Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026

La CIA en Moscú: un viaje que no tuvo nada de rutinario

Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 7'

La sorpresiva visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú constituye uno de los movimientos diplomáticos más enigmáticos y significativos de los últimos meses. Trump procura restarle dramatismo, pero los antecedentes, la jerarquía del enviado y las precauciones adoptadas indican que Washington tenía un mensaje importante que hacer llegar al Kremlin. Ucrania aparece como el asunto central, aunque Irán y la seguridad europea probablemente hayan formado parte de una conversación mucho más amplia.

Cuando el director de la CIA viaja personalmente a Moscú, el dato importante no es solamente qué puede haber dicho. Importa también que haya sido precisamente él quien llevó el mensaje.

John Ratcliffe realizó el martes 25 de agosto una visita no anunciada a la capital rusa, la primera conocida de un director de la CIA desde que William Burns viajó allí en noviembre de 2021, apenas tres meses antes de la invasión a gran escala de Ucrania. Ratcliffe mantuvo conversaciones con responsables de los servicios de inteligencia rusos, aunque no se reunió personalmente con Vladímir Putin. El Kremlin confirmó, sin embargo, que el presidente ruso fue informado inmediatamente sobre lo conversado.

La diferencia es importante solamente hasta cierto punto. No hubo fotografía Ratcliffe-Putin ni encuentro formal entre ambos, pero el mensaje que llevaba el estadounidense llegó igualmente al despacho presidencial ruso.

Dmitri Peskov explicó que existieron contactos “a través de los servicios de seguridad” y que Putin fue informado “sin demora”. También calificó esos contactos entre organismos de inteligencia como un proceso positivo, aunque advirtió que sería prematuro pensar que puedan sacar rápidamente las relaciones ruso-estadounidenses de la “profunda crisis” en que se encuentran.

Donald Trump, fiel a su costumbre de administrar personalmente la ambigüedad, intentó bajar la temperatura de las especulaciones. Dijo que la misión había sido algo “semi-rutinario” y negó expresamente que Ratcliffe hubiera viajado para advertir a Moscú sobre una eventual provocación contra la OTAN o para discutir las sanciones contra Irán. Pero inmediatamente agregó, refiriéndose a Ucrania: “Algo puede salir de esto. Estamos trabajando muy duro para terminar esa guerra”.

Esa frase probablemente sea hasta ahora la mejor pista disponible.

Porque, en realidad, de rutinario hubo muy poco.

La presencia del propio director de la CIA en territorio ruso es excepcional. Estos contactos existen permanentemente por vías discretas, precisamente para evitar que determinadas crisis escapen de control. Para conversar rutinariamente entre servicios no es necesario que el jefe de la principal agencia de inteligencia estadounidense atraviese medio mundo y aterrice personalmente en Moscú.

Mucho menos cuando el antecedente inmediatamente comparable es el viaje de Burns de noviembre de 2021. Entonces, el director de la CIA trasladó al Kremlin una advertencia directamente ordenada por Washington acerca de las consecuencias que tendría una invasión de Ucrania. Posteriormente Burns volvió a utilizar el canal de inteligencia en noviembre de 2022, reuniéndose en Turquía con Sergei Naryshkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior ruso, para advertir contra cualquier utilización de armas nucleares en el conflicto.

No son precisamente asuntos administrativos.

Existe, además, otro elemento extraordinariamente revelador. Estados Unidos informó previamente a Ucrania que una delegación viajaría a Moscú y pidió a Kiev que, mientras permaneciera allí, suspendiera sus ataques contra Moscú, San Petersburgo y algunas regiones del norte de Rusia. Ucrania accedió, aunque continuó atacando objetivos rusos en otras zonas.

La explicación inmediata puede ser simplemente de seguridad: Washington obviamente no quería que una ofensiva ucraniana coincidiera con la presencia del director de la CIA en Moscú. Pero el episodio demuestra, al menos, que la Casa Blanca consideró suficientemente importante la misión como para coordinar discretamente con Kiev las operaciones militares durante esas horas.

Todo conduce entonces hacia Ucrania.

Los intentos estadounidenses de negociación se encuentran estancados. La cumbre Trump-Putin de Alaska de agosto de 2025 no produjo el avance decisivo que Washington esperaba y las posiciones continúan considerablemente alejadas. Putin rechaza un simple alto el fuego sobre las líneas actuales y pretende obtener políticamente objetivos territoriales que Rusia todavía no consiguió enteramente en el campo de batalla. Kiev, por su parte, no está dispuesta a aceptar una capitulación presentada como acuerdo de paz.

En ese contexto, enviar nuevamente negociadores convencionales quizá no tuviera demasiado sentido. Steve Witkoff y Jared Kushner ya han utilizado ese camino. La llegada de Ratcliffe sugiere otro nivel de conversación: menos diplomático, más estratégico y posiblemente mucho más concreto.

Puede tratarse de establecer qué condiciones reales -no las declaradas públicamente- estaría dispuesto a aceptar Putin. Puede haber existido una advertencia acerca de determinados límites que Washington no permitirá que Rusia atraviese. Puede también haberse intentado reconstruir un canal mediante el cual ambas potencias puedan negociar ciertos entendimientos parciales sin necesidad de exhibirlos inmediatamente ante sus respectivas opiniones públicas.

No sabemos cuál de esas posibilidades predominó. Probablemente pasarán semanas o meses antes de saberlo, si alguna vez se conoce completamente.

Tampoco debería descartarse que sobre la mesa haya estado Irán.

Rusia mantiene una relación estratégica con Teherán, fortalecida durante la guerra de Ucrania: Irán proveyó drones Shahed y posteriormente transfirió tecnología para producirlos en territorio ruso. En enero de 2025 ambos países firmaron además un tratado de asociación estratégica integral. Al mismo tiempo, según información conocida por la inteligencia estadounidense, Moscú habría proporcionado a Teherán información susceptible de facilitar ataques contra activos militares estadounidenses en Medio Oriente.

Con Estados Unidos involucrado actualmente en la guerra con Irán y tratando de aumentar la presión económica sobre el régimen de Teherán, sería sorprendente que una conversación de semejante nivel entre los responsables de inteligencia estadounidense y rusa no hubiera rozado el asunto, aun cuando Trump negara que ese fuera el motivo específico del viaje.

Lo mismo ocurre con la creciente preocupación occidental acerca de las operaciones híbridas rusas contra países europeos. Informes estadounidenses han advertido sobre la posibilidad de que Moscú intente medir hasta dónde llega la determinación de la OTAN mediante sabotajes, operaciones cibernéticas u otras acciones situadas deliberadamente por debajo del umbral de una agresión militar convencional.

Pero existe una diferencia entre que esos asuntos hayan formado parte de las conversaciones y que hayan sido la razón determinante del desplazamiento. Y, a juzgar por lo poco que Trump decidió revelar, Ucrania continúa apareciendo como la hipótesis más consistente.

Hay además una dimensión política que no debería pasarse por alto.

Durante años Washington y Moscú conservaron canales entre sus servicios de inteligencia incluso en los momentos de mayor hostilidad. Eso ocurrió durante la Guerra Fría y volvió a ocurrir después de febrero de 2022. El propósito no es generar confianza sino exactamente lo contrario: permitir que dos adversarios que desconfían profundamente el uno del otro puedan hablar cuando un error de cálculo sería demasiado peligroso. El especialista ruso Andrei Soldatov recordó que este tipo de reuniones normalmente se producen cuando existe un asunto urgente de seguridad nacional.

Por eso tampoco corresponde interpretar la presencia de Ratcliffe como el comienzo de una reconciliación entre Estados Unidos y Rusia.

Puede significar precisamente que las diferencias son suficientemente graves como para requerir una comunicación mucho más directa.

La paradoja de los servicios de inteligencia es que muchas veces adquieren mayor importancia diplomática cuanto peores son las relaciones formales entre dos países. Un embajador puede transmitir posiciones oficiales. Un ministro puede negociar públicamente. Pero cuando lo que debe discutirse es demasiado sensible, demasiado urgente o demasiado comprometedor para aparecer todavía sobre una mesa diplomática, entran en escena otros interlocutores.

Ratcliffe es además un hombre de absoluta confianza de Trump y no un funcionario marginal de la administración. Que haya sido enviado personalmente a Moscú significa que el presidente estadounidense quiso disponer de un canal que pudiera hablar con autoridad y, a la vez, mantener el contenido de las conversaciones lejos de los focos.

De allí que la expresión “semi-rutinario” probablemente deba interpretarse más como un intento de reducir expectativas que como una descripción literal de lo ocurrido.

Nada obliga a pensar que el viaje vaya a producir inmediatamente un acuerdo. Burns fue a Moscú en 2021 y no consiguió impedir la invasión de Ucrania. Los canales secretos sirven para negociar y para advertir, pero no necesariamente para convencer.

Sin embargo, el viaje de Ratcliffe demuestra que, detrás de una escena pública en la que las negociaciones parecen paralizadas, Washington y Moscú siguen hablando.

Y están hablando a un nivel suficientemente delicado como para que Estados Unidos haya considerado necesario mandar hasta el corazón de Rusia al propio director de la CIA.

Ese es, por ahora, el verdadero dato político de la visita.



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