La foto de la infamia
Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 9'
Mientras Delcy Rodríguez, figura central del régimen de Nicolás Maduro, posa sonriente junto a Donald Trump en Nueva York, María Corina Machado sigue sin poder regresar a Venezuela. La fotografía difundida por la propia Presidencia venezolana resume una paradoja inquietante: Washington parece haber encontrado en una antigua jerarca del chavismo a su interlocutora para la transición, mientras quienes derrotaron al régimen en las urnas continúan apartados del poder.
Donald Trump sonríe, levanta el pulgar y posa junto a Delcy Rodríguez. Ella también sonríe y exhibe el signo de la victoria. Detrás están las banderas de Estados Unidos y Venezuela. La fotografía, difundida por la Presidencia de Venezuela, fue tomada el martes 22 de setiembre en Nueva York, durante el encuentro que ambos mantuvieron en el hotel Lotte New York Palace, en los márgenes de la Asamblea General de las Naciones Unidas. No fue una instantánea robada ni el registro inevitable de un saludo protocolar: fue una fotografía posada, destinada a documentar y celebrar el encuentro.
La imagen merece ser recordada porque condensa en unos pocos centímetros una contradicción extraordinaria de la política estadounidense hacia Venezuela. El hombre que ordenó la operación militar que terminó con Nicolás Maduro capturado en enero aparece ahora sonriente junto a quien fue durante años una de sus principales colaboradoras, mientras la dirigente que encabezó la resistencia política al chavismo, María Corina Machado, continúa fuera de Venezuela y acaba de fracasar, en cuestión de horas, en tres nuevos intentos de regresar a su país.
No se trata simplemente de la fotografía de dos gobernantes que deben relacionarse porque la realidad internacional obliga a conversar incluso con adversarios. La diplomacia está llena de esas fotografías. Lo extraordinario es quién ha sido convertida en interlocutora privilegiada de Washington y quién permanece marginada del proceso político venezolano.
Delcy Rodríguez no apareció en enero de 2026 procedente de alguna corriente reformista ajena al régimen depuesto. Fue canciller de Maduro, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente creada por el chavismo y vicepresidenta desde 2018. Cuando Estados Unidos la sancionó ese año, lo hizo por su papel en un régimen al que Washington acusaba de socavar la democracia venezolana. Permaneció en la lista estadounidense de sancionados hasta el 1.º de abril de este año, cuando la administración Trump levantó esas medidas.
La transformación es asombrosa. La dirigente que Washington consideraba integrante del núcleo responsable de sostener al régimen pasó a ser, después de la captura de Maduro, la gobernante con la que Estados Unidos decidió entenderse.
Y aquí comienza el problema que la fotografía hace imposible disimular.
Una elección que sí ocurrió
La justificación estadounidense para respaldar el actual proceso ha sido que Venezuela necesita estabilidad y una transición antes de celebrar nuevas elecciones. Pero semejante argumento corre el riesgo de borrar un dato elemental: Venezuela ya votó.
Lo hizo el 28 de julio de 2024.
María Corina Machado había ganado abrumadoramente las primarias opositoras, pero el régimen le impidió presentarse. La oposición terminó postulando a Edmundo González Urrutia. El Centro Carter, invitado oficialmente como observador, concluyó que aquella elección no cumplió los estándares internacionales y que los resultados proclamados por el Consejo Nacional Electoral no podían considerarse democráticamente válidos. Las actas recopiladas y publicadas por la oposición mostraban, además, una amplia victoria de González. El régimen jamás presentó las actas mesa por mesa que permitieran demostrar la supuesta victoria de Maduro.
Por tanto, el interrogante democrático venezolano no nace en enero de 2026 ni puede reducirse a cuándo convendría organizar una futura elección. Existe una elección anterior cuya voluntad expresada en las urnas fue desconocida por el régimen del cual Delcy Rodríguez era vicepresidenta.
Después vino la represión.
Las investigaciones internacionales documentaron muertos, heridos, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y persecución de opositores después de aquellos comicios. La derrota electoral del chavismo no produjo una transición: produjo más represión.
Nada de eso desaparece detrás de una sonrisa en Nueva York.
El aparato sigue allí
Sería incorrecto ignorar los cambios producidos desde la caída de Maduro. Bajo Rodríguez fueron excarcelados presos políticos, se adoptaron medidas de amnistía y disminuyeron algunas formas visibles de represión. También se inició una apertura económica que Estados Unidos presenta como parte de la estabilización del país.
Pero el problema fundamental permanece: las estructuras institucionales y de seguridad que hicieron posible la represión chavista no han sido desmanteladas. Organizaciones de derechos humanos han advertido durante este año que centenares de presos políticos continuaban detenidos y que muchos de los excarcelados seguían sometidos a procesos o restricciones.
Cambió la persona que ocupa la cúspide. No está demostrado que haya cambiado el sistema.
Y ésa es precisamente la Venezuela que queda fuera del encuadre de la fotografía.
Mientras Delcy entraba a EE. UU., María Corina intentaba entrar a Venezuela
Hay, sin embargo, una coincidencia que convierte la imagen en algo políticamente mucho más potente.
Mientras Delcy Rodríguez llegaba a Nueva York, participaba de la Asamblea General, era recibida por Trump y posaba sonriente con el presidente estadounidense, María Corina Machado intentaba regresar a Venezuela.
Tres veces en las últimas horas. Según Pedro Urruchurtu, colaborador de Machado, fueron los últimos de siete intentos desde que abandonó clandestinamente Venezuela nueve meses atrás. Reuters confirmó con el equipo de Machado los tres intentos recientes, aunque no pudo establecer quién impidió concretamente que se completaran los trayectos por mar y aire.
Machado se encuentra fuera del país después de haber permanecido escondida tras la persecución posterior a las elecciones de 2024. Había prometido regresar después de la caída de Maduro.
Pero hay algo todavía más perturbador: Washington no es simplemente un espectador de su ausencia.
Reuters reveló la semana pasada que funcionarios estadounidenses habían manifestado reticencias ante el regreso de Machado porque temían que pudiera alterar los planes de transición respaldados por Washington. Después de los terremotos de junio, funcionarios estadounidenses le pidieron privadamente que postergara su retorno. Las negociaciones sobre la transición, mientras tanto, han avanzado sin que el movimiento de Machado ocupe un lugar central.
El contraste resulta difícil de exagerar: la antigua vicepresidenta de Maduro entra en Estados Unidos, participa de la Asamblea General de las Naciones Unidas y obtiene una fotografía sonriente con el presidente estadounidense; la principal dirigente opositora intenta entrar en Venezuela y no consigue hacerlo.
No hace falta agregar nada a esa escena. Ella sola explica la dimensión del problema.
Y apareció el petróleo
Entre ambas situaciones existe además un elemento imposible de soslayar.
El petróleo.
El acercamiento entre Washington y Caracas ha ido acompañado de un gigantesco entendimiento energético. La cobertura del encuentro de Nueva York señala que las conversaciones entre funcionarios de ambos países abarcan energía, minería y deuda, y que el respaldo estadounidense a Rodríguez se fortaleció después del acuerdo alcanzado en agosto.
Trump presentó ese entendimiento como una enorme victoria para Estados Unidos y volvió a reivindicarlo esta semana ante las Naciones Unidas. El acuerdo concede a los intereses estadounidenses una posición extraordinaria sobre una parte gigantesca de las reservas petroleras venezolanas.
Desde entonces, la relación con Rodríguez se ha transformado aceleradamente.
Esto no demuestra que el petróleo sea la única explicación de la política estadounidense. Washington puede invocar razones de estabilidad, seguridad regional, reconstrucción económica, inmigración y necesidad de evitar un vacío de poder después de Maduro. Son argumentos reales y deben ser considerados.
Pero plantean una pregunta inevitable: ¿en qué lugar de esa política quedó la democratización de Venezuela?
Porque estabilidad y democracia no son sinónimos.
Y sustituir a Maduro conservando buena parte del sistema construido por Maduro tampoco equivale necesariamente a una transición democrática.
De sancionada a socia
La sucesión de acontecimientos es brutalmente sencilla.
Delcy Rodríguez fue una de las figuras centrales del régimen chavista. Estados Unidos la sancionó. El régimen del que era vicepresidenta desconoció unas elecciones cuya evidencia disponible indicaba una victoria opositora. La represión posterior produjo muertos, heridos, detenidos y perseguidos. María Corina Machado terminó escondida y posteriormente fuera del país.
Estados Unidos capturó a Maduro. Rodríguez quedó en el poder. Washington retiró las sanciones que pesaban sobre ella. Los dos gobiernos alcanzaron un gigantesco entendimiento petrolero. Trump comenzó a respaldar públicamente a Rodríguez.
Y finalmente ambos posaron sonrientes ante las cámaras.
Mientras tanto, la elección pendiente de reconocimiento no produjo la transferencia del poder que reclamaba la oposición, el aparato represivo no ha sido desmontado y María Corina Machado continúa sin poder regresar normalmente a su propio país.
La política internacional obliga muchas veces a tratar con personas y gobiernos con los que existen profundas diferencias. Las democracias occidentales mantienen relaciones con numerosas autocracias y la historia ofrece incontables ejemplos de negociaciones entre adversarios. Una reunión con Delcy Rodríguez puede defenderse desde la realpolitik.
Lo que resulta mucho más difícil de explicar es la legitimación política que acompaña a esa relación.
Porque una cosa es negociar con quien controla efectivamente un Estado y otra convertirlo en el rostro aceptable de una transición democrática que todavía no ocurrió.
Una fotografía para guardar
Quizás por eso esta fotografía merezca conservarse.
No porque Trump y Rodríguez se hayan reunido. Si Estados Unidos considera que negociar con Caracas sirve a sus intereses, tiene razones de Estado para hacerlo.
Hay que conservarla por todo lo que queda fuera del encuadre.
No aparecen los venezolanos que votaron en julio de 2024. No aparecen las actas electorales. No aparecen quienes murieron en las protestas posteriores. No aparecen los presos políticos. No aparece el aparato represivo construido durante años de chavismo.
Tampoco aparece María Corina Machado. Ella estaba intentando entrar en Venezuela mientras Delcy Rodríguez era recibida en Nueva York.
En la fotografía sólo quedan dos sonrisas, dos banderas, una señal de victoria y un pulgar levantado.
Y detrás de ellas, una pregunta que Washington todavía debe responder: si la intervención estadounidense en Venezuela debía abrir el camino hacia la democracia, ¿por qué quien perteneció a la cúpula del régimen terminó convertida en socia privilegiada de Estados Unidos mientras quienes derrotaron electoralmente al chavismo continúan apartados del poder?
Esa contradicción es lo que la imagen documenta.
Y es lo que podría hacer que, mucho después de que hayan desaparecido las sonrisas, siga siendo recordada como la foto de la infamia.
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