Intendencia de Canelones: clientelismo, corrupción y la defensa de lo indefendible
Edición Nº 1004 - Viernes 23 de agosto de 2024. Lectura: 3'
Yamandú Orsi, quien hoy aspira a la presidencia por el Frente Amplio, no puede escapar del turbio legado que dejó en la Intendencia de Canelones. Las recientes denuncias del diputado Alfonso Lereté, han expuesto lo que muchos en Canelones ya sabían: Orsi convirtió la intendencia en un refugio de amiguismo, corrupción y clientelismo, utilizando los recursos públicos para construir una estructura partidaria que hoy lo respalda.
Las cifras son alarmantes. Según Lereté, durante la gestión de Orsi, la intendencia contrató a 275 funcionarios de manera directa, en su mayoría exediles y dirigentes del Frente Amplio que habían perdido sus cargos. Esta práctica representa un abuso flagrante de los recursos públicos, al tiempo que revela una estrategia deliberada de Orsi para mantener el control político en el departamento, utilizando la intendencia como una “máquina generadora de empleo público”, como bien dijo Lereté, al servicio de sus proyectos personales.
Lo de Canelones no es un mero desliz administrativo, sino un patrón de comportamiento que refleja la verdadera naturaleza de la gestión frentista. La situación no cambió en la actualidad con la administración del comunista Marcelo Metediera. Según informó el legislador citado, los contratos de confianza suman, a su vez, 54 vínculos directos, con un incremento del 400% en la estructura jerárquica, creando cargos y direcciones innecesarias que solo sirvieron para alimentar su red de lealtades.
Pero las prácticas cuestionables de Orsi y compañía no se limitan al clientelismo. Otro hecho inquietante que ha salido a la luz es el caso de un funcionario de la comuna que, a pesar de haber sido procesado en dos ocasiones por tráfico de estupefacientes y otros delitos, mantuvo su empleo durante 15 años. La defensa de esta situación por parte del actual intendente, es simplemente ridícula. Según Metediera, el funcionario estaba en proceso de rehabilitación y mantener su empleo era parte de su reintegración social.
Lo más preocupante es que, a pesar de estas denuncias, el exintendente sigue esquivando las preguntas y escondiéndose detrás de un discurso ambiguo y populista. Esta estrategia, aunque efectiva para ganar tiempo, no oculta el hecho de que estamos frente a un político que prefiere la opacidad a la transparencia, el amiguismo al mérito, y la manipulación política a la gestión honesta.
Orsi, quien alguna vez fue visto como una figura ascendente dentro del Frente Amplio, ha demostrado ser incapaz de liderar con integridad. Su gestión en Canelones no fue más que un ensayo para sus aspiraciones nacionales, y las prácticas que implementó allí no auguran nada bueno para el futuro del país. En lugar de ofrecer soluciones reales a los problemas de Uruguay, Orsi se ha dedicado a proteger sus propios intereses y los de su círculo cercano, utilizando el poder público para consolidar su base política.
La pregunta que los uruguayos deben hacerse es si están dispuestos a confiar en alguien que ha demostrado ser tan hábil en el manejo del clientelismo y la corrupción. Orsi puede seguir ocultando sus intenciones y dilatando la presentación de su equipo económico, pero no puede escapar de su pasado. Su gestión en Canelones es un recordatorio de lo que está en juego, y los uruguayos merecen algo mejor.
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