Keiko
Viernes 26 de junio de 2026. Lectura: 4'
Por Luis Hierro López
Perú abre una nueva etapa que puede ser de mayor estabilidad política.
El Perú tiene una estructura económica muy dinámica y ha sabido agregar innovaciones y cambios a su matriz productiva. La base minera le asegura siempre un rol preponderante en el mundo, pero a ello ha sumado una verdadera revolución agrícola –ha superado a Chile en apenas unos años– y una pujanza comercial que le ha permitido lograr acuerdos de libre comercio con los principales mercados del mundo. Tiene tratados de libre comercio con Estados Unidos, con China y ahora sumará la India, lo que en sí mismo habla del pragmatismo y la eficacia con que se encara la inserción internacional.
De esa forma, sus exportaciones ascienden a los 78 mil millones de dólares, diversificando su oferta y fortificando la vinculación con Asia.
Su infraestructura también pisa fuerte. Carreteras, aeropuertos, puertos y extensión al máximo posible de internet –la cordillera es una valla complicada para dar todos los servicios detrás de ella– complementan una producción en alza. Hace poco se inauguró el puerto de Chancay, operado por una empresa china, que tiene 20 metros de profundidad natural y concentrará buena parte del tránsito de buques de contenedores hacia y desde China. A su vez, el gobierno negocia con empresas estadounidenses para conceder un puerto en el sur, cercano a Arequipa, que tiene 25 metros de profundidad natural.
Pese a ese impulso, las desigualdades sociales siguen siendo muy profundas, aunque no hay dudas de que, en los últimos treinta años, los sectores populares han tenido acceso a mejores niveles de vida, sin desempleo y con una inflación controlada. El Banco Central, manejado con enorme autoridad por el Dr. Velarde —hace 18 años que preside la institución—, es una entidad respetada y prestigiosa, y el Sol se encuentra entre las monedas mejor valuadas de América.
Pese a esas virtudes, el sistema político se ha mostrado dividido, frágil e inoperante y se han sucedido una serie de presidentes interinos o transitorios desde 2018, cuando el Congreso destituyó a PPK (Pedro Pablo Kuczynski) a través de una moción de vacancia, un despropósito que contiene la Constitución y que ha sido, lamentablemente, usado y abusado.
La reciente elección puede cambiar las cosas, en la medida en que la presidente electa, Keiko Fujimori, tendría suficiente respaldo parlamentario como para evitar la vacancia y puede, por lo tanto, imaginar legítimamente un gobierno de cinco años, lo que en sí mismo será una novedad interesante.
Keiko, 51 años, gana la elección en su cuarto intento, habiendo atravesado por situaciones muy difíciles que han templado su carácter. Estuvo presa dos años, por acusaciones que ahora se han retirado por falta de pruebas. (Perú vivió, como muchos otros países latinoamericanos, un tiempo dominado por los fiscales, que acusaban a diestra y siniestra por motivaciones políticas.) Sus opositores la acusan por ser hija del “dictador” que “violó los derechos humanos”, pero no recuerdan que ese dictador fue antes presidente constitucional, venció a la sanguinaria guerrilla de Sendero Luminoso y estableció en la Constitución las bases del actual desarrollo peruano.
Pero como a los hijos no hay que juzgarlos por sus padres, Keiko ganó gracias a su perseverancia y a su presencia permanente en los más recónditos rincones del Perú. Siempre estaba, con su sonrisa, su cortesía nipona, su sentido común y un discurso que en los últimos años ganó en sustancia y en sentido nacional. Fue limando poco a poco las resistencias que le hicieron perder en 2021 por pocos votos frente al candidato de la izquierda, Pedro Castillo, hoy preso por haber cometido delitos institucionales y de corrupción.
Frente a ella se había reunido un conglomerado de “las izquierdas” en torno a Roberto Sánchez, quien no pudo ordenar su propuesta, caracterizada por las extravagancias de Antauro Humala —un golpista que pasó dieciséis años preso por haber atacado una comisaría y haber dado muerte a cuatro policías— y por las contradicciones de su programa de gobierno, habiéndose dado el caso, quizás único, de que, a una semana de la elección, el documento programático fue sustituido por otro en el que se eliminaron varios capítulos polémicos.
Ante esa oferta populista y desordenada, Keiko mejoró su votación en el díscolo sur y en varias provincias del interior supuestamente antilimeñas. La izquierda votó menos que en 2021 y Keiko votó mejor que entonces, por lo que el resultado no solo dependió de los votos del exterior.
Si Keiko organiza bien a sus bancadas y presenta un gabinete integrado por personalidades competentes y honestas —los anuncios hasta ahora son auspiciosos en ese sentido—, estará en condiciones de hacer un gobierno estable y serio. Y eso será una buena noticia para el Perú y para América Latina.
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