La factura de las urnas
Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 6'
Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos dejaron una severa derrota para el Partido Republicano y devolvieron a los demócratas el control del Congreso. El descontento económico y la guerra con Irán aparecen entre los principales factores del resultado, que abre una etapa de dificultades para Donald Trump y comienza a provocar diferencias en su propio gobierno.
Las elecciones legislativas del martes pasado modificaron sustancialmente el escenario político estadounidense. El Partido Demócrata recuperó el control de ambas cámaras del Congreso, en una elección que excedió ampliamente el habitual desgaste que experimentan los gobiernos en las llamadas midterms, celebradas a mitad del mandato presidencial.
Con el escrutinio todavía pendiente en algunas circunscripciones, los demócratas se aseguraron al menos 54 bancas en el Senado, frente a 44 republicanas, mientras permanecían sin definición las elecciones de Alaska y Mississippi. En la Cámara de Representantes obtuvieron una ganancia neta de al menos 30 escaños.
Pero más reveladora que la magnitud numérica fue la extensión territorial del retroceso republicano. Los demócratas conquistaron bancas senatoriales en Texas, Kansas y Carolina del Sur, estados tradicionalmente conservadores, además de conseguir victorias en Ohio, Iowa, Maine y Carolina del Norte.
Texas constituye un ejemplo particularmente significativo. Allí, James Talarico se convirtió en el primer demócrata elegido senador desde 1988, mientras Gina Hinojosa derrotó al gobernador republicano Greg Abbott. Kansas, por su parte, eligió su primer senador demócrata desde los tiempos de la Gran Depresión.
No se trató, pues, de una simple alteración del equilibrio en algunos distritos competitivos. Según un análisis de Reuters, los republicanos perdieron terreno respecto de 2024 en el 99% de unos 2.100 condados cuyos escrutinios estaban suficientemente avanzados. La amplitud geográfica del fenómeno indica un malestar que atravesó electorados muy diversos.
La economía y la guerra
Las primeras encuestas de salida permiten identificar dos grandes factores explicativos: el elevado costo de vida y la guerra con Irán.
La promesa de aliviar las dificultades económicas había constituido uno de los argumentos centrales de Trump para recuperar la Presidencia en 2024. Dos años después, numerosos estadounidenses siguen manifestando preocupación por los precios, los costos de la atención sanitaria y las consecuencias de los aranceles comerciales.
La guerra con Irán agravó ese cuadro, especialmente por sus efectos sobre los combustibles. A diferencia de otros conflictos exteriores, sus consecuencias económicas se hicieron sentir directamente en la vida cotidiana.
Según la encuesta de Associated Press, realizada entre más de 100.000 votantes, aproximadamente seis de cada diez consideraron equivocada la decisión de intervenir militarmente en Irán. Sin embargo, sólo alrededor de un tercio señaló la guerra como un factor decisivo de su voto, mientras que cerca de la mitad atribuyó esa importancia al costo de vida o a la corrupción gubernamental.
Esta distinción importa. Sería simplista atribuir toda la derrota al conflicto bélico. La evidencia sugiere una acumulación de insatisfacciones económicas, políticas e institucionales, que terminaron traduciéndose en un amplio voto contrario al oficialismo.
También merece atención el retroceso republicano entre sectores que habían contribuido al triunfo presidencial de 2024, particularmente algunos segmentos del electorado hispano. La coalición electoral construida por Trump mostró dificultades para mantenerse unida.
Un Congreso que vuelve a controlar
La principal consecuencia institucional será la aparición de un Congreso adverso al presidente desde enero de 2027.
Los demócratas podrán impulsar investigaciones sobre la administración, condicionar la aprobación de leyes y presupuestos y, desde el Senado, bloquear nombramientos presidenciales, incluidos los de eventuales integrantes de la Suprema Corte.
Trump conservará, naturalmente, sus atribuciones ejecutivas y el poder de veto. No estará obligado a abandonar su programa político, pero deberá negociar con una oposición que dispone ahora de instrumentos institucionales considerablemente más poderosos.
El resultado también provocó movimientos en las filas republicanas. Mike Johnson anunció que no continuará conduciendo la bancada en la Cámara de Representantes, mientras comenzaron las discusiones sobre la responsabilidad del presidente y la necesidad de revisar las estrategias partidarias.
La situación plantea una dificultad para ambos partidos. Los republicanos deberán reconstruir sus apoyos electorales; los demócratas tendrán que demostrar que el control legislativo puede producir resultados y no limitarse a una confrontación permanente con la Casa Blanca.
Trump y Vance, una diferencia reveladora
Una derivación especialmente llamativa de la derrota fue la discrepancia pública entre Trump y su vicepresidente, J. D. Vance.
Mientras el presidente defendió su decisión de atacar Irán y aseguró que volvería a adoptarla, Vance publicó un extenso mensaje en la red social X atribuyendo directamente a la guerra la pérdida del Congreso.
«La razón por la que perdimos es la guerra», afirmó, para agregar que quienes consideraran justificada esa intervención debían estar dispuestos a defender su costo político, incluida la pérdida del Senado durante los próximos seis años.
El vicepresidente sostuvo que numerosos ciudadanos que habían votado por Trump en 2024 optaron ahora por los demócratas porque querían terminar la guerra, reducir el costo de vida, priorizar los problemas internos y modificar la relación estadounidense con Israel.
Trump evitó transformar la discrepancia en una confrontación personal. Aseguró conocer la posición de Vance y consideró aceptables sus declaraciones, aunque reiteró que su decisión militar había sido correcta.
No estamos, por lo tanto, ante una ruptura política consumada. Pero la diferencia resulta significativa porque Vance aparece entre los posibles aspirantes a la candidatura presidencial republicana de 2028. Su posicionamiento puede interpretarse como un intento de establecer un perfil propio frente a decisiones que han generado un evidente costo electoral.
La escena adquirió un matiz casi pintoresco cuando, en su primera aparición pública después de los comicios, Trump dedicó buena parte del encuentro con los periodistas a mostrar las obras del nuevo salón de baile de la Casa Blanca. Explicó incluso que ocuparse de esos trabajos le resultaba relajante. Mientras Washington analizaba una de las mayores derrotas republicanas de los últimos años, el presidente parecía encontrar cierto consuelo en la arquitectura.
Una nueva etapa
Estas elecciones no significan necesariamente una adhesión permanente del electorado a las propuestas demócratas. Tampoco permiten anticipar quién se impondrá en la competencia presidencial de 2028.
Lo que sí muestran es que una porción considerable de los ciudadanos decidió retirar su respaldo a los republicanos, incluso en territorios donde éstos contaban con ventajas históricas.
Trump deberá afrontar los dos años restantes de su mandato con un Congreso adverso, dificultades económicas persistentes, una guerra cuestionada por buena parte de la opinión pública y las primeras divergencias visibles dentro de su propio gobierno.
La democracia estadounidense ha vuelto a poner en funcionamiento uno de sus mecanismos fundamentales: el electorado puede modificar el equilibrio de poderes sin necesidad de esperar a una elección presidencial.
El alcance de esa corrección institucional, y la capacidad de ambos partidos para responder a las demandas expresadas en las urnas, definirán buena parte de la política estadounidense en los próximos dos años.
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