La alegría de vivir
Jorge Batlle fue un canto a la vida. Vivió y murió a su manera, combativo y sonriente. Algunos no lo comprendieron, pero todos lo respetan ahora, porque fue frontal, inteligente, pionero.
Vendrán en el futuro cercano nuevas biografías y reconocimientos, pero la despedida popular que tuvo Jorge Batlle fue la que se merece: el respeto de las mayorías, el respaldo unánime de los partidos políticos, la congoja auténtica y expresiva de la gente del pueblo.
Eso ocurre con los grandes líderes nacionales, entre quienes Jorge Batlle se inscribió a fuerza de ideas y coraje intelectual, yendo la mayoría de las veces contra las sensaciones culturales y políticas que hoy se definen como “políticamente correctas”.
Ese coraje cívico lo demostró tempranamente y en primer lugar, dentro del propio Partido Colorado, donde no siempre se lo entendió, como no siempre lo siguió el electorado. Lo evocó el martes en su discurso en el Cementerio Central el ex Vicepresidente Luis Hierro: “A un partido colegialista le propuso sustituir el colegiado por la Presidencia; a un partido estatista y dirigista, él le propuso las primeras ideas de apertura económica”. Había que tener mucho coraje para poner en riesgo un enorme capital político, planteando semejantes innovaciones. Pero lo hizo porque nunca sucumbió al fetichismo por los instrumentos —patología tan frecuente en el mundo político— y entendió con claridad que los objetivos y metas de la tradición política colorada y batllista requerían nuevas herramientas, nuevos cursos de acción, ajustados a los tiempos de apertura y globalización que comenzaban a alumbrarse en los años 60 y que Jorge, siempre pionero, supo advertir tempranamente. “Los objetivos son los mismos. Los instrumentos son otros”, clamó con el vigor que da la convicción profundamente sentida durante un acto en la Casa del Partido en 1985.
Para Jorge nada era “políticamente correcto”, excepto el Estado de Derecho y la libertad, a los que sirvió con devoción. En plena crisis del año 2002 su principal preocupación era que se respetaran en forma integral las libertades políticas, de prensa y sindicales.
Y así lo hizo.
Con su enorme perseverancia y una fortaleza de espíritu digna de los mejores héroes silenciosos, Jorge Batlle atravesó la crisis y la superó, logrando ya en el año 2003 el inicio de la recuperación espiritual y económica del país. Hoy el Uruguay le reconoce mucho más la salida de aquella situación realmente dramática que lo que puedan decir algunos resentidos —que todavía quedan, lamentablemente— en su contra.
Fiel a sí mismo, agudo, inteligente, irreverente, marcó una época.
Jorge Batlle, el leal heredero del viejo y fecundo espíritu liberal del Partido Colorado, con una mirada siempre volcada al porvenir, al mundo y a la libertad, nos ha dejado enormes lecciones.
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