidos, con una pirámide poblacional más saludable, elevó la edad plena de retiro a 67 años y discute aumentarla aún más.
Uruguay, con una de las estructuras etarias más envejecidas del continente, debate —comunistas mediante— volver a los 60.
Es una paradoja notable: el país que tiene menos margen demográfico es precisamente en el que aparecen sectores dispuestos a ignorar las advertencias de la demografía. ¡Y dicen encarnar el “socialismo científico”!
Y la experiencia internacional muestra que cuando la política posterga las correcciones, finalmente termina imponiéndolas la aritmética. E invariablemente de manera mucho más cruel.
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