La casa de la Embajada en Lima
Edición Nº 1068 - Viernes 13 de febrero de 2026. Lectura: 4'
Por Luis Hierro López
El gobierno anuncia que, en un “plan de ahorros”, venderá algunas propiedades en el exterior, sedes de nuestras representaciones diplomáticas. Parece una política simpática, pero puede convertirse en un profundo error.
No es la primera vez que la Cancillería hace planteos de esa índole. Hubo en el pasado algunas experiencias negativas, porque tras vender inmuebles hubo que arrendar o comprar otros y, pasando raya, el Estado terminó perdiendo.
No conozco los detalles del operativo actualmente en marcha, por el cual se pondrían a la venta las casas que Uruguay posee en Madrid, Washington y Lima. Como usuario temporal de esta última casa, envié a la Cancillería, al término de mi gestión, una nota en la que fundamenté las razones para no poner esa propiedad a la venta, ya que imaginaba que el gobierno frenteamplista tomaría una iniciativa de este tipo. Sospecho que en el imaginario de la izquierda hay un rechazo a las grandes casas, cuyo uso estaría destinado a las fastuosas reuniones que caracterizan a la diplomacia de cóctel.
Pero los hechos concretos, por lo menos en Lima, no son así. La casa es propiedad del Estado desde 1980, por lo que el único gasto que genera es el de mantenimiento. Fue diseñada y construida en 1949 por el arquitecto Seoane —un afamado profesional limeño— autor de varias casas de ese tipo que rodeaban al parque del golf. Hoy quedan solo tres residencias similares, las tres destinadas a misiones diplomáticas: las de Francia, de Chile y de Uruguay. Nuestra sede tiene el privilegio de una ubicación inigualable, en el mejor punto de San Isidro. No se trata de una mansión, sino de una construcción amplia, luminosa, proporcionada, que se distingue por sus líneas y por el simbolismo que contiene: la gestión de muchos notables embajadores en los últimos 40 años ha forjado un gran prestigio del lugar y de lo que representa, la dignidad de un país con fuerte influencia política y cultural. Uruguay es reconocido por sus valores y tradiciones y eso se refleja en el cariño y el respeto que la casa recoge. A lo largo de este tiempo, centenares de peruanos ilustres han visitado ese domicilio; lo reconocen como un centro cultural y gastronómico —con tan excelente y variada comida como tienen, los limeños adoran nuestro asado—, pero también como un ámbito en el que siempre se respeta la libertad y se ejerce la tolerancia en forma completa.
Uruguay es reconocido por su inalterable vocación democrática, por el prestigio y la decencia de sus elencos políticos, por su permanente adhesión al derecho internacional y por tantos otros valores que identifican a nuestro país republicano. Esos son los bienes intangibles que valorizan la casa, entrañablemente vinculada a esa identidad que Uruguay trasmite.
Podrá argumentarse que la venta de esa residencia va a generar una suma muy importante, lo que es posible. Pero hay que prever que luego de eso, y en forma inmediata, la Cancillería debe arrendar o comprar una casa o apartamento de esas condiciones —en Lima esas operaciones no son baratas—, por lo que, al final del día, es posible que el Estado haya ganado poca plata, empate o incluso... termine perdiendo. Hay casos así en varias Cancillerías y seguramente algún asunto parecido hay en la nuestra. Ocurre que, por la propia lentitud que tienen las oficinas públicas para vender y comprar propiedades, las variaciones del mercado no pueden ser enfrentadas con la rapidez de los operadores privados. Pueden pasar años entre la instancia de vender y la de comprar y, en ese tiempo, los cambios pueden ser muchos. Y los arrendamientos son exorbitantes, por lo que en pocos años se comen cualquier ganancia.
Aun cuando las condiciones inmobiliarias sean inmejorables, ¿vale la pena arriesgar, abandonando una casa prestigiosa por ese valor intangible de su historia? No. Más tratándose de un país pequeño como Uruguay, que se hace conocer y respetar por sus condiciones espirituales más que por su poderío económico.
Además, da la impresión de que el gobierno en general no se encuentra en una campaña de austeridad y de ahorros. Más bien, si atendemos a la agenda, hay riendas flojas con el gasto y hasta algunas denuncias de despilfarro.
En ese escenario, me temo que la nueva arremetida sea un nuevo espejismo populista, que dará jugo por unos meses pero que puede resultar un fiasco para el Uruguay permanente.
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