La desigualdad también se mide en años de aportes
Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 5'
Un estudio técnico del Banco de Previsión Social revela una realidad frecuentemente ignorada en el debate jubilatorio: los trabajadores de menores ingresos son quienes tienen mayores dificultades para acumular años de cotización. La investigación, presentada ante la Comisión de Expertos en Seguridad Social, demuestra que las desigualdades laborales se trasladan al sistema previsional y condicionan las posibilidades reales de acceder a una jubilación.
En el debate sobre la edad jubilatoria suele prestarse especial atención a los años que una persona debe tener para retirarse, pero bastante menos a una condición igualmente decisiva: cuántos años de aportes ha logrado acumular durante su vida laboral.
Una investigación del contador Nicolás Bene, integrante de la Asesoría Económica y Actuarial del Banco de Previsión Social (BPS), permite comprender la dimensión del problema. El trabajo, titulado Densidad de cotización al Banco de Previsión Social, fue presentado en febrero de 2021 ante la Comisión de Expertos en Seguridad Social (CESS) y publicado posteriormente en Comentarios de Seguridad Social, la publicación técnica del organismo.
El estudio analizó las historias laborales de 87.329 trabajadores que habían registrado aportaciones durante 2019, procurando determinar qué proporción del tiempo potencial de trabajo había estado efectivamente cubierta por contribuciones a la seguridad social.
Sus resultados revelan diferencias profundas entre los trabajadores según sus ingresos, sexo y trayectorias laborales.
Una diferencia de más de 36 puntos
La investigación estableció que la densidad promedio de cotización de los trabajadores analizados era de 66,1%. Esto significa que, durante el período considerado para cada persona, habían efectuado aportes por aproximadamente dos tercios del tiempo potencial.
Pero el promedio general esconde desigualdades particularmente significativas.
Entre los trabajadores pertenecientes al 20% de menores ingresos, la densidad de cotización alcanzaba apenas el 48,2%. En el segundo quintil era del 55,7%, mientras que en el tercero llegaba al 66,6%.
La situación mejoraba considerablemente entre los trabajadores de mayores ingresos: 76,4% en el cuarto quintil y 84,3% en el quinto.
Es decir, los sectores de mayores ingresos presentaban una continuidad contributiva muy superior a la de los más pobres. La diferencia entre los extremos alcanzaba nada menos que 36,1 puntos porcentuales.
No se trata de una diferencia menor ni de una simple curiosidad estadística. El acceso a una jubilación depende, entre otros factores, de acreditar una cantidad mínima de años de servicios. Por lo tanto, cuanto más discontinua sea la trayectoria de aportaciones, mayores serán las dificultades para cumplir los requisitos exigidos.
Quienes atraviesan períodos de desempleo, informalidad o interrupciones laborales pueden encontrarse, al alcanzar la edad jubilatoria, con que no reúnen los años necesarios para retirarse.
Así, las desigualdades del mercado de trabajo terminan reproduciéndose en el sistema previsional.
Las mujeres enfrentan una dificultad adicional
El estudio también encontró diferencias significativas entre hombres y mujeres.
Mientras la densidad promedio de cotización masculina alcanzaba el 68,8%, entre las mujeres descendía al 63%, una brecha de 5,8 puntos porcentuales.
La desigualdad se mantenía en prácticamente todas las edades analizadas.
Aunque el trabajo no identifica exhaustivamente las causas de esa diferencia, sus resultados son compatibles con los efectos que pueden tener las interrupciones laborales, la distribución desigual de las responsabilidades de cuidado y otras dificultades de inserción y permanencia en el empleo formal.
En cualquier caso, muestran que las condiciones para acumular años de aportes tampoco son iguales para hombres y mujeres.
Quienes se jubilan y quienes no pueden hacerlo
Otro hallazgo especialmente importante aparece al comparar las trayectorias de quienes lograban jubilarse con las de aquellos que permanecían sin hacerlo a edades similares.
Entre los 60 y los 70 años, los trabajadores que accedían a la jubilación presentaban densidades de cotización superiores a las de quienes no se jubilaban. Las diferencias oscilaban entre 10 y 18 puntos porcentuales, según la edad.
El propio estudio señalaba que esa brecha podía indicar dificultades de acceso a la jubilación para los trabajadores con menor continuidad contributiva.
En otras palabras, alcanzar determinada edad no garantiza haber reunido los requisitos necesarios para obtener una pasividad.
La situación resulta especialmente relevante para los sectores más vulnerables, cuyos antecedentes laborales pueden incluir largos períodos sin aportaciones registradas.
Una advertencia para el debate actual
Los resultados adquieren renovada importancia frente a la iniciativa del gobierno de Yamandú Orsi de establecer una nueva causal jubilatoria desde los 60 años, con 30 años de aportes.
La propuesta se presenta como una respuesta especialmente dirigida a los trabajadores de menores ingresos. Sin embargo, la investigación del BPS pone de manifiesto una dificultad que no puede soslayarse: precisamente esos sectores son los que registran menores densidades de cotización.
Esto no significa que todos los trabajadores de ingresos bajos estén imposibilitados de reunir 30 años de aportes ni que el estudio permita calcular cuántos accederían a la nueva causal. Sus datos corresponden a 2019, y el propio autor advierte sobre las limitaciones derivadas de la selección de la muestra y de la disponibilidad de historias laborales.
Pero la evidencia obliga a formular una pregunta fundamental: ¿cuántos trabajadores de menores ingresos estarán efectivamente en condiciones de jubilarse a los 60 años?
Responderla exige conocer no sólo la distribución de los ingresos, sino también las trayectorias contributivas de quienes se acercan a esa edad y la proporción que ya reúne los años exigidos.
Sin esa información, cualquier afirmación sobre el alcance social de la nueva causal resulta necesariamente incompleta.
El verdadero desafío previsional
La investigación de Bene tiene un valor que trasciende la discusión actual sobre la edad de retiro. Demuestra que la protección jubilatoria no depende exclusivamente de las reglas del sistema previsional, sino también de la calidad y estabilidad de las trayectorias laborales.
Un trabajador puede haber desarrollado actividades durante décadas sin haber acumulado una cantidad equivalente de años de aportación formal.
La seguridad social debe enfrentar esa realidad mediante instrumentos que procuren preservar su cobertura, sin desconocer las exigencias de sostenibilidad financiera.
El desafío consiste, por tanto, en combinar reglas jubilatorias responsables con políticas que favorezcan el empleo formal, reduzcan las interrupciones contributivas y contemplen adecuadamente las dificultades de quienes tienen trayectorias laborales más vulnerables.
El estudio del BPS proporciona una base empírica particularmente útil para esa discusión.
Y deja una enseñanza que debería estar presente en cualquier reforma previsional: no alcanza con establecer a qué edad puede jubilarse un trabajador. También hay que considerar si su historia laboral le permitirá hacerlo.
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