Edición Nº 1090 - Viernes 24 de julio de 2026

La dignidad del Gavilán

Viernes 9 de mayo de 2025. Lectura: 2'

Por Susana Toricez

Quien recorra Montevideo coincidirá conmigo en que es asombrosa la cantidad de edificios en construcción que hay.

Principalmente entre las zonas del Centro y Parque Rodó.

Desde hace algún tiempo también es frecuente ver gran diversidad de aves que pueblan los espacios verdes, como la Plaza Matriz, la Plaza Independencia, la Plazuela Varela o la misma Plaza de Cagancha.

Por otra parte, es triste comprobar cómo se han alejado otras especies.

¿Quién no recuerda las gaviotas revoloteando por las playas montevideanas? ¿Verdad que casi no se ven?

La Humanidad toda avanza sí, pero inevitablemente entra en conflicto con la Naturaleza, y como consecuencia la va desplazando con hostilidad, dejando de maravillarse con ella.

Es sorprendente ver, por ejemplo, decenas de cotorritas que, si bien es un ave nativa, no solían alejarse de los montes.

También las palomas parecen disfrutar de otros aires y se han acercado muchísimo a la costa.

Pero más curioso aún resulta ver un ave rapaz que no parece asociarse con zonas urbanas o densamente pobladas.

Es el caso del gavilán mixto que oficia de controlador natural de las especies mencionadas anteriormente.

Suelo verlos con bastante frecuencia.

Como no me resultaba grato verlos levantar en el aire a una paloma y alejarse a toda velocidad con ella sujeta entre sus garras, traté de entender ese ciclo vital de sobrevivencia que implicaba el poder del más fuerte sobre el más débil.

Fue así como comprendí la lucha a la que los humanos los sometemos.

Ese hecho lo he entendido de tal manera que increíblemente hoy, debo reivindicar a ese pobre gavilán.

¿Cómo sucedió tal cosa?

Vi pasar velozmente a un gavilán con una rama de gran porte en sus patas.

Lo seguí con la mirada hasta que lo vi detenerse al tope de la grúa de un edificio en construcción, a unos 10 pisos de altura.

¡Allí ese pobre ser viviente está construyendo su nido!

¡Qué pena me dio! ¡Qué culpable me sentí!

El gavilán buscó infructuosamente un lugar natural bien alto para construir su nido, un cerro o un árbol, pero no lo encontró.

Tuvo que conformarse con esa fría torre de hierro para proteger sus crías.

Lo que narré anteriormente es la muestra clara de la manera en que destruimos o invadimos el espacio de otras especies.

Recuerdo que, paseando por algunos de los tantos bosques que hay entre Nueva York y Nueva Jersey, la cartelería indicaba cada pocos metros algo así: 'Usted está en territorio de ciervos. Ellos están en su hábitat. Circule lentamente. No es su espacio. Es el de ellos'.

Realmente hoy tomé clara dimensión de cómo nos comportamos los seres humanos.

Hoy ese pobre gavilán mixto, ese digno ave rapaz no sólo sacudió mi conciencia, sino que también me desplumó el corazón.



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