La cultura como campo de batalla
Viernes 17 de abril de 2026. Lectura: 5'
Por Juan Carlos Nogueira
Lejos de haber desaparecido, el marxismo mutó y desplazó su campo de acción hacia la cultura, donde hoy se libra una disputa silenciosa pero decisiva. Desde la teoría crítica hasta las corrientes contemporáneas, el conflicto se redefine en términos simbólicos, mientras sus críticos advierten sobre los riesgos de una hegemonía que ya no necesita imponerse porque logra presentarse como evidente.
Durante décadas se instaló la idea de que el marxismo había fracasado. Los alzamientos obreros que Karl Marx había previsto para las naciones industrializadas nunca ocurrieron. En 1989, con la caída del Muro de Berlín y, poco después, el colapso de la Unión Soviética, pareció que el marxismo llegaba a su fin y que el capitalismo, pese a sus imperfecciones, se proclamaba vencedor. Esa conclusión, sin embargo, fue apresurada.
El marxismo no desapareció: cambió de forma y sigue mutando.
La primera mutación fue la “teoría crítica”, desarrollada por la Escuela de Frankfurt. Pensadores como Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse desplazaron el foco: el poder no debía conquistarse solo mediante la revolución, sino también a través de la formación de las conciencias. El terreno decisivo pasaba a ser la cultura.
Inspirados en Karl Marx, pero también en Sigmund Freud y Georg Wilhelm Friedrich Hegel, los frankfurtianos ampliaron el análisis más allá de la lucha de clases, elaborando un enfoque que buscaba erosionar las bases culturales del orden existente. El conflicto ya no se limitaría a lo económico, sino que se desplazaría hacia tensiones culturales más amplias.
Muchos de sus integrantes, varios de origen judío, emigraron a Estados Unidos con el ascenso del nazismo. Allí se integraron al ámbito universitario, desde donde desarrollaron y difundieron sus ideas.
Su crítica llegó a sostener que incluso la razón, lejos de liberar al individuo, podía convertirse en un instrumento de dominación. No se trataba solo de interpretar la sociedad, sino de cuestionar las estructuras que, a su juicio, la condicionaban.
Denunciaron la cultura establecida como un mecanismo de conformismo y control social, mediante el cual el capitalismo moldeaba gustos y percepciones. No proponían apropiarse de la cultura, sino desenmascararla. Denostaban la cultura occidental mientras parasitaban en ella.
En contraste, Antonio Gramsci propuso una estrategia más directa: disputar la hegemonía cultural mediante la creación de una alternativa capaz de desplazar a la tradición dominante.
Una segunda mutación puede observarse en lo que hoy se denomina movimiento woke: un entramado de causas diversas que desplaza el eje desde la clase hacia la raza, la sexualidad y la memoria histórica. Hereda la tesis de Frankfurt y retoma, en parte, la idea gramsciana de que el conflicto deja de ser exclusivamente económico y se vuelve también simbólico, moral y lingüístico.
Si la cultura moldea lo pensable, entonces intervenirla se vuelve decisivo. Universidades, industrias culturales y sistemas educativos se convierten así en espacios donde se define qué puede decirse, qué debe olvidarse y qué merece celebrarse.
La reinterpretación del pasado, la vigilancia del lenguaje y la moralización del arte se han vuelto prácticas habituales. En ese contexto, la disidencia tiende a ser rápidamente descalificada, deslegitimada o marginada.
Una tercera mutación puede observarse en América Latina, donde estas corrientes encontraron un terreno fértil. Filtradas por la academia occidental, se combinaron con tradiciones locales —desde la teología de la liberación hasta el marxismo regional— y adquirieron proyección política en espacios como el Foro de São Paulo.
Este último no es un espacio filosófico, sino político-organizativo, que coordina estrategias entre actores que comparten una orientación ideológica común y enfatizan las desigualdades —reales o percibidas— como eje de movilización contra el orden económico liberal.
Aquí, la “teoría crítica” deja de ser teoría y se vuelve praxis cultural: relatos históricos reconfigurados, producción artística militante, ocupación de espacios educativos y una narrativa constante que reinterpreta la realidad en clave de conflicto.
El resultado es una forma de hegemonía cultural en la que ciertas ideas dejan de imponerse explícitamente porque pasan a percibirse como evidentes. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la reinterpretación de la historia reciente o en producciones artísticas que privilegian una lectura ideológica del presente, e incluso en el énfasis por promover subculturas populares ideológicamente afines, que desplazan a la gran cultura tradicional. Centros culturales serios, como el Teatro Solís, pasan a ser receptores de expresiones cuya valoración estética resulta secundaria frente a su alineación ideológica.
La cuestión, entonces, es cómo enfrentar estas nuevas formas del marxismo.
Si bien la corriente intelectual de Frankfurt influyó en diversas universidades estadounidenses (Berkeley es un caso destacado), tuvo en Roger Scruton [https://es.wikipedia.org/wiki/Roger_Scruton] a uno de sus críticos más consistentes. En ese contexto, su obra ofrece un contrapunto relevante.
Scruton defendió la cultura —entendida como tradición, arte y costumbres— como fundamento de la civilización. Frente a la teoría crítica, a la que reprochaba una actitud sistemáticamente disolvente, reivindicó el valor de las instituciones y la continuidad histórica.
Mientras la Escuela de Frankfurt interpreta la cultura como un instrumento de poder, Scruton la concibe como un patrimonio acumulado: una herencia de significados, formas y valores que no puede reducirse a relaciones de dominación.
Esta diferencia se vuelve especialmente visible en el arte. Para Frankfurt, este debe cuestionar y romper; para Scruton, debe aspirar a la belleza, al orden y al sentido.
Si la cultura es un terreno en disputa, la pasividad deja de ser una opción moralmente aceptable. La intervención puede adoptar formas diversas, pero exige superar la inercia. La tecnología actual nos permite dar la batalla desde la comodidad de nuestras casas, pero es imperioso hacerlo. Puede librarse escribiendo, creando contenidos o simplemente contribuyendo a la difusión de ideas.
En ese esfuerzo, la recuperación de nuestra tradición intelectual y cultural, como propuso Scruton, no es un gesto nostálgico, sino una forma de resistencia.
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