Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

La contradicción íntima

Viernes 27 de junio de 2025. Lectura: 4'

Por Julio María Sanguinetti

En un tiempo teníamos claro qué era izquierda y qué era derecha. Aquella era el comunismo y el socialismo. Uno totalitario y otro no tanto, pero siempre dispuesto a sacrificar la libertad humana en aras de la justicia. La derecha, a su turno, eran quienes se definían como anticomunistas, se proclamaban demócratas pero también estaban dispuestos a sacrificar la libertad en nombre de la lucha contra el comunismo.

Era el tiempo de la guerra fría. Era difícil no quedar de un lado o del otro. Era difícil, pero para nosotros, los demócratas, no había duda: no estábamos con Cuba pero tampoco con Pinochet. Repudiábamos la acción terrorista de los tupamaros, pero de modo alguno podíamos aceptar la dictadura a cambio de combatirlos. Creíamos en la justicia social tanto como los socialistas, pero el Estado de Derecho constituía un tema de principio al que era inaceptable renunciar. El problema es que quedábamos en el medio. Y ese es siempre el lugar incómodo, porque los que tienen “todo claro”, los fanáticos de un lado y del otro siempre te van a castigar. No entienden el matiz, el razonamiento sereno, que mira el bosque más allá del árbol, que no se queda en el episodio fugaz de un día.

En Uruguay, vivimos ese dilema. Era con los tupamaros o con el gobierno constituido de Pacheco primero y Bordaberry después. No podía haber duda. Estábamos con el gobierno democrático. Nos podía gustar más o menos pero la definición era y a la distancia en el tiempo sigue siendo incuestionable.

Para nuestra llamada izquierda, en cambio, sí había dudas, porque los tupamaros, aunque fuera de la ley, aunque practicaran el terrorismo, representaban un vago sentimiento reivindicativo de justicia, al estar en contra de los gobiernos “de derecha”, etcétera, etcétera. En una palabra, si alguno estaba en contra del gobierno constitucional, democrático y popular de Pacheco Areco, eso quedaba bien para quien se vistiera de izquierda. La libertad, la ley, el voto ciudadano, el Estado de Derecho, no eran prioritarios.

Por eso mismo, cuando la fuerza militar irrumpió en febrero de 1973 contra el gobierno constitucional, todo nuestro Frente Amplio, todo salvo Carlos Quijano en Marcha, miró con simpatía los famosos Comunicados 4 y 7 de los comandos militares sublevados. Se imaginaban. Tanto el Partido Comunista como el PIT CNT, que había la posibilidad de un gobierno “nacional y popular” y como se trataba de tirar abajo “a la derecha”, al “pachecato” todo estaba bien…

Las posiciones extremas tienen el encanto de lo rotundo. La fascinación de la certeza. No se tienen dudas. Es un tema de dogma, no de principios. Así pasó con los comunistas y así pasó en nuestro país, a la inversa, en Argentina, en Chile y en toda nuestra América cuando vino la ola de los golpes de Estado en nombre de salvarnos de las guerrillas inspirados en el Ché Guevara.

Todo esto viene a cuento de los difíciles temas que han estado y están en juego en Medio Oriente. El gobierno de Trump todos los días nos desazona con los gestos y actitudes agresivas del Presidente, con la exhibición abusiva de su poder, pero sigue siendo un gobierno democrático electo por el pueblo. Lo mismo que el de Israel, donde su Primer Ministro también nos descorazona cuando sigue propiciando colonias en Cisjordania o cuando se excede en sus acciones en Gaza, pero que en definitiva es un gobierno democrático que lucha por la existencia de su país. Digamos esto con claridad: todos los otros, desde Irán hasta el gobierno de Gaza a manos de Hamas sostienen que Israel no debe existir y que hay que pasarle por arriba con la fuerza. Ni son democráticos ni pacíficos ni respetan la exigencia ajena.

De este modo, entonces, aun con dudas, sabemos de qué lado nunca podremos estar. Podemos no defender todo lo que haga el gobierno norteamericano o el de Israel, pero nunca estar del otro lado, porque ahí sí que se predica el genocidio, se lo anuncia, se lo hace su bandera. Las libertades son secundarias. Sin embargo, toda nuestra izquierda latinoamericana condena la acción de EE.UU. y defiende la posición de la teocracia iraní. Lula, que es demócrata, no tiene problema en abrazarse con Maduro en esos temas. Es el complejo contradictorio que arrastra la llamada izquierda. A la hora de la verdad, no saben si están con la democracia o del otro lado. Les cuesta mucho quedarse con la libertad.

Esa es la contradicción íntima de la llamada izquierda.

Por eso, lo volvemos a recordar y repetir, por eso estuvieron en febrero de 1973 con el golpe de Estado en Uruguay. No se puede desmentir. Lo escribieron.



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