Crisis, apagones y negociaciones inéditas: la dictadura de Cuba —hoy debilitada y con el apoyo energético de Venezuela desaparecido— busca con urgencia acuerdos y diálogos con Estados Unidos para asegurar su permanencia en el poder, evitando el destino de colapso que vivió la vecina nación petrolera.
La dictadura cubana está dando señales claras de que su prioridad inmediata es garantizar su supervivencia política y económica, aun si eso implica abrir espacios de negociación que parecen contradecir décadas de retórica revolucionaria. En medio de una crisis interna cada vez más profunda, el presidente Miguel Díaz-Canel apareció este jueves en una comparecencia televisada transmitida por radio, televisión e internet para defender la necesidad de abrir canales de diálogo con Estados Unidos y rechazar presiones externas. Su discurso subraya lo que muchos analistas interpretan como un intento de evitar que Cuba corra la misma suerte de Venezuela, cuyo modelo económico y político colapsó tras la crisis de su aliado regional.
La aparición pública de Díaz-Canel, la primera de ese tipo tras semanas de tensiones con Washington, fue en gran medida una respuesta a la creciente presión internacional. El presidente calificó la situación de la isla como “grave” y manifestó que Cuba está “dispuesta a entablar un diálogo con Estados Unidos”, siempre que se lleve a cabo “sin presiones ni precondicionamientos, en igualdad de condiciones y respetando nuestra soberanía”. Además, ubicó su postura en continuidad con la tradición de Fidel y Raúl Castro.
Ese gesto mediático no es casualidad. Cuba enfrenta una severa crisis energética, marcada por cortes de energía prolongados, escasez de combustibles y una economía interna que se paraliza a períodos. La incapacidad de acceder a suministros energéticos confiables —agudizada luego de que Venezuela, su principal socio energético, quedara sin capacidad de entregar petróleo debido a su propia crisis— ha obligado a la dictadura a replantear sus opciones de supervivencia.
En ese contexto, la información publicada por el diario ABC de España apunta a que la cúpula cubana, a través de dirigentes como Alejandro Castro Espín, sobrino de Fidel Castro, ha sostenido negociaciones discretas en Ciudad de México con emisarios estadounidenses para explorar fórmulas que aseguren la permanencia del régimen, incluso a costa de concesiones económicas y apertura limitada de sectores estratégicos como energía, turismo, banca y telecomunicaciones.
Si estas negociaciones prosperan más allá de filtraciones periodísticas, lo que está en juego es mucho más que acuerdos puntuales: sería un reconocimiento tácito de que el modelo cubano no puede sostenerse indefinidamente bajo las actuales condiciones internas y externas. La dictadura parecería estar dispuesta a abrir su economía y flexibilizar ciertos sectores a cambio de asegurar su continuidad política, conscientes de que, sin un diálogo con Washington y sin nuevas fuentes de ingreso, el colapso podría ser tan profundo como el vivido por Venezuela en los últimos años.
Esta preocupación no es infundada. El colapso venezolano —una nación que pasó de ser uno de los países petroleros más prósperos de América Latina a un estado con una economía colapsada, hiperinflación y emigración masiva— se presenta hoy en los análisis estratégicos de la dirigencia cubana como un riesgo a evitar a toda costa. El fin del apoyo energético venezolano y las sanciones ampliadas de Estados Unidos han puesto a Cuba ante una encrucijada: seguir con un modelo agotado o negociar su supervivencia con el gran poder hegemónico del hemisferio occidental.
En su discurso televisado, Díaz-Canel también hizo un llamado de unidad nacional y destacó la necesidad de “enfrentar juntos los desafíos” sin conceder lo que describió como injerencia directa en los asuntos internos. Sin embargo, detrás del discurso público hay una realidad innegable: la dictadura cubana está modificando su estrategia de aislamiento absoluto hacia un enfoque más pragmático que busca mantener el poder sin perderlo frente a la presión internacional.
La combinación de una crisis económica profunda, la falta de respaldo energético estable, el desgaste de décadas de rigideces y la necesidad de interlocución con potencias externas han colocado a Cuba ante una encrucijada histórica. Ya no parece suficiente sostenerse solo en consignas ideológicas o alianzas tradicionales. La dictadura cubana, en su intento por sobrevivir, está tratando de evitar un final parecido al de Venezuela, negociando con el principal antagonista del pasado, en un giro táctico que podría redefinir la isla en las próximas décadas.