Irán amenaza con una guerra larga y el mundo vuelve a temblar
Edición Nº 1103 - Viernes 23 de octubre de 2026. Lectura: 3'
Teherán amenaza con prolongar la guerra contra Estados Unidos e Israel y llevar sus consecuencias al comercio y la energía mundiales. El estrecho de Ormuz, las elecciones estadounidenses, el respaldo ruso y el riesgo nuclear integran una estrategia de desgaste que también entraña enormes costos para la propia República Islámica.
La guerra iniciada el 28 de febrero con los bombardeos estadounidenses e israelíes no ha concluido. Irán procura demostrar que, aunque no pueda imponerse militarmente a sus adversarios, sí puede sostener un conflicto prolongado y extender sus consecuencias más allá de Medio Oriente.
El 21 de setiembre, el general Hossein Mohebbi, portavoz de la Guardia Revolucionaria, advirtió que, ante una nueva ofensiva, Irán cambiaría «el armamento y la geografía de la guerra». Aseguró que dispone de armas todavía no utilizadas, sin aportar pruebas de esas capacidades. La amenaza resume la apuesta de Teherán: convertir su inferioridad militar en una guerra de desgaste de alcance internacional.
Ormuz, el arma económica
El principal instrumento de presión es el estrecho de Ormuz, por donde transitaba antes de la guerra aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado. Los ataques contra buques, las amenazas a la navegación y las minas navales encarecen los seguros y alteran el abastecimiento. En octubre, el barril de Brent llegó a aproximarse a los 110 dólares.
La ofensiva alcanza también instalaciones estratégicas. Una investigación de Reuters del 15 de octubre documentó al menos 135 ataques con drones y misiles contra 84 objetivos del Golfo, entre ellos infraestructura petrolera de Emiratos Árabes Unidos, la planta gasífera de Ras Laffan, en Qatar, y oleoductos sauditas. El cálculo iraní es claro: armas relativamente baratas pueden paralizar instalaciones costosas y causar perjuicios económicos muy superiores al gasto militar que demandan.
Trump, las elecciones y Rusia
La presión tiene un destinatario político inmediato: Donald Trump, a menos de dos semanas de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. Según The Washington Post, funcionarios iraníes consideran que el encarecimiento de los combustibles puede aumentar el costo electoral de la guerra. Trump prometió energía barata y evitar intervenciones prolongadas; el 8 de octubre descartó una nueva ofensiva antes de los comicios, aunque después volvió a amenazar con bombardeos.
Rusia aprovecha la coyuntura. El 19 de octubre, el canciller Serguéi Lavrov reafirmó en Teherán su respaldo al régimen iraní. Moscú se beneficia de los precios elevados del petróleo mientras continúa su agresión contra Ucrania. Washington, por su parte, procura contener esa colaboración y ha flexibilizado determinadas restricciones a las exportaciones energéticas rusas para moderar el precio de los combustibles. La contradicción resulta evidente: combate a Irán, pero negocia con el principal sostén diplomático de Teherán.
El riesgo nuclear y la salida diplomática
Hay una amenaza adicional. Según informó el Financial Times, sectores radicales iraníes reclaman revisar la prohibición religiosa de fabricar armas nucleares establecida por Alí Jamenei. Su sucesor, Mojtaba Jamenei, todavía no la ha reafirmado. No hay pruebas concluyentes de una decisión de construir la bomba, pero el debate agrava la preocupación israelí y cuestiona uno de los objetivos centrales de la ofensiva estadounidense.
Pese a la retórica bélica, Irán mantiene abierta una negociación. Su canciller, Abbas Araqchi, ofrece reabrir Ormuz si Washington levanta el bloqueo de puertos, elimina sanciones petroleras y cesan las hostilidades regionales. Estados Unidos insiste en discutir desde el comienzo el programa nuclear y limitar sustancialmente el enriquecimiento de uranio. Cada parte exige concesiones antes de renunciar a sus instrumentos de presión.
La estrategia iraní, sin embargo, tampoco es gratuita: las sanciones, los bombardeos y el deterioro económico pesan sobre su propia población. Teherán puede infligir daños considerables, pero no dispone de recursos ilimitados.
El peligro reside en que ambos bandos crean que el otro cederá primero. Mientras tanto, el conflicto extiende sus efectos a las rutas marítimas, los mercados energéticos, las elecciones estadounidenses y la guerra de Ucrania. Esa es la lógica de una guerra prolongada: nadie necesita ganar una batalla decisiva para que el mundo entero termine pagando sus consecuencias.
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