Por Eduardo Zalovich
Fronteras seguras para Israel, separación política entre los pueblos y un Estado palestino desmilitarizado. En definitiva, recuperar la iniciativa exige definir el territorio y su defensa.
Un país no puede organizar su destino alrededor de un acuerdo que nunca llega. Tampoco puede confundir la ausencia de un acuerdo con una estrategia. Después de décadas de negociaciones inconclusas, Israel necesita definir hasta dónde quiere llegar, qué territorio considera indispensable para su defensa y dónde debe comenzar la autoridad política palestina.
La meta debe ser fijar sus fronteras definitivas. Como no existe un interlocutor dispuesto a cerrar el conflicto, el instrumento debe ser una iniciativa unilateral. Eso no convierte una línea israelí en una frontera reconocida por el mundo, pero permite dejar de entregar a los palestinos un poder de veto sobre las decisiones que Israel necesita tomar. El punto de partida más útil no es otra conferencia internacional, sino recuperar —con los ajustes que exige la realidad— la lógica del mapa presentado por EE.UU. en 2020: dos países separados, un Estado palestino desmilitarizado y garantías de seguridad concretas para Israel.
La espera tiene un precio
El conflicto no comenzó en esta generación. En 1947 la ONU aprobó la Resolución 181, que proponía dos Estados, uno judío y otro árabe. La Agencia Judía lo aceptó; los países árabes lo rechazaron y optaron por la guerra, según consta en el registro de la Oficina del Historiador del Departamento de Estado estadounidense. Un Estado palestino pudo existir desde 1948. Fue la primera oportunidad desaprovechada.
Medio siglo después, la escena se repitió. En julio de 2000, Bill Clinton reunió en Camp David a Ehud Barak y Yaser Arafat. Barak aceptó el esfuerzo; Arafat no presentó siquiera una contrapropuesta. Esta atribución de responsabilidad no es una apreciación israelí. El propio presidente documentó su despedida telefónica: "Usted es un gran hombre", le dijo Arafat. "Soy un fracaso colosal, y usted me convirtió en uno", respondió Clinton, convencido de que el líder palestino había rechazado el mejor acuerdo que iba a obtener jamás. Días después, ya con Clinton fuera de la Casa Blanca, las conversaciones de Taba cerraron el ciclo: ambas partes dijeron que nunca habían estado tan cerca, según informó The New York Times. Estuvieron cerca, pero no firmaron.
El caso de 2008 resulta todavía más elocuente. Según el relato publicado por The Times of Israel, Ehud Olmert propuso retirarse de casi toda Cisjordania, conservar un 6,3% para los principales asentamientos, compensar con territorio israelí equivalente al 5,8%, dividir Jerusalén e incluso internacionalizar la Ciudad Vieja. Increíblemente, Mahmud Abbas no aceptó. En 2020, el mapa de Trump reservó para Israel el valle del Jordán y los asentamientos, con compensaciones territoriales y conexiones entre los espacios palestinos. La propia Casa Blanca lo presentó como base para negociar. La dirigencia palestina lo rechazó.

El registro es contundente: en 1947 y 2020 hubo rechazo explícito; en 2000, ninguna contrapropuesta; en 2008, ninguna aceptación. Ese historial autoriza un juicio estratégico claro: la dirigencia palestina no debería dar por sentado que cada negativa será seguida por una oferta más favorable. Casi ochenta años bastan para que Israel deje de calcular sus decisiones según una mesa que el otro lado ha dejado vacía tantas veces.
De aquel plan interesa rescatar un principio: la independencia palestina no puede incluir la capacidad militar de amenazar a Israel. Tomarlo como referencia tampoco obliga a copiar cada enclave: Israel debería definir una línea defendible que preserve sus necesidades estratégicas y permita a los palestinos gobernar un espacio con continuidad funcional. La conclusión política debe ser firme: dejar de necesitar un acuerdo para empezar a actuar. Si los palestinos aceptan negociar, encontrarán una propuesta concreta; si vuelven a rechazarla, Israel no debe volver al punto de partida.
Decidir primero
La objeción más seria es Gaza. En 2005 Israel evacuó sus asentamientos de la Franja; dos décadas después, un balance de Jewish Insider describió el fracaso de las promesas de mayor seguridad, con amenazas que se dejaron crecer sin un plan para el día después. Por eso, una iniciativa unilateral no puede significar retirada militar automática. Primero debe establecerse el control del armamento, la vigilancia de las fronteras exteriores y un mecanismo de intervención frente a amenazas reales. Una bandera palestina no desactiva un misil ni reemplaza una estructura de seguridad.
La propuesta debe permitir un Estado palestino, no limitarse a cambiarle el nombre a la Autonomía actual. Pero exige instituciones capaces de gobernar y compromisos comprobables: Israel puede decidir qué territorio no pretende administrar; no puede fabricar por decreto una dirigencia responsable al otro lado. Esa limitación exige etapas, no inmovilismo. Gaza demostró además que retirarse no garantiza el fin del terrorismo. El objetivo razonable es reducir el gobierno israelí sobre la vida palestina, separar responsabilidades y defender a Israel desde una frontera definida, no desplazar a una población.
Hay también una razón estadounidense para actuar. El 3 de noviembre, Trump anunció un acuerdo con Benjamin Netanyahu para poner fin a unos 4.000 millones de dólares anuales de ayuda al terminar 2026; el memorando vigente contempla 3.800 millones por año hasta 2028. No es un recorte ejecutado, pero The Wall Street Journal señaló que sugiere un corte mucho más rápido de lo previsto. El dato aconseja prudencia: ninguna relación personal con un presidente sustituye una estrategia nacional. Actuar primero tampoco significa sorprender a Washington: Israel debería buscar respaldo estadounidense y compromisos que resistan un cambio de administración. Unilateral debe ser la capacidad de decidir, no la renuncia a construir apoyos. La decisión exige además coherencia interna: no seguir ampliando una presencia civil donde se anuncia que habrá separación.
Israel no tiene por qué elegir entre exponerse a otro foco armado y gobernar indefinidamente a los palestinos. Debe construir una tercera opción: fronteras que aspire a hacer definitivas, defensa bajo su responsabilidad y un horizonte estatal palestino que no exija dejar al Estado hebreo en riesgo. Dibujar el propio mapa no es renunciar a la paz: es dejar de hipotecarla a quien la esquivó una y otra vez.
La alternativa es seguir esperando hasta que otros tracen esa línea, y eso sería un peligro mayor. «Los de afuera son de palo».