Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

La diplomacia no es un adorno

Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 5'

Por Julio María Sanguinetti

Estamos en unos días muy internacionales por la Asamblea de Naciones Unidas y todas las reuniones que se han dado, razón por la cual se nos ocurre hacer algunas reflexiones sobre lo que es la diplomacia, o sea, la política exterior de un país.

Si hay un sector del Estado que no goza de popularidad es justamente la diplomacia. Se le asocia a reuniones sociales, cócteles, formalismos vacíos y el privilegio de viajar. Si a los políticos como tales no se nos mira bien, pero siempre hay alguna excepción, con los diplomáticos es al barrer. Por eso mismo, cada vez que se discute el presupuesto o se lanza un programa de austeridad, nuestra Cancillería queda en cuestión, sea quien sea el ministro y sea quien sea el gobierno.

Pocos errores de apreciación popular son tan relevantes como ese. El propio nacimiento de nuestro país es un acto diplomático, un acuerdo de paz entre el Imperio de Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata. Si pudimos sobrevivir más tarde fue por nuestra diplomacia, como en octubre de 1851, en que logramos superar el riesgo del autoritarismo rosista con una hábil combinación política, que sumó al caudillo entrerriano Urquiza con el Imperio de Brasil. Algo parecido podemos decir de 1865, en que pudimos caer en el mismo destino de Paraguay y de muchos episodios más, aun cercanos, como las relaciones con el gobierno de Perón alrededor de 1950. No olvidemos que el propio gobierno frentista del Dr. Vázquez pidió ayuda a los EE.UU. cuando la crisis por las plantas de celulosa con Argentina.

Hoy no vivimos esas amenazas, pero nuestro desarrollo económico y consiguiente equilibrio social dependen de nuestra exportación. Nuestro mercado es pequeño, no justifica muchos tipos de inversiones, salvo que podamos asegurar la posibilidad de exportar a otros países. También es claro que los inversores en general precisan financiación y para ello es fundamental que tengamos un “grado de inversión”. Ni hablar del Estado, cuyos déficits se vienen solventando con bonos y documentos en que la credibilidad es el oxígeno mismo de su existencia.

En esa perspectiva, lo primero es la imagen internacional del país, el modo como se nos ve desde el exterior. Lo segundo es el relacionamiento que permite acceder a los mayores mercados posibles. Y allí entra claramente en juego nuestra diplomacia, con actores que van desde el Presidente de la República acordando con sus colegas hasta los funcionarios que contribuyen a generar los imprescindibles intercambios. Siempre, al final de cuentas, la decisión es política.

Para un país como el nuestro, por lo tanto, es fundamental preservar los equilibrios, asunto que no es fácil en estos tiempos.

China es nuestro primer comprador. Un 26%. Le siguen Brasil y la Unión Europea, con la que el Mercosur termina de hacer un acuerdo y ofrece nuevas perspectivas. Luego tenemos a EE.UU. lanzado a una guerra de aranceles, a partir de lo que considera su desleal competencia con China. Como se advierte, el factor político es fundamental. Todo depende de acuerdos. Los técnicos analizan, discuten, estudian posibilidades, pero al final todo termina en un entendimiento político. Así fue con China en nuestra primera presidencia, por ejemplo.

Naturalmente, el comercio lo ejecutan sus actores, compradores y vendedores, pero ellos están dependiendo de los acuerdos y les es fundamental que las embajadas les ayuden en la tarea de los contactos necesarios y la relación con las burocracias de los países. Estas son básicas, porque desde las autorizaciones sanitarias hasta los certificados de origen de las mercaderías todo pasa por oficinas donde no es lo mismo tocar el timbre por vez primera que mantener una relación permanente.

Si nos pasamos al mundo financiero, el “grado inversor” es fundamental. Habilitar el acceso a los mercados financieros permite financiarnos con las mejores tasas. Eso se gana con credibilidad en el manejo financiero. ¿Qué hace la diplomacia? Mantener las relaciones, difundir la información, mantener vínculos con los organismos públicos que se ocupan de esos temas.

Como se advierte, un país exportador necesita de mercados abiertos y estos necesitan entendimientos políticos y acuerdos liberadores. Esta es una tarea permanente. Un trabajo constante. En el plano mayor, presidentes y ministros trazan amistades y relaciones en los planos superiores, luego una vasta infantería burocrática hace posible que eso llegue a la vida diaria. Siempre a partir de una imagen que va desde su prestigio institucional hasta su presencia cultural, que tampoco se valoriza suficientemente y que es fundamental en un país como el nuestro, que a falta de poderío debe mostrar cultura.

No siempre se entiende. Pero de todo esto depende buena parte del prestigio del país y del trabajo de nuestra gente.

Las circunstancias imponen, por lo tanto, una política exterior de equilibrio y ponderación, sin ideologismos ni modas. Que el Frente Amplio, partido de gobierno, se lance a una campaña pro Lula, es un despropósito, cuando el propio presidente ya ha dado algunas señales algo sesgadas en la relación diplomática con un Brasil que en los momentos que vivimos no sintoniza con Argentina. No es nuevo para nosotros que ocurra este distanciamiento; por lo mismo, debemos tener mucho cuidado en el equilibrio con los vecinos.

En los temas de la paz tenemos que ser claros y no podemos tener dudas en cuanto a condenar el terrorismo. Podemos seguir defendiendo la tesis de los dos Estados en Palestina, que ha sido tradicional desde 1948, pero no podemos dudar a la hora de condenar a quienes han desatado esta ola de sangre en la región.

El Uruguay tiene principios y también conveniencias. Hay que explotarlas sin renegar de aquellos.



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