La economía vuelve a encender las alarmas
Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 4'
La actividad económica cayó 1,1% en agosto respecto a julio y confirmó las dificultades del país para sostener una trayectoria de crecimiento. El nuevo retroceso compromete las previsiones oficiales para 2026 y vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de impulsar la inversión, mejorar la competitividad y generar condiciones para la creación de empleo.
La economía uruguaya continúa dando señales preocupantes. Según los datos publicados el pasado viernes por el Banco Central del Uruguay (BCU), el Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) registró en agosto una caída de 1,1% respecto al mes anterior, una vez descontados los efectos estacionales. La información, recogida por El Observador y otros medios de prensa, confirma la pérdida de dinamismo que viene caracterizando buena parte del año.
Aunque en la comparación con agosto de 2025 la actividad todavía muestra un crecimiento de 0,8%, esa cifra resulta poco alentadora. No sólo representa una desaceleración respecto al incremento interanual de 1,7% registrado en julio, sino que, como advirtió el economista Aldo Lema, está influida por una base de comparación particularmente baja.
La evolución de los últimos meses ilustra las dificultades. Después de una recuperación de 1,4% en junio, la actividad apenas avanzó 0,2% en julio y retrocedió 1,1% en agosto. Más significativo todavía es el comportamiento del indicador de tendencia-ciclo, que procura eliminar las oscilaciones coyunturales y mostrar la trayectoria de fondo de la economía: en agosto registró una variación de 0,0%, después de dos meses de incrementos de apenas 0,1%.
En otras palabras, más allá de los altibajos mensuales, la economía se encuentra prácticamente estancada.
Las previsiones oficiales, cada vez más exigentes
El nuevo dato complica las expectativas del gobierno. El Ministerio de Economía y Finanzas mantiene una previsión de crecimiento de 1,6% para 2026, después de haber reducido una estimación inicial de 2,2%. Sin embargo, los analistas privados consultados por el propio BCU proyectan una expansión de apenas 1%.
La diferencia no es menor. Además, el segundo trimestre ya había registrado una contracción de 0,8% respecto al primero y una caída interanual de 0,5%. Aunque todavía falta conocer el comportamiento de setiembre para completar el tercer trimestre, los resultados disponibles hacen cada vez más exigente el cumplimiento de las metas oficiales.
No se trata simplemente de una discusión entre pronósticos económicos. Las estimaciones de crecimiento constituyen una referencia fundamental para las previsiones de recaudación tributaria, la evolución del empleo y la sostenibilidad de las cuentas públicas.
Una economía que crece menos de lo esperado genera menores oportunidades para las empresas y los trabajadores, al tiempo que reduce el margen de maniobra del Estado. Y esto ocurre cuando las finanzas públicas ya presentan dificultades importantes: el déficit del sector público global alcanzó el 4,7% del PIB en los 12 meses cerrados a agosto, excluyendo el efecto de los ingresos extraordinarios del Fideicomiso de la Seguridad Social.
Sin crecimiento no hay desarrollo posible
La preocupación trasciende las cifras del producto. Una economía que pierde impulso encuentra mayores dificultades para generar puestos de trabajo, especialmente para los jóvenes y las personas de menor calificación, que necesitan oportunidades de ingreso al mercado laboral.
También obliga a considerar con prudencia las políticas salariales. Los aumentos del salario real son naturalmente deseables, pero su sostenibilidad depende, en buena medida, de la evolución de la productividad y de la capacidad de las empresas para absorber mayores costos sin comprometer la inversión o la contratación de trabajadores.
No se trata de atribuir mecánicamente la desaceleración a una política determinada, ni de desconocer factores coyunturales, como los efectos de la sequía sobre la producción agropecuaria. Se trata de reconocer que Uruguay arrastra problemas estructurales de competitividad, costos de producción y dificultades para atraer inversiones que no pueden seguir postergándose.
En ese contexto, las iniciativas destinadas a mejorar la competitividad adquieren especial relevancia. La discusión no debería centrarse exclusivamente en cómo distribuir los resultados de la actividad económica, sino también en cómo conseguir que esa actividad crezca, se diversifique y genere nuevas oportunidades.
El gobierno tiene la responsabilidad de impulsar ese proceso, pero también de reconocer la realidad que muestran los indicadores. Las previsiones optimistas no sustituyen las políticas capaces de transformar las condiciones de producción, inversión y empleo.
Uruguay necesita crecer más y, sobre todo, crecer de manera sostenida. Una expansión anual cercana al 1%, de confirmarse, sería claramente insuficiente para atender las aspiraciones de desarrollo del país y las crecientes demandas sobre el gasto público.
La caída de agosto no permite, por sí sola, anticipar una recesión. Pero tampoco puede minimizarse como una oscilación estadística sin importancia. Es una nueva señal de advertencia que se suma a otras igualmente inquietantes.
El verdadero problema no es que la economía haya retrocedido en un mes. Es que Uruguay sigue sin encontrar un ritmo de crecimiento capaz de sostener sus compromisos y abrir nuevas oportunidades. Y cuanto más se demore en enfrentar esa realidad, más difícil será revertirla.
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