Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026

La Coalición Republicana también se cuida en las formas

Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 5'

Las palabras del senador nacionalista Sebastián Da Silva sobre José Batlle y Ordóñez abrieron una polémica que trasciende la valoración de una figura histórica. También interpelan la calidad del debate político y los límites que deberían observar los partidos que aspiran a gobernar juntos. Claramente, no es por ahí, senador Da Silva.

Las discrepancias ideológicas forman parte de cualquier coalición política. Lo que no debería formar parte de ella son los agravios gratuitos hacia las figuras históricas que constituyen la identidad de los propios socios. El cruce provocado por Sebastián Da Silva a propósito de José Batlle y Ordóñez excede el debate sobre el rol del Estado y plantea una cuestión más profunda: el respeto político como condición indispensable para preservar la convivencia dentro de la Coalición Republicana.

La política democrática admite discrepancias profundas. De hecho, las necesita. Pero existe una diferencia sustancial entre discrepar y agraviar. El reciente episodio protagonizado por el senador Sebastián Da Silva, durante el debate parlamentario sobre la acuñación de una moneda conmemorativa por el 170.º aniversario del nacimiento de José Batlle y Ordóñez, dejó al descubierto una actitud que no contribuye ni al nivel del debate político ni a la convivencia dentro de la Coalición Republicana.

El proyecto en cuestión era, en esencia, un homenaje histórico. Nadie estaba obligado a profesar adhesión doctrinaria al batllismo ni a compartir todas las ideas que impulsó José Batlle y Ordóñez hace más de un siglo. Sin embargo, Da Silva optó por convertir la ocasión en una impugnación ideológica, calificando al batllismo como un “sueño húmedo” y afirmando que Uruguay sigue pagando las consecuencias de ese legado. Sostuvo, además, que nunca estuvo de acuerdo con el Estado de bienestar y concluyó que “no hay gente que ponga la plata para mantener un Estado como el que quería Batlle”.

Puede compartirse o no esa visión económica. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es el tono empleado para referirse a quien constituye una de las figuras constitutivas de la identidad del Partido Colorado, principal socio del Partido Nacional dentro de la Coalición Republicana.

Las coaliciones no requieren uniformidad de pensamiento. Exigen, sí, respeto recíproco. Cuando un dirigente descalifica con expresiones burlonas a una personalidad que forma parte de la identidad histórica de un partido aliado, no solamente agrede a una figura del pasado: hiere sensibilidades presentes y deteriora innecesariamente la confianza política.

La respuesta del secretario general del Partido Colorado, el senador Andrés Ojeda, fue particularmente significativa porque evitó responder con agravios. Para demostrar que la defensa de un Estado con determinadas responsabilidades sociales no constituye patrimonio exclusivo del batllismo histórico, intentó reproducir en el Senado un audio del expresidente Luis Lacalle Pou en el que este sostenía que debía terminarse con la falsa oposición entre Estado y libertad, porque en ocasiones el propio Estado es quien permite que las personas puedan ejercer efectivamente su libertad. La intervención derivó en una discusión reglamentaria con la presidenta del Senado, pero el punto político quedó planteado: incluso dentro del Partido Nacional existen matices bastante más cercanos al batllismo de lo que Da Silva parece admitir.

El diputado colorado Felipe Schipani escribió en la red social X: “Burlarte del batllismo hablando del «sueño húmedo batllista» degrada el debate. Pero, además, demuestra que no entendiste el momento político. Si queremos construir una alternativa de gobierno, no podés dedicarte a agraviar a tus propios socios”.

La respuesta del senador nacionalista, ironizando con que para participar del debate había que ser senador, tampoco contribuyó precisamente a descomprimir la situación.

Conviene además colocar la figura de José Batlle y Ordóñez en su debido contexto histórico. Nadie sostiene seriamente que todas las soluciones concebidas entre fines del siglo XIX y comienzos del XX deban aplicarse mecánicamente al Uruguay de 2026. Sería absurdo. Pero igualmente absurdo sería desconocer la enorme influencia que Batlle tuvo en la construcción del Uruguay moderno.

Fue durante sus gobiernos cuando el país impulsó una legislación laboral pionera en América Latina, amplió la educación pública, consolidó la separación entre la Iglesia y el Estado, fortaleció las instituciones republicanas y promovió un modelo de protección social que, con las adaptaciones propias del tiempo, terminó convirtiéndose en una de las señas de identidad del Uruguay contemporáneo.

Como toda figura histórica de semejante dimensión, nadie sensato pretende canonizarlo. Incluso durante el debate parlamentario, la senadora nacionalista Graciela Bianchi recordó precisamente que fue “producto de su tiempo”, que tuvo “claros y oscuros” y que resulta improcedente proyectar automáticamente sus ideas sobre la realidad actual. Esa es una observación perfectamente válida.

Una cosa es discutir críticamente el batllismo desde la historia o desde la economía política. Otra muy distinta es ridiculizarlo mediante expresiones destinadas más a provocar titulares que a enriquecer un intercambio parlamentario.

El Partido Nacional y el Partido Colorado mantienen diferencias doctrinarias desde hace más de un siglo. Las seguirán teniendo. De hecho, buena parte de la riqueza de la Coalición Republicana consiste precisamente en reunir tradiciones políticas distintas alrededor de objetivos comunes.

Pero toda alianza política se sostiene sobre dos pilares: confianza y respeto. La primera permite gobernar juntos. El segundo permite seguir siendo aliados después de disentir.

Cuando uno de esos pilares comienza a resquebrajarse por declaraciones innecesariamente ofensivas, no se fortalece la identidad propia. Se debilita la construcción colectiva.

Sebastián Da Silva tiene pleno derecho a cuestionar el batllismo, a defender un Estado más pequeño o a discrepar con las ideas de José Batlle y Ordóñez. Eso forma parte del debate democrático. Lo que no parece compatible con la responsabilidad que exige integrar una coalición de gobierno alternativa es convertir esas diferencias en agravios hacia quien representa uno de los mayores símbolos históricos del principal socio político del Partido Nacional.

Las ideas se discuten. Las personas y las tradiciones políticas se respetan. Esa diferencia, pequeña en apariencia, suele ser decisiva cuando se pretende construir mayorías estables y ofrecer al país una alternativa de gobierno seria.



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