Edición Nº 1103 - Viernes 23 de octubre de 2026

La catástrofe educativa que seguimos ignorando

Edición Nº 1103 - Viernes 23 de octubre de 2026. Lectura: 6'

El informe Aristas Media 2025 confirma un deterioro sostenido de los aprendizajes, una desigualdad cada vez más profunda y graves fallas de funcionamiento del sistema educativo. Mientras se celebra que más estudiantes avanzan de grado, demasiados lo hacen sin adquirir los conocimientos indispensables.

Los resultados de Aristas Media 2025, la evaluación realizada por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd), constituyen una nueva y contundente señal de alarma sobre el estado de la educación uruguaya. No estamos ante una dificultad circunstancial, sino frente a un deterioro persistente que compromete las oportunidades de nuestros jóvenes y, con ellas, el futuro del país.

La evaluación, aplicada a estudiantes de noveno grado de educación media, muestra que el 69,4% no alcanza el nivel 3 de desempeño en matemática. En lectura, esa proporción llega al 28%. Ambas cifras han empeorado sistemáticamente desde 2018, cuando eran del 63,1% y 22,5%, respectivamente.



Tampoco se cumplieron las metas de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) para 2025. En lectura, se esperaba que el 77% de los alumnos superara el nivel 2, pero solamente lo consiguió el 72%. En matemática, la meta era del 36% y apenas se alcanzó el 30,6%.


No son cifras para relativizar mediante explicaciones burocráticas. Casi siete de cada diez adolescentes no logran superar el segundo nivel de desempeño matemático, en una escala que contempla cinco niveles. Es un resultado sencillamente inaceptable.

La desigualdad que se reproduce

Todavía más preocupante es la dimensión social del fracaso. En los centros de contexto muy favorable, el 60,6% de los estudiantes supera el nivel 2 de matemática. En los de contexto muy desfavorable, apenas el 12,5%. Esto significa que el 87,5% de los alumnos de estos últimos permanece en los niveles inferiores.

En lectura, la distancia entre los contextos extremos alcanza los 34,6 puntos porcentuales, frente a los 27,5 registrados en 2018. Lejos de cerrarse, la brecha se amplía.


La educación pública fue históricamente uno de los grandes instrumentos de integración y movilidad social del Uruguay. Su promesa republicana consistía en ofrecer oportunidades de progreso independientemente del origen familiar. Hoy, esa promesa está seriamente comprometida.

El propio INEEd advierte que las desigualdades no responden exclusivamente a las condiciones socioeconómicas. También inciden factores institucionales y pedagógicos. Entre ellos, la estabilidad de los equipos docentes, que resulta mayor precisamente en los centros de contextos más favorecidos.

Es decir, quienes más necesitan del sistema educativo encuentran, con frecuencia, las condiciones menos propicias para aprender.

Un sistema que tampoco garantiza las clases

A las deficiencias de aprendizaje se suman fallas elementales de funcionamiento. Según los directores consultados, más del 60% de los liceos públicos comienza el año sin todos los profesores necesarios. Al finalizarlo, casi la mitad continúa padeciendo esa carencia.

Durante 2025, cerca del 12% de los estudiantes de liceos públicos permaneció un mes o más sin profesor en alguna asignatura. En formación profesional básica de UTU, esa proporción alcanzó el 14%.


El ausentismo completa el panorama: solamente el 65,7% de los estudiantes de secundaria pública asiste a más del 80% de las clases. En educación técnica, el porcentaje desciende al 53,1%.

¿Cómo exigir resultados satisfactorios cuando ni siquiera se garantiza la continuidad de la enseñanza?

Y todavía hay más. Apenas el 16,5% de los profesores de matemática considera suficiente el tiempo disponible para desarrollar el programa. Los estudiantes llegan con conocimientos básicos insuficientes, lo que obliga a retroceder sobre contenidos anteriores e impide avanzar adecuadamente.

El deterioro también alcanza la convivencia, la motivación y los hábitos de estudio. El INEEd registra un debilitamiento de los vínculos entre estudiantes y docentes, así como una creciente dificultad para mantener la atención en el aula. El 65,8% de los propios alumnos reconoce que el uso de celulares afecta muchas veces o siempre el desarrollo de las clases.

A ello se agrega el descenso del interés por la lectura y de las aspiraciones de continuar estudios universitarios. No solamente se aprende menos: también se debilitan algunas de las condiciones fundamentales para aprender.

Promover no es educar

En medio de este panorama aparece una de las confusiones más perjudiciales de la política educativa contemporánea: celebrar la disminución de la repetición y el aumento de la promoción como si constituyeran, por sí mismos, pruebas de una mejor educación.

El fenómeno no es exclusivamente uruguayo. En España y en otros países también se han impulsado políticas que buscan reducir la repetición y facilitar la progresión escolar. Algunas pueden responder a objetivos legítimos de inclusión y permanencia. El problema comienza cuando el avance administrativo del alumno deja de estar acompañado por una comprobación rigurosa de sus aprendizajes.

No se trata de defender la repetición como solución pedagógica. Repetir un año tampoco garantiza aprender. Se trata de algo mucho más elemental: no confundir la permanencia en el sistema con la adquisición efectiva de conocimientos.

Un estudiante puede aprobar, avanzar de grado y obtener finalmente un certificado sin dominar las herramientas intelectuales correspondientes. En ese caso, el sistema habrá mejorado sus estadísticas, pero no necesariamente la educación que ofrece.

De poco sirve exhibir menores tasas de repetición si, simultáneamente, las evaluaciones independientes muestran un deterioro de los desempeños. Y Aristas Media 2025 obliga precisamente a enfrentar esa contradicción.

La promoción sin aprendizajes suficientes no constituye una conquista social. Puede convertirse, por el contrario, en una forma particularmente cruel de engaño a los estudiantes y sus familias. Porque la ausencia de conocimientos termina manifestándose cuando el joven busca continuar sus estudios, conseguir empleo o desenvolverse en una sociedad cada vez más exigente.

Una responsabilidad que no admite excusas

Sería incorrecto atribuir esta crisis exclusivamente al actual gobierno. El deterioro documentado por Aristas comienza en 2018 y atraviesa diferentes administraciones. Tampoco corresponde presentar estos resultados como una evaluación concluyente de la transformación educativa impulsada durante el período anterior.

Pero reconocer el carácter estructural del problema no puede convertirse en una excusa para la inacción.

Las autoridades actuales tienen la obligación de garantizar profesores, recuperar la asistencia, restablecer condiciones adecuadas de convivencia y concentrar los esfuerzos en los aprendizajes fundamentales. También deben establecer metas verificables y aceptar que las evaluaciones independientes son indispensables para conocer los resultados reales de las políticas educativas.

Uruguay no puede aspirar seriamente a una economía del conocimiento, a una mayor productividad y a una inserción internacional competitiva mientras una proporción tan elevada de sus adolescentes presenta dificultades educativas de esta magnitud.

Pero existe algo todavía más grave que el perjuicio económico. Cada estudiante que atraviesa el sistema sin adquirir las herramientas necesarias representa una oportunidad de desarrollo personal que el país está desperdiciando.

La educación uruguaya no necesita nuevos relatos triunfalistas ni estadísticas complacientes. Necesita recuperar conocimientos, exigencia, asistencia, autoridad pedagógica y calidad de enseñanza, sin resignar el indispensable objetivo de la inclusión.

Porque la verdadera inclusión no consiste en hacer avanzar a todos de grado, sino en conseguir que todos tengan oportunidades reales de aprender.

Y los resultados de Aristas Media 2025 demuestran, dolorosamente, cuánto nos estamos alejando de ese objetivo.



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