La fractura francesa
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 4'
Las protestas que comenzaron en los liceos franceses por problemas concretos de la enseñanza terminaron convirtiéndose en algo mucho mayor. Detrás de las barricadas y los disturbios aparecen algunas de las fracturas sociales y políticas más profundas de Francia.
Las imágenes impresionan: jóvenes encapuchados, contenedores incendiados, enfrentamientos con la Policía, destrozos y centenares de detenidos. Ante ellas surge inevitablemente una pregunta: ¿estamos realmente frente a una revuelta estudiantil?
La respuesta es sí, pero sólo en parte.
El movimiento nació efectivamente en los liceos. Las primeras protestas respondieron a problemas muy concretos: falta de profesores, docentes que no son sustituidos durante meses, deterioro de los establecimientos, clases superpobladas y malestar con el sistema de acceso a la enseñanza superior. Desde allí, la movilización se extendió rápidamente por centenares de centros educativos.
Pero comenzó en las periferias urbanas de París y ése no es un dato menor. En muchos de esos barrios buena parte de los alumnos son franceses hijos o nietos de inmigrantes, fundamentalmente magrebíes y africanos. Por eso resulta engañoso mirar una fotografía y concluir que quienes aparecen en ella «no son franceses». Muchos lo son, aunque su origen familiar revele la enorme transformación demográfica experimentada por Francia durante las últimas décadas.
Al mismo tiempo, tampoco sería correcto negar lo evidente: no todos los que participan en los disturbios son estudiantes. Las propias autoridades, periodistas y alumnos han denunciado la aparición de grupos ajenos a los liceos que se incorporan a los bloqueos, levantan barricadas y buscan el enfrentamiento con la Policía. Son los tradicionales casseurs, presentes desde hace años en numerosas protestas francesas, aunque también hay estudiantes que participan directamente de los episodios violentos.
No estamos, entonces, ante una supuesta invasión de inmigrantes que los medios presentan falsamente como estudiantes. Pero tampoco simplemente ante adolescentes preocupados porque les falta un profesor de Matemática.
Lo que comenzó como una protesta educativa encontró rápidamente un terreno social inflamable. En las banlieues se superponen pobreza, problemas educativos, inmigración, dificultades de integración, resentimiento hacia el Estado y una relación particularmente conflictiva entre determinados jóvenes y la Policía. Basta una chispa para que todos esos elementos aparezcan juntos.
A ello se agrega ahora el factor político. Francia celebrará elecciones presidenciales dentro de poco más de seis meses y La Francia Insumisa ha comprendido rápidamente el potencial de la movilización. Sus dirigentes han acudido a bloqueos, sus banderas aparecen entre los manifestantes y Jean-Luc Mélenchon mantiene su respaldo al movimiento, aunque procurando desmarcarse de una violencia que puede terminar perjudicándolo.
El gobierno acusa directamente a LFI de instrumentalizar las protestas. Es una afirmación interesada y difícil de demostrar en esos términos. Pero sería igualmente ingenuo desconocer que, a pocos meses de una elección presidencial, la izquierda radical intenta convertir una protesta nacida de reivindicaciones educativas en una expresión mucho más amplia de rechazo al poder.
La operación tiene su lógica. Un movimiento protagonizado por jóvenes, nacido en las periferias, enfrentado a la Policía y alimentado por un profundo malestar social constituye un terreno particularmente fértil para La Francia Insumisa. También entraña un riesgo evidente: cuanto más se identifique al partido con los bloqueos, más deberá cargar con el costo político de los incendios, saqueos y agresiones.
Las redes sociales completan la distorsión. El algoritmo no muestra al centenar de adolescentes que reclama profesores delante de un liceo: muestra al encapuchado que arroja una botella incendiaria. Y algunos de los videos más espectaculares difundidos en estos días ni siquiera corresponden a las actuales protestas.
Nada de ello disminuye la gravedad de la violencia real. Hay policías heridos, miles de detenidos y daños importantes. Pero reducir lo que ocurre a una revuelta de inmigrantes sería tan equivocado como describirlo simplemente como una protesta estudiantil.
Francia está viendo algo bastante más profundo: ciudadanos jurídicamente franceses que no siempre se sienten plenamente integrados a la sociedad francesa, barrios que viven una realidad muy distinta de la del resto del país, generaciones jóvenes profundamente desconfiadas del Estado y fuerzas políticas dispuestas a disputar la representación de ese descontento.
La falta de profesores encendió la mecha. La pólvora estaba allí desde mucho antes. Y ahora, a seis meses de las urnas, también hay quienes procuran aprovechar la explosión.
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