La fractura atlántica
Edición Nº 1047 - Viernes 8 de agosto de 2025. Lectura: 5'
En esta columna publicada en “Clarín”, Carlos Pérez Llana, profesor de Relaciones Internacionales de las Universidades Di Tella y Siglo 21, analiza el reciente acuerdo entre EEUU y la UE.
El acuerdo entre Trump y von der Leyen consagró la ruptura de una amistad estratégica que simbolizó la idea de Occidente.
En el contexto de una escenografía humillante, el 27 de julio en su club de golf, el presidente Trump y la presidente de la Comisión Europea Ursula von der Leyen firmaron un Acuerdo que regula las relaciones comerciales euro-americanas.
En ese momento se consagró la ruptura histórica del espacio atlántico construido sobre una alianza nacida en la posguerra. Nunca fue una relación simétrica, pero existieron intereses y códigos que alimentaron una amistad estratégica que simbolizó la idea de Occidente y que posibilitó el triunfo en la Guerra Fría.
Según los cálculos de la Universidad de Yale, en la “Cumbre de Escocia” quedó establecido el arancel mas alto vigente entre ambas partes desde 1934.Este acontecimiento debe ser analizado desde la economía pero, la relevancia pasa por la política: un mundo quedó atrás. La defensa de los europeos firmantes, basada en las asimetrías de poder, se apoyó en el mal menor económico que evitaría una indeseable ruptura y la necesidad de contar con el apoyo americano en Ucrania.
Trump está reorganizando la globalización desde la perspectiva del interés económico americano, obviamente su lectura no está supeditada a ninguna alianza. No sólo se trata de aranceles, de proteger el mercado y el empleo, también en este Acuerdo se incluyó un compromiso de inversiones europeas y de compra de Bonos americanos.
Estas ideas ya figuraban en el catálogo del asesor económico de Trump, S. Miran, quien ha venido sosteniendo la necesidad de absorber parte de la monumental deuda americana con un virtual “tributo” que contribuya a frenar las crecientes dudas sobre la fortaleza del dólar.
Con la firma del “Acuerdo de Escocia”, entre la Unión Europea y los Estados Unidos, el sistema de comercio internacional armado desde la II Guerra está muriendo y da pie a las dudas que se están levantando acerca de la semejanza con el “momento Smoot-Hawley” de los años ’30: en aquellos años se desató una guerra comercial que vino a intensificar el impacto de la Gran Depresión. El discurso estadounidense oculta una realidad no menor: existe superávit en el sector de los servicios, pero en los Acuerdos Comerciales firmados el tema no aparece.
Se trata de un designio global, impulsado desde la visión económica-tecnológica del Silicon Valley, matriz del capitalismo tecnológico americano que no tiene pares en Europa; que impulsa la reindustrialización americana y que a través de los aranceles compensa la rebaja de los impuestos a la población mas rica, mientras el consumidor americano deberá asumir el costo que Washington impone.
La lista de países que ya han firmado acuerdos comerciales con los EE.UU viene creciendo aceleradamente. Algunos casos revelan viejas simpatías, por ejemplo el Acuerdo con Gran Bretaña, no miembro de la Unión, admite el superávit de Londres y no es ajeno a un escenario electoral donde es probable el triunfo de los mismos personajes que impulsaron el Brexit.
En otros casos el cálculo estuvo presente y lo mas visible es China. En mayo hubo una tregua comercial, tras seis semanas de desencuentros. El 12 de agosto próximo vence el plazo negociado por el secretario del Tesoro americano Scott Bessent.
Trump trata de no romper el diálogo, por eso cambia de método y está tolerando el desequilibrio que obviamente es estructural. En junio hubo una conversación telefónica con el presidente Xi y en esa conversación quedó pendiente la fecha de una invitación al matrimonio Trump a Pekín. La Cumbre del Foro de Cooperación Asia-Pacífico, prevista para octubre, abre la posibilidad de una escala que para la diplomacia escenográfica de Trump no tiene precio.
El caso chino es paradigmático. China amenazó con interrumpir la exportación de tierras raras e imanes especiales a los EE.UU y logró, entre otras cosas, levantar la prohibición americana de suministrar ciertos procesadores de la empresa Nvidia, utilizados en la inteligencia artificial. Este enfoque singular, que rompe con la dureza expuesta con los aliados europeos, ha sido cuestionado por los Demócratas en el Congreso y por antiguos asesores de Trump, como Matt Pottinger, uno de los sinólogos republicanos favoritos.
China es la mayor preocupación estratégica y por eso existen señales amistosas de la administración Trump. Un ejemplo: el gobierno le negó al presidente taiwanés, Lai Ching-te, el permiso para hacer escala en Nueva York mientras se dirigía a países latinoamericanos que todavía reconocen a Taiwan y no a Pekín. Tampoco se han repetido las visitas taiwanesas a miembros del Congreso americano.
Los carriles diplomáticos chino-americanos vienen creciendo, particularmente en el sector económico. Un tema irritante es TikTok: Washington presiona para interrumpir sus operaciones en las redes sociales. Otro tema clave de la agenda es Panamá. En este caso están involucrados los puertos que son propiedad de China, incluidos las terminales del Canal de Panamá donde Trump quiere desplazar a la empresa hongkonesa CK Hutchison. Pekín bloquea la operación.
La relación China/EE.UU es el gran espacio geopolítico global. En esa dimensión el vector fuerza es la clave. Tucídides escribió que los “fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Hace poco tiempo el presidente Macron fraseó en esa línea: cuestionando el Acuerdo Euro-Americano sostuvo que “para ser libre hay que ser temido. No nos han temido lo suficiente”.
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