La alarma está encendida en el Reina Sofía
Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026. Lectura: 3'
No es un hecho aislado: la expulsión de turistas israelíes y los antecedentes recientes configuran un patrón que obliga a revisar qué mensaje está proyectando una institución pública española.
La reciente expulsión de tres turistas israelíes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, por portar una bandera de Israel no puede leerse como un episodio aislado ni como una simple aplicación neutra de normas internas. La reiteración de hechos y antecedentes obliga a una reflexión más profunda sobre el clima institucional que se está consolidando en uno de los principales espacios culturales de España.
Según informaron varios portales de noticias, las turistas fueron invitadas a abandonar el museo por portar una bandera israelí durante su visita. El hecho fue denunciado públicamente por la jefa de misión de Israel en España, quien calificó el episodio como un acto discriminatorio. Los videos difundidos en redes sociales muestran una intervención directa del personal de seguridad que culmina con la salida de las visitantes.
El museo, hasta el momento, no ha ofrecido una explicación que permita disipar la sospecha de trato diferencial. Porque el punto central no es si existen normas internas sobre exhibición de símbolos —muchos museos las tienen—, sino si esas normas se aplican con el mismo rigor a todos los símbolos nacionales o si existe una sensibilidad selectiva cuando se trata del Estado de Israel.
En 2024, el propio Reina Sofía fue escenario de una actividad en la que se utilizó la consigna “Desde el río hasta el mar”, expresión que objetivamente implica la desaparición del Estado de Israel. No se trató de una interpretación forzada: la frase, ampliamente difundida en manifestaciones radicales, no propone una solución de dos Estados ni una convivencia, sino la eliminación del único Estado judío del mundo en el territorio comprendido entre el río Jordán y el mar Mediterráneo.
Que una institución cultural pública española haya dado cabida a ese tipo de consigna en 2024 y que, dos años después, expulse a turistas por portar la bandera israelí configura una secuencia preocupante. No es un hecho aislado; es una acumulación de señales.
El antisemitismo contemporáneo rara vez se presenta en formas burdas. Se manifiesta con mayor frecuencia bajo el ropaje de un activismo político que, en nombre de causas geopolíticas, termina naturalizando la exclusión simbólica de ciudadanos o visitantes por su identidad nacional o religiosa. Cuando una bandera nacional es tratada como elemento perturbador en un museo público, el problema deja de ser administrativo y se convierte en político y moral.
España tiene una historia compleja con el antisemitismo. Justamente por eso, sus instituciones culturales deberían extremar la prudencia. El Reina Sofía no es un espacio privado; es una institución estatal financiada con fondos públicos y llamada a representar valores democráticos y pluralistas. Si en sus salas se permite la circulación de consignas que niegan la existencia de un Estado miembro de Naciones Unidas, pero se excluye a visitantes que exhiben su bandera, el mensaje que se proyecta es inquietante.
No se trata de impedir la crítica al gobierno israelí —crítica legítima en cualquier democracia—, sino de distinguir entre crítica política y hostilidad identitaria. Expulsar turistas por portar una bandera nacional, mientras se toleran o promueven consignas de eliminación estatal, desdibuja esa frontera.
La alarma no proviene solo del hecho puntual, sino de la reiteración. Cuando los episodios se encadenan, dejan de ser incidentes y comienzan a delinear un patrón. Y los patrones institucionales son los que erosionan la confianza.
La cultura no puede convertirse en territorio de exclusión simbólica. Si el Reina Sofía aspira a seguir siendo un referente internacional, deberá aclarar con transparencia sus criterios y garantizar que ninguna identidad nacional sea tratada como sospechosa. Porque cuando una bandera provoca expulsión y una consigna de desaparición encuentra espacio, la preocupación deja de ser exageración y se convierte en advertencia.
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