Edición Nº 1079 - Viernes 1 de mayo de 2026

La erosión del sistema político: cuando la confianza se pierde

Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 5'

Por Juan Carlos Nogueira

La erosión de la confianza no irrumpe de golpe: se acumula. Desde la República romana hasta las democracias contemporáneas, la historia muestra que los sistemas políticos se debilitan cuando dejan de representar y responder a la ciudadanía. Uruguay, aún lejos del colapso, empieza a exhibir señales de desgaste que plantean una pregunta incómoda: si el sistema sabrá corregirse a tiempo o seguirá avanzando hacia una crisis de representación más profunda.

La historia política no suele repetirse de forma exacta, pero deja huellas. Cuando se observan distintos momentos de crisis institucional a lo largo del tiempo, aparece una constante: los sistemas políticos no colapsan directamente por la fuerza, sino porque antes la gente deja de creer en ellos.

En la etapa final de la República romana, la emergencia de figuras como Julio César no fue una anomalía aislada, sino el resultado de un sistema que ya no lograba ordenar sus conflictos. La concentración de riqueza, la corrupción estructural y la violencia política habían erosionado la legitimidad institucional. Cuando la ciudadanía deja de creer en las reglas, empieza a apostar por liderazgos que prometen orden.

Siglos después, la República de Weimar tampoco fue una excepción. Su desenlace fue difícilmente evitable. La combinación de crisis económica, fragmentación política y humillación nacional debilitó la fe en la democracia. En ese vacío prosperaron opciones radicales, como la liderada por Adolf Hitler.

No todas las crisis derivan en colapsos. El escándalo Watergate en Estados Unidos mostró que incluso democracias sólidas pueden sufrir rupturas de confianza profundas sin desintegrarse. Si bien el sistema resistió, dejó una desconfianza hacia la clase política que nunca logró revertirse completamente.

En América Latina, la historia reciente aporta ejemplos más cercanos. Países como Argentina o Venezuela atravesaron crisis de representación que abrieron paso a liderazgos antisistema, desde Hugo Chávez hasta fenómenos contemporáneos como Javier Milei. Aunque de signo ideológico, base social y resultado muy diferentes, el desprestigio de los partidos tradicionales y el deterioro económico hicieron posible ese tipo de liderazgos.

La crisis financiera global de 2008 alimentó una percepción extendida de captura del Estado por élites financieras, mientras que el Brexit reflejó una ruptura entre ciudadanía y establishment político. En ambos casos, el sistema dejó de jugar para la mayoría.

Vistos en conjunto, aparecen los mismos factores: sistemas percibidos como ineficaces, élites desconectadas, corrupción —real o percibida—, crisis económicas y la ruptura de normas informales básicas, como el respeto por la palabra o las reglas del juego.

El resultado suele ser parecido: la política se personaliza, crece el cinismo democrático, aparecen outsiders, crecen los extremos y la desconfianza se vuelve permanente. Aunque no siempre se produce un colapso, el deterioro institucional es constatable.

Uruguay, históricamente, ha sido una excepción relativa en la región. Y cuando se produjo un quiebre institucional, también estuvo precedido por un fuerte descreimiento en la política. Ningún país está blindado frente a estas dinámicas.

Aunque Uruguay aún conserva niveles de confianza institucional superiores a los de sus vecinos, ya hay claras señales de desgaste. Los debates sobre el cumplimiento de decisiones respaldadas en referéndums o plebiscitos, la creciente desconfianza hacia los partidos, tanto de gobierno como de oposición, y una polarización incipiente apuntan en esa dirección.

La figura presidencial también enfrenta cuestionamientos sobre su capacidad, autonomía y liderazgo. En parte de la conversación pública —especialmente en redes— se ha instalado la idea de que Orsi es una figura decorativa y que el gobierno está en manos de Díaz y Sánchez. A eso se suma la percepción de que la política de gobierno discute agendas alejadas de las prioridades ciudadanas e inconsistentes con posiciones legitimadas y laudadas por consultas populares. No en vano, algunas mediciones ubican la desaprobación entre el 50% y el 60%.

Si bien aún no se ha instanciado un colapso económico severo, como sucedió en Argentina en 2001, ya hay señales que generan preocupación. Persisten dudas sobre el clima de inversión y el dinamismo empresarial, mientras el desempleo se mantiene en torno al 7%, con unos 140 mil desocupados. Aunque no hay un deterioro brusco, el mercado laboral muestra signos de estancamiento y problemas estructurales persistentes, especialmente entre los jóvenes. A esto se suma un crecimiento económico por debajo de lo esperado: en 2025 se proyectaba una expansión cercana al 2,5 %, pero el resultado fue de apenas 1,8%, y las proyecciones hacia adelante se han ido ajustando a la baja. Como si eso fuera poco, la amenaza de intervención a las AFAPs aumenta la desconfianza interna y externa.

El riesgo no es una ruptura inmediata, sino que esta erosión se acelere y, de no corregirse, abra la puerta a escenarios más complejos.

En su versión más leve, esto se traduce en apatía, voto en blanco o el surgimiento de figuras por fuera del sistema. En escenarios intermedios, aparecen discursos más confrontativos y liderazgos antisistema. En el extremo —hoy poco probable, pero no imposible—, la combinación de crisis económica y pérdida de legitimidad puede desencadenar una crisis de representación más profunda.

El punto clave no es la desconfianza en sí, sino lo que el sistema haga al respecto. La desconfianza es apenas el síntoma. Lo que definirá el desenlace es la capacidad —o incapacidad— del sistema político para adaptarse, corregirse y volver a alinearse con la ciudadanía.

Uruguay todavía está a tiempo. La pregunta es si va a reaccionar antes de que la erosión deje de ser silenciosa.



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