Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

La estrategia no perdona la amnesia

Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 5'

Por Juan Carlos Nogueira

En política internacional, las potencias recuerdan y los países pequeños pagan los errores de cálculo. La memoria estratégica no es un gesto de gratitud: es una herramienta de supervivencia.

En una columna reciente sostuve que, en un mundo organizado en bloques de poder, Uruguay no gana eligiendo bandos, sino preservando margen de maniobra. Pero esa prudencia estratégica requiere algo más que equilibrio. Exige memoria institucional. Olvidar qué actores sostuvieron la estabilidad del país en momentos críticos no es solo ingratitud: es no considerar información relevante para tomar decisiones apropiadas.

A menudo, la actualidad reactiva recuerdos de lecturas de libros de historia que creía olvidadas y que despiertan alarmas al analizar decisiones de hoy.

Tucídides, en La guerra del Peloponeso, narra el caso de Mitilene (Lesbos), una ciudad aliada de Atenas que intentó cambiar de bloque en plena guerra del Peloponeso. Apostó por el cambio esperando respaldo estratégico, pero quedó expuesta antes de que el apoyo se materializara y terminó pagando el costo de una decisión prematura.

El caso ilustra los riesgos que enfrentan los Estados pequeños cuando intentan moverse entre potencias en conflicto sin medir tiempos ni costos. Las alianzas no se sostienen solo por afinidad, pero tampoco sobreviven a señales de inestabilidad estratégica.

La conducción actual de la política exterior está moviendo a Uruguay en una zona ambigua. El acercamiento a China responde a razones económicas evidentes. El gigante asiático es el principal socio comercial del país, el mayor comprador de carne y soja y una fuente potencial de inversión en infraestructura. En un mundo fragmentado, diversificar vínculos es una decisión racional. Para un país pequeño, depender de un solo polo de poder es un riesgo a mitigar.

Pero la política exterior no es solo comercio. Es historia compartida, instituciones y vínculos que no desaparecen cuando cambia el socio económico.

En 2002, en medio de la peor crisis económica de su historia reciente, Uruguay evitó el default gracias a un respaldo financiero decisivo de Estados Unidos. Más que un auxilio técnico, fue una decisión política que estabilizó el sistema bancario, contuvo el pánico y permitió preservar la continuidad institucional. Si bien ese episodio no crea una deuda eterna, sí debe crear reconocimiento y constituye un elemento de peso en la relación bilateral entre Uruguay y Estados Unidos.

Uruguay es, geográfica, cultural, institucional y jurídicamente, parte del espacio político occidental. Su sistema político, su tradición republicana y su economía abierta se formaron en interacción constante con Europa y Estados Unidos.

El vínculo con China, por otro lado, es pragmático (comercio, financiamiento y logística). No descansa en afinidades culturales o institucionales profundas, sino en intereses concretos y en una relación económica marcadamente asimétrica, donde el peso comercial de China supera ampliamente la capacidad de incidencia uruguaya. Además, se trata de un sistema político de naturaleza muy distinta al occidental, con fuertes restricciones a la oposición y a la libertad de expresión, como lo evidencia la condena reciente al empresario y activista Jimmy Lai en Hong Kong (20 años de cárcel por criticar al gobierno). Este tipo de diferencias no impide el vínculo, pero sí define su carácter y sus límites.

Es en ese punto donde el caso de Mitilene deja de ser historia y empieza a funcionar como advertencia.

El problema no es acercarse a otra potencia, sino hacerlo sin una conciencia clara del equilibrio estratégico y, además, con una potencia que compite sistemáticamente con Estados Unidos. El gobierno está intentando maximizar beneficios económicos con China sin considerar los costos políticos con Estados Unidos.

En política internacional importan las señales. Las grandes potencias observan, recuerdan y actúan en función de señales. Hoy nuestro gobierno envía mensajes ambiguos. Por un lado, reafirma su pertenencia a Occidente en foros políticos y de seguridad. Por otro, explora acuerdos comerciales y tecnológicos con China que tensionan esa inserción, incluso alineándose con la posición china sobre Taiwán.

Previamente, Uruguay ya había dado señales no precisamente simpáticas a Estados Unidos y a uno de sus aliados.

Tras la incursión militar estadounidense de enero de 2026, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, la Cancillería uruguaya rechazó la intervención militar de Estados Unidos.

Posteriormente, Uruguay participó en una declaración conjunta con Brasil, Chile, Colombia, México y España (países que han adoptado posiciones críticas hacia Washington), expresando preocupación por los hechos en Venezuela.

Uruguay también ha sido crítico de Israel (principal aliado de Estados Unidos en Medio Oriente). Sin oponerse frontalmente, la línea de Cancillería ha sido crítica de la situación humanitaria y de acciones militares israelíes contra Hamas.

Ante el reciente conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, el gobierno mantuvo una posición oficial moderada; sin embargo, el PCU, uno de los pilares políticos del gobierno, condenó abiertamente a Estados Unidos. Sánchez (MPP), Secretario de Presidencia, criticó el ataque por considerarlo una escalada militar peligrosa que podría haberse evitado por vías diplomáticas.

Es razonable suponer que estos gestos forman parte de la evaluación habitual de la política exterior estadounidense e israelí.

Un país pequeño necesita prudencia y claridad de objetivos. Tomar partido por impulso ideológico o emocional suele ser un error, y el gobierno está leyendo la política exterior más en clave ideológica que estratégica.

La lección de Tucídides no es moral, sino netamente estratégica. Los Estados que olvidan de dónde proviene su estabilidad suelen descubrirlo en el peor momento.

Uruguay puede diversificar, negociar y acercarse a quien quiera. Lo que no debe es hacerlo suponiendo que esas decisiones ocurren sin consecuencias en un vacío de poder. Las potencias recuerdan, y los mercados también.

La política exterior de un país pequeño no se sostiene en la gratitud ni en la amnesia, sino en la memoria y el cálculo. Las potencias juegan a largo plazo. Como en el ajedrez, Uruguay no puede darse el lujo de mover sin entender el tablero y anticipar las consecuencias de cada movimiento.



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