Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026

La estabilidad no alcanza

Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 4'

La última encuesta de Exante revela un deterioro persistente del clima de negocios, pese a la relativa estabilidad macroeconómica. El bajo crecimiento, los problemas de competitividad y la presión de los costos alimentan una cautela empresarial que condiciona las decisiones de inversión y generación de empleo.

La estabilidad macroeconómica constituye una condición indispensable para el desarrollo, pero no es suficiente. Uruguay vuelve a comprobarlo a través de la última Encuesta de Expectativas Empresariales de la consultora Exante, cuyos resultados, difundidos esta semana, muestran una creciente distancia entre la tranquilidad de los principales indicadores económicos y la confianza de quienes deben decidir si invierten, producen y contratan trabajadores.

El relevamiento, realizado entre 341 ejecutivos de empresas medianas y grandes, ofrece una conclusión inquietante: el deterioro del clima de negocios acumula cuatro mediciones consecutivas. Apenas el 34% de los consultados lo considera bueno o muy bueno, mientras que el 55% lo califica como regular y el 12% lo evalúa negativamente. Las valoraciones positivas se encuentran en su nivel más bajo desde comienzos de 2020.

Es cierto que el pesimismo sobre la evolución general de la economía se moderó respecto de abril. Sin embargo, esa estabilización de las expectativas no significa que haya regresado el optimismo. Más bien parece reflejar cierta resignación ante un escenario de escaso dinamismo, que los empresarios no esperan que cambie sustancialmente en el futuro inmediato.

Las proyecciones de crecimiento son elocuentes: apenas 1% para 2026 y 1,3% para 2027. Para un horizonte de tres o cuatro años, la expectativa promedio alcanza solamente el 1,5% anual, aproximadamente la mitad de lo que los empresarios preveían en 2021.

La inversión necesita confianza

Uno de los resultados más significativos de la encuesta se refiere al clima de inversiones. Aunque las expectativas mejoraron moderadamente respecto de la medición anterior, solamente el 8% de los ejecutivos considera que será mejor dentro de un año, frente al 34% que espera un empeoramiento. El restante 58% no anticipa cambios.

Estas percepciones tienen consecuencias económicas. Las inversiones requieren horizontes previsibles, expectativas de rentabilidad y confianza en que las condiciones para desarrollar un negocio serán razonablemente favorables.

Cuando predominan las dudas, las empresas tienden a examinar con mayor cautela sus proyectos, postergar expansiones o privilegiar aquellas inversiones que permiten reducir costos antes que aumentar la capacidad productiva.

No significa que la inversión esté paralizada. De hecho, el 38% de los ejecutivos espera incrementarla en sus propias empresas durante los próximos doce meses, una proporción que mejoró respecto de relevamientos anteriores. Pero el contraste con las percepciones sobre el clima general demuestra que existen iniciativas empresariales pese a un entorno considerado poco estimulante.

A ello se agrega la preocupación por la rentabilidad. Solamente el 47% de los encuestados la evalúa positivamente, frente al 56% que lo hacía un año atrás. Apenas una cuarta parte espera que mejore durante 2027, la proporción más baja desde 2020.

La presión de costos aparece como el principal desafío para el 63% de los ejecutivos. Entre los factores que afectan la competitividad, el costo salarial es mencionado por el 67%, la carga impositiva por el 39% y las rigideces laborales por el 34%.

El problema no consiste simplemente en cuánto cuestan las cosas, sino en la relación entre costos, productividad y posibilidades de competir en mercados cada vez más exigentes.

El empleo, la señal de alarma

El panorama laboral resulta particularmente revelador. Menos de uno de cada cinco empresarios prevé aumentar su plantilla durante el próximo año, el registro más bajo desde 2020.

Entre las empresas que no proyectan incrementar personal, el 60% menciona los salarios reales elevados como un factor que limita la contratación, mientras que también aparecen la insuficiencia del volumen de negocios y la incorporación de tecnologías que permiten ahorrar mano de obra.

No corresponde deducir que los salarios sean los únicos responsables de esa situación. Pero tampoco puede ignorarse que los aumentos de los costos laborales, cuando no están acompañados por mejoras suficientes de productividad, pueden desalentar nuevas contrataciones, especialmente en actividades de escaso margen y puestos de menor calificación.

El resultado es un círculo difícil de romper: el bajo crecimiento limita las oportunidades de negocios, las empresas moderan sus inversiones y contrataciones, y esa cautela termina restringiendo las posibilidades de acelerar la economía.

La encuesta también muestra un deterioro de la evaluación empresarial del gobierno: el 65% desaprueba su gestión, frente al 57% registrado en abril. Particularmente significativa resulta la valoración de la promoción de inversiones, que presenta su primer saldo negativo desde abril de 2019.

Uruguay conserva fortalezas importantes, entre ellas la seguridad jurídica, la estabilidad institucional y el control de la inflación. Pero esas ventajas no pueden convertirse en una excusa para aceptar tasas de crecimiento insuficientes.

La mejora de la competitividad, la reducción de trabas burocráticas, una mayor apertura económica y la creación de condiciones favorables para invertir deben integrar una agenda sostenida, que trascienda las medidas aisladas.

Porque el pesimismo empresarial no es solamente una cuestión de estados de ánimo. Cuando se instala y perdura, influye sobre decisiones concretas de inversión, producción y empleo.

Y un país que se acostumbra a crecer poco corre el riesgo de terminar considerando la mediocridad económica como una forma aceptable de estabilidad.



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