Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026

La batalla de Rincón del 24 de setiembre de 1825

Por Daniel Torena

Estando en 1825 la Provincia Oriental en la Guerra de Independencia contra el Imperio del Brasil, la defensa de la sede del Gobierno Provincial y la amenaza permanente del Ejército Imperial, obligaba a los mandos militares a estar en alerta para el combate.

El Gobierno Provisorio de la Provincia Oriental, en la Villa de la Florida, había designado el 14 de junio de 1825, al Brigadier General Juan Antonio Lavalleja como Comandante en Jefe del Ejército y al Brigadier General Fructuoso Rivera como Inspector General de Armas del Ejército. Eran los generales y caudillos más importantes de la Provincia, ambos antiguos oficiales artiguistas y compadres. Tanto que el entonces Coronel Rivera representó al Capitán Lavalleja en su casamiento con la Señorita Ana Monterroso en Durazno por estar Lavalleja en combate en ese momento.

Rivera, que conocía muy bien los movimientos de los brasileños y su organización, sabía que el Coronel Mena Barreto tenía la gran reserva de los caballos del Ejército Imperial en Rincón de las Gallinas (o Rincón de Haedo), Departamento de Rio Negro. Los caballos estaban encerrados en un cuadrilátero en causes de agua, al norte de la desembocadura del Rio Negro. Eran unos 8.000 caballos, una cantidad que alcanzaba para equipar completamente y sobraban para una gran división completa de caballería y varias brigadas de la época.

El Coronel Mena Barreto patrullaba el Rio Uruguay hasta el Río Negro y podía tener el auxilio de otras fuerzas militares del Imperio desde Paysandú. Contaba con unos 700 hombres y otros tantos el Coronel Jardim. El grueso del Ejercito Imperial estaba en Montevideo, siendo en total unos 5.000 efectivos en el territorio Provincial. Lecór tenía la ventaja estratégica de contar con una frontera terrestre abierta que le permitía recibir refuerzos desde Río Grande do Sul y el apoyo logístico importantísimo de la poderosa Marina Imperial, que dominaba el Rio de la Plata y el Uruguay. Las fuerzas terrestre brasileñas duplicaban en total a las orientales en setiembre de 1825, por lo que había que ser muy cautos y prudentes para llevar operaciones militares importantes.

Rivera le pide a Lavalleja la autorización para atacar a los imperiales, quien resuelve apoyar la compleja y arriesgada operación. Al principio la idea de Rivera era solo atacar y robar los caballos a los imperiales teniendo que entrar pasando los Portones de Haedo, tranqueras que impedían que escaparan los caballos, y sacarlos por el mismo lugar. Era el único lugar terrestre para entrar porque el resto estaba rodeado de los ríos, que hacían imposible sacar los caballos. Era una operación muy riesgosa teniendo en cuenta que Rivera solo tenía 270 hombres y el enemigo 700 y bien armados.

Rivera, que conocía las costumbres del enemigo, atacó por la noche, antes del alba, el 24 de setiembre de 1825, evitando ser descubierto y luego en un ataque fulminante de caballería sorprendió completamente al Ejército Imperial. Fue una gran victoria oriental, donde además de los 8.000 caballos capturados al enemigo y llevados después para Durazno por Rivera para el Ejército Oriental, el enemigo tuvo las siguientes bajas: 140 muertos y 300 prisioneros, más la pérdida de armamento como 189 carabinas, 167 sables, 164 pistolas y 7.500 cartuchos.

Los orientales, por su parte, tuvieron muy pocas bajas: 7 muertos y 16 heridos. Fue no solo una gran victoria militar sino logística porque le permitió al Ejército Oriental contar con una gran cantidad de caballos y también de armas en buenas condiciones. El genio y la astucia de Rivera fue un factor determinante en la victoria. En esta batalla participaron los futuros Generales Servando Gómez y Julián Laguna, que eran comandantes y los oficiales Augusto Possolo, José María Raña y Cesáreo Montenegro, futuros coroneles del Ejército Oriental.




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