La diplomacia exige prudencia
Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 5'
Las declaraciones de la vicecanciller Valeria Csukasi sobre una hipotética visita de Benjamín Netanyahu a Uruguay constituyeron una imprudencia difícil de comprender en una diplomática de carrera. El episodio, agravado después por sus comentarios sobre sus aspiraciones personales y por sus palabras ante militantes frenteamplistas, terminó exponiendo innecesariamente al gobierno y dejando en una posición particularmente incómoda al canciller Mario Lubetkin.
El presidente Yamandú Orsi hizo bien en marcar el límite. Y lo hizo con una definición que debería servir como regla elemental para cualquiera que ejerza responsabilidades en la política exterior de un país: “En política exterior uno tiene que combinar lo deseable con lo conveniente”. Respecto de la posibilidad de una visita a Uruguay del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, recordó que jamás había sido planteada y sostuvo que ante algo que ni siquiera constituye un hecho concreto “hay que evitar cualquier opinión”.
Es exactamente así.
La diplomacia no consiste simplemente en expresar aquello que una persona considera correcto. Mucho menos cuando quien habla ocupa el segundo cargo de la Cancillería. La palabra de una vicecanciller compromete al Estado, provoca reacciones de otros Estados, condiciona márgenes de maniobra futuros y puede crear problemas donde antes no los había.
Eso fue precisamente lo que ocurrió.
Consultada acerca de qué sucedería si Netanyahu llegara a Uruguay, Csukasi respondió que nuestro país estaría obligado a actuar ante la orden de arresto expedida por la Corte Penal Internacional. Pero fue más lejos: dijo que esa obligación era “indiscutible” y agregó que la alternativa sería retirarse de la Corte.
La consecuencia no fue académica ni teórica. La Embajada de Israel transmitió formalmente su disconformidad a la Cancillería uruguaya. Una hipótesis que el propio presidente prácticamente descartó terminó convirtiéndose, gracias a unas declaraciones innecesarias, en un problema diplomático perfectamente real.
La imprudencia resulta todavía más llamativa porque Csukasi no es una recién llegada a estas materias. Ingresó al Servicio Exterior por concurso en 2002, pasó por la OMC, por Bruselas, por la Dirección General de Integración y Mercosur y fue una de las figuras centrales de las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea. Su capacidad en los asuntos económicos y comerciales ha sido ampliamente reconocida.
Por eso sorprende especialmente que haya olvidado una máxima que ella misma formuló años atrás: “La diplomacia es un trabajo para las sombras y no para titulares”.
En este caso ocurrió exactamente lo contrario.
Además, el asunto dista de tener la simpleza jurídica con que fue presentado.
El diputado colorado Felipe Schipani realizó en la red X un impecable análisis jurídico del episodio y puso el dedo en un punto esencial: la afirmación de que Uruguay estaría obligado, sin más y de manera “indiscutible”, a detener a Netanyahu presenta como definitivamente resuelta una cuestión que jurídicamente no lo está.
Hay, además, un aspecto uruguayo particularmente importante. La Ley Nº 18.026, que regula la cooperación de nuestro país con la Corte Penal Internacional, establece la intervención de la Suprema Corte de Justicia. No es, por tanto, la vicecanciller quien puede anunciar anticipadamente, frente a una hipótesis inexistente, cuál sería la respuesta definitiva del Estado uruguayo.
No se trata aquí de resolver qué debería hacer Uruguay ante una eventual solicitud. Precisamente ése es el punto. Una cuestión de semejante complejidad no se resuelve con una frase terminante en un programa de streaming.
Un Estado serio analiza el caso concreto, estudia sus obligaciones internacionales, respeta las competencias de sus órganos y recién entonces adopta una decisión.
Orsi entendió perfectamente esa diferencia.
Pero el problema con Csukasi no terminó allí.
En la misma exposición pública de estos días apareció otro elemento poco feliz: su aspiración a ocupar algún día la Cancillería. No tiene absolutamente nada de ilegítimo que una persona aspire a ser ministra. Pero resulta extraño que quien ocupa la subsecretaría considere oportuno anunciarlo públicamente mientras trabaja bajo las órdenes de un canciller en funciones.
Y todavía quedaba el episodio del martes 25.
En un comité de base de La Teja, frente a militantes que reclamaban mayor “audacia” del gobierno en política internacional, Csukasi atravesó nuevamente una frontera que quienes ejercen altas responsabilidades públicas deberían cuidar.
Ante los cuestionamientos de una militante terminó diciendo que “gran parte del gobierno siente lo mismo que vos”. Frente a determinadas críticas, admitió: “La mitad lo comparto”. Y, hablando de las repercusiones de sus declaraciones anteriores, aseguró haber atravesado “momentos bastante solitarios”, aunque agregó: “yo en eso soy rebelde”.
Una cosa es Valeria Csukasi militante frenteamplista. Otra muy distinta es la subsecretaria de Relaciones Exteriores del Uruguay.
En un comité de base puede haber discrepancias, reclamos y críticas perfectamente legítimas. Pero una vicecanciller no debería utilizar ese ámbito para sugerir que una parte importante del gobierno comparte posiciones diferentes de las que públicamente sostiene el propio Poder Ejecutivo, menos aún después de que el presidente considerara inconveniente una intervención suya.
Porque de esa forma no solamente se expone ella.
Expone al presidente, expone a la política exterior y, sobre todo, expone a su superior inmediato.
Mario Lubetkin quedó obligado a administrar un problema que no creó. Cuando se le insistió sobre el asunto respondió sencillamente: “Habló el presidente de la República”.
Era probablemente lo único sensato que podía decir.
El episodio, sin embargo, deja una enseñanza.
Valeria Csukasi posee una trayectoria importante. En negociación comercial internacional dispone de experiencia, conocimiento y reconocimiento acumulados durante más de dos décadas. Uruguay necesita funcionarios con esas capacidades y sería injusto desconocerlas.
Lo que estos días dejaron en evidencia es otra cosa: fuera de ese terreno en el que ha demostrado ampliamente su solvencia, Csukasi no mostró la misma solidez de juicio.
La diplomacia no es únicamente comercio exterior.
Es comercio, naturalmente. Pero es también política, Derecho Internacional, conocimiento de los equilibrios internacionales, comprensión de los límites institucionales y, por encima de todo, capacidad para saber no solamente qué puede decirse, sino cuándo corresponde decirlo y cuándo resulta preferible guardar silencio.
El comercio exterior se desarrolla dentro de una política exterior y ésta, a su vez, dentro de un orden jurídico nacional e internacional.
Una buena negociadora comercial puede ser un activo extraordinario para una Cancillería. Eso no la convierte automáticamente en una buena conductora de toda la política exterior.
En estos días, lamentablemente, la vicecanciller terminó demostrando esa diferencia.
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