La ciudad que luce y la ciudad que espera
Viernes 15 de mayo de 2026. Lectura: 3'
Por Alicia Quagliata
La Intendencia volvió a poner sobre la mesa un viejo problema de Montevideo: el estado de las veredas. Pero detrás del anuncio aparece una discusión bastante más profunda sobre prioridades urbanas, desigualdad territorial y el modo en que la ciudad decide dónde intervenir y dónde seguir esperando.
Montevideo hace años convive con una escena repetida: avenidas centrales que concentran intervenciones, diseño y visibilidad, mientras buena parte de los barrios continúa esperando soluciones básicas.
La normativa mantiene que el vecino es responsable del mantenimiento de su vereda, mientras la ciudad acumula kilómetros de aceras rotas, desniveles y recorridos imposibles para adultos mayores, personas con discapacidad o familias con niños.
El problema existe. Lo novedoso es la forma en que la Intendencia pretende resolverlo.
El denominado Plan Veredas aparece presentado como una intervención de mejora urbana sobre avenidas y corredores principales de la ciudad. Y ahí es donde la discusión deja de ser doméstica para transformarse en otra cosa. Porque una vereda común no es lo mismo que un proyecto integral de diseño urbano.
Cuando la administración interviene modificando criterios estéticos, circulación, mobiliario, accesibilidad, iluminación o integración paisajística, ya no estamos frente al simple mantenimiento que históricamente recaía sobre el frentista. Estamos frente a una política urbana centralizada.
Y las políticas urbanas son responsabilidad del gobierno departamental.
La confusión entre ambos planos no parece casual. Mezclar mantenimiento con rediseño urbano le permite a la Intendencia moverse en una zona gris donde las obligaciones se diluyen y los costos terminan distribuyéndose de forma poco clara.
Porque mientras el vecino sigue obligado a reparar su vereda en buena parte de la ciudad, la administración impulsa un esquema de financiamiento extrapresupuestal para intervenir corredores estratégicos y avenidas principales.
La discusión entonces ya no es únicamente técnica. Es política.
No por casualidad, el debate reaparece en medio de la discusión sobre el fideicomiso y los nuevos mecanismos de endeudamiento que la Intendencia busca aprobar en la Junta Departamental. La necesidad de negociar votos para financiar intervenciones que deberían formar parte de la gestión urbana ordinaria vuelve a exponer un problema de fondo: la dificultad de distinguir entre mantenimiento básico, planificación urbana y obras de impacto político.
Montevideo vuelve a recurrir al endeudamiento para resolver problemas que forman parte de las obligaciones más básicas de cualquier administración urbana: calles, limpieza, saneamiento y espacio público. Y lo hace, además, en un contexto donde la propia Intendencia reconoce que varios de estos proyectos todavía requieren negociación política y mayorías especiales para avanzar.
Ahí aparece otra tensión difícil de ignorar.
Las avenidas que serán intervenidas coinciden, naturalmente, con las zonas de mayor exposición urbana. Son las que se recorren, se muestran y se fotografían. Mientras tanto, en gran parte de los barrios periféricos, el vecino seguirá enfrentando exactamente la misma realidad de siempre: veredas deterioradas cuya reparación continúa dependiendo de su bolsillo.
La ciudad visible recibe diseño. La ciudad cotidiana conserva la carga.
Y ese quizás sea el verdadero fondo del debate.
Porque una administración puede decidir transformar el espacio público, redefinir corredores urbanos y apostar a una nueva estética de ciudad. Lo que no debería hacer es presentar esas decisiones como si fueran simplemente mantenimiento vecinal financiado a medias entre deuda pública y obligaciones privadas.
Las veredas son parte de la movilidad. También de la convivencia urbana y de la igualdad territorial. Reducir la discusión a baldosas rotas es perder de vista algo bastante más importante: el modo en que una ciudad decide distribuir responsabilidades, recursos y prioridades.
Montevideo no necesita solamente nuevas veredas. Necesita una administración que tenga claro cuándo está gestionando mantenimiento y cuándo está haciendo política urbana.
Porque cuando la ciudad visible concentra los recursos y la ciudad cotidiana acumula la espera, el problema ya no es solamente urbano. Es de prioridades.
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