José Honorio Leborgne, científico y ciudadano
Viernes 1 de agosto de 2025. Lectura: 3'
Por Julio María Sanguinetti
Esta semana el país perdió a José Honorio Leborgne Pueyrredón, una referencia internacional en el mundo médico de la radiología y un maravilloso ciudadano, siempre pleno de optimismo para llevar adelante proyectos, investigaciones o volcarse con devoción a la atención de sus pacientes. Junto a su hermano Félix, produjeron un cúmulo de investigación científica, abriendo caminos en el país en una materia que entonces se orientaba hacia la aplicación de nuevas tecnologías en la lucha contra el cáncer.
Continuador de una tradición abierta por su padre Félix y su tío Raúl, José Honorio desarrolló una clínica privada pero, como ellos, volcó sus mayores esfuerzos en el ámbito público, en el Hospital Pereira Rosell, donde fue Jefe del Servicio de Radiología de Adultos y Director del Instituto de Radiología y Centro de Lucha Contra del Cáncer. Con profunda conciencia social, sentía que allí estaba su mayor contribución al país y desarrolló una institución de reconocida jerarquía. Desde 1954 José Honorio trabajó honorariamente en ese hospital público, al que le dió la altura de un centro de referencia académica. Hay investigaciones realizadas por él y su hermano Félix que llevan internacionalmente hasta el nombre de Montevideo, como estudios sobre la detección del cáncer de mama. Luchó con devoción por desarrollar ese servicio y así fue que logró la instalación del primer acelerador lineal, venciendo inexplicables resistencias privadas. Fue un medio siglo de esfuerzo personal, diariamente sostenido con una vocación de pionero.
Miembro de Honor de las sociedades de radiología de Francia, Argentina y Chile e integrante de todas las instituciones de la especialidad, que reconocieron en él a una figura de excepcionales brillos, orientó de un modo particular su carrera pública de investigador. No lo hizo por la vía de la Universidad, como es habitual, sino desde el hospital. Sus cargos fueron el resultado de concursos en el Ministerio de Salud Pública y su labor científica estaba así indisolublemente ligada a la asistencia, a la atención a la gente, lo que también tiene una nota de excepcionalidad. En ese sentido. él mismo se reconocía en la concepción batllista del Estado, a la vez liberal y solidario.
Más allá de la objetividad curricular, está la intransferible calidad personal. Amable, culto, le distinguía un estilo de caballerosidad sin afectación. Afín a la cultura francesa, de ella heredaba una visión general de la sociedad, de su historia, de sus artes, de sus saberes, que iban más allá del especialista. Convivía en él la excelencia con la naturalidad en el trato, ya fuere de personajes relevantes como de sus modestos pacientes del hospital público, en los que volcaba cariño y simpatía. Todo lo hacía con entusiasmo.
Sufrió mucho, naturalmente, la desgraciada persecución del primer gobierno del Frente Amplio, por una actitud que por cierto no honró la trayectoria del Presidente Tabaré Vázquez. Sufrió pero siguió adelante y su alejamiento de los cargos públicos no generó en él lo que podría haber sido un explicable resentimiento. La injusticia no le cambió el talante y continuó la vida profesional en su clínica y en el Hospital Italiano, donde se le veía en los últimos tiempos.
Tanto Marta como yo y toda nuestra familia, guardaremos de él un recuerdo imborrable. Siempre estuvo cerca y en los momentos difíciles, su consejo, aliento y saber hicieron mejor nuestra vida.
Para el país, un grande, en el cabal sentido de las palabra. Para nosotros, un amigo.
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