La escalada que nadie necesita
Edición Nº 1092 - Viernes 7 de agosto de 2026. Lectura: 3'
La crisis diplomática entre Brasil y Argentina alcanzó un nivel inédito que perjudica a los dos principales socios del Mercosur. Si bien la reacción del gobierno de Lula frente a las reiteradas ofensas de Javier Milei resulta comprensible, la escalada de medidas recíprocas solo profundiza un conflicto que la región no puede darse el lujo de alimentar.
La decisión del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva de rebajar al mínimo histórico la representación diplomática con Argentina constituye un hecho de enorme gravedad institucional. Que Brasil haya optado por mantener la relación bilateral apenas al nivel de encargado de negocios refleja hasta qué punto considera agotada la paciencia frente a las reiteradas descalificaciones del presidente Javier Milei hacia su par brasileño.
Desde una perspectiva estrictamente diplomática, la indignación de Brasil resulta comprensible. Milei no solo había calificado anteriormente a Lula de “corrupto” y “presidiario”, sino que volvió a ratificar esos conceptos en recientes entrevistas, aun cuando el conflicto bilateral ya se encontraba en un punto de extrema sensibilidad. La reacción del Palacio de Itamaraty era, por tanto, previsible.
Sin embargo, comprender una reacción no obliga a considerarla acertada.
La rebaja del vínculo diplomático difícilmente contribuya a crear las condiciones necesarias para recomponer la relación entre los dos mayores socios del Mercosur. Por el contrario, institucionaliza el conflicto, dificulta los canales de diálogo y eleva la confrontación a un nivel que termina perjudicando intereses permanentes de ambos países.
Brasil y Argentina no son dos gobiernos circunstanciales enfrentados en una disputa ideológica. Son las dos principales economías de América del Sur, responsables de buena parte del comercio intrazona, de cadenas industriales integradas y del funcionamiento político del Mercosur. Cuando la relación entre ambos se deteriora, las consecuencias trascienden ampliamente a Lula y Milei.
El momento, además, vuelve aún más inconveniente esta profundización del conflicto.
Brasil mantiene simultáneamente una creciente confrontación con la administración de Donald Trump, que en las últimas semanas incluyó nuevos aranceles estadounidenses a productos brasileños, respuestas basadas en la legislación de reciprocidad comercial, restricciones diplomáticas recíprocas e incluso la revocación del visado de la embajadora brasileña en Washington.
Formalmente se trata de conflictos distintos. Uno enfrenta a Brasil con Estados Unidos; el otro, con Argentina.
En los hechos, sin embargo, forman parte de un mismo escenario de creciente polarización política e ideológica, donde las relaciones exteriores dejan de estar guiadas prioritariamente por intereses nacionales permanentes para quedar crecientemente condicionadas por afinidades personales, diferencias partidarias y disputas internas proyectadas hacia la política internacional. Uruguay y Paraguay, además, somos parte interesada porque esa crisis en el Mercosur nos afecta directamente.
Ese es, precisamente, el mayor riesgo.
La diplomacia existe para administrar diferencias, no para amplificarlas. Cuando los canales institucionales comienzan a utilizarse como instrumentos de castigo político, todos terminan perdiendo. También los sectores productivos, los exportadores, los trabajadores y los ciudadanos que nada tienen que ver con los agravios cruzados entre dirigentes.
La historia de la relación entre Brasil y Argentina demuestra que ambos países supieron superar crisis mucho más profundas precisamente porque nunca dejaron de reconocer que existían intereses superiores compartidos. Esa lógica permitió construir confianza, desarrollar el Mercosur e impulsar una integración que, con avances y retrocesos, sigue siendo estratégica para toda la región.
Por eso, más allá de las responsabilidades individuales de cada mandatario, conviene recordar un principio elemental de las relaciones internacionales: los vínculos son entre Estados, no entre personas. Los presidentes pasan; los países permanecen.
Uruguay, por su tradición diplomática, su vocación de diálogo y su condición de integrante del Mercosur, tiene también una responsabilidad. Sin estridencias ni protagonismos innecesarios, pero con la discreción que caracteriza a su política exterior cuando mejor funciona, debería hacer todo lo que esté a su alcance para favorecer un reencauzamiento del diálogo entre nuestros dos principales socios del bloque.
La región necesita menos gestos de confrontación y más señales de racionalidad, respeto mutuo y responsabilidad política.
Hoy, más que nunca, cuidar las formas es también una manera de cuidar los intereses permanentes de nuestros países.
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