Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026

Inflación en Uruguay: la buena noticia que incomoda

Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026. Lectura: 4'

La inflación en Uruguay cayó por debajo del rango meta y alcanzó mínimos históricos, pero el dato —celebrado en otro contexto— expone un nuevo dilema: el éxito en la desinflación empieza a tensionar la competitividad, limita el margen de maniobra del Banco Central y obliga al equipo económico a gestionar un equilibrio más complejo, donde el riesgo ya no es la inflación alta, sino una estabilidad que exprese estancamiento.

La inflación en Uruguay cayó al 2,94% interanual y perforó el piso del rango meta del Banco Central (3%-6%). El dato, que en cualquier otro contexto sería celebrado sin matices, abrió una zona de incomodidad para el equipo económico: el problema ya no es la inflación alta, sino una inflación demasiado baja.

Durante décadas, el país convivió con tasas persistentemente elevadas y dificultades estructurales para estabilizar precios. Hoy, en cambio, el fenómeno es inverso: la inflación no solo se moderó, sino que cayó por debajo del nivel considerado “óptimo” por la autoridad monetaria, en el registro más bajo en casi 70 años.

Qué pasó: del problema crónico al desvío inverso

La caída inflacionaria es el resultado de un proceso sostenido en el tiempo, no de un shock puntual. En los últimos meses confluyeron varios factores:
  • Política monetaria restrictiva previa: el Banco Central mantuvo tasas altas durante buena parte del ciclo, lo que enfrió la demanda.
  • Abaratamiento de alimentos: frutas y verduras mostraron caídas significativas, incidiendo directamente en el IPC.
  • Tipo de cambio contenido: el dólar relativamente bajo contribuyó a abaratar bienes importados.
  • Expectativas alineadas: empresas y consumidores comenzaron a operar bajo la premisa de inflación baja.
  • Factores transitorios: algunos precios volátiles (alimentos, combustibles) jugaron a la baja.
El resultado es una inflación de 2,94%, incluso por debajo del piso del rango de tolerancia del Banco Central, algo que no ocurría desde hace más de tres décadas.

Por qué preocupa: cuando bajar demasiado también es un riesgo

La inflación baja suele asociarse a estabilidad, pero cuando cae por debajo del rango objetivo empieza a generar tensiones.

Para el equipo económico, el problema no es solo técnico, sino estratégico:
  • Señal de enfriamiento: una inflación muy baja puede reflejar debilidad en la demanda interna.
  • Descalce con contratos y salarios: muchas pautas fueron fijadas con una inflación esperada de 4,5%, lo que genera distorsiones.
  • Menor margen de política monetaria: con inflación baja, reducir tasas tiene límites y efectos inciertos.
  • Riesgo de atraso cambiario: costos internos relativamente altos frente a precios externos.
  • Impacto fiscal indirecto: algunas proyecciones oficiales (ingresos, gasto) dependen de una inflación mayor.
El Banco Central ya reaccionó: redujo la tasa de interés de referencia para intentar evitar que la inflación siga cayendo.

El problema de fondo: la meta no es bajar, es estabilizar

El punto clave es que la política económica no busca la inflación más baja posible, sino una inflación estable y predecible dentro de un rango.

La meta del 4,5% no es arbitraria:
  • permite cierto ajuste de precios relativos,
  • evita rigideces a la baja,
  • y da margen de maniobra a la política monetaria.
Cuando la inflación cae por debajo, el problema ya no es la inestabilidad, sino la pérdida de referencia del sistema económico.

El frente político: una buena noticia difícil de explicar

Hay además una tensión narrativa evidente.

El gobierno logró lo que durante años fue un objetivo central: bajar la inflación. Pero ahora debe explicar por qué ese éxito genera preocupación.

A esto se suma una brecha clave:
  • los indicadores muestran baja inflación,
  • pero la percepción social del costo de vida no cae en la misma proporción.
Ese desacople erosiona la capacidad política de capitalizar el logro.

Los desafíos de largo plazo
Más allá del dato coyuntural, la situación expone problemas estructurales que Uruguay arrastra desde hace décadas:

1. Indexación persistente
Buena parte de la economía (salarios, contratos) sigue ajustándose por inflación pasada, lo que dificulta estabilizar el sistema.
2. Competitividad en dólares
Con inflación baja y tipo de cambio contenido, los costos en dólares se vuelven altos para sectores exportadores.
3. Dependencia de factores externos
Parte de la desinflación se explica por precios internacionales favorables. Un cambio en ese contexto puede revertir rápidamente la tendencia.
4. Coordinación macroeconómica
La estabilidad requiere sincronizar política monetaria, fiscal y salarial. Un desajuste en cualquiera de esas piezas puede desordenar el sistema.
5. Riesgo de “trampa de baja inflación”
Si la inflación se mantiene demasiado baja, puede volverse difícil reactivarla sin generar desequilibrios, como ha ocurrido en otras economías.

Un nuevo equilibrio, más exigente

Uruguay logró domesticar un problema histórico. Pero ese logro no cierra el ciclo: lo transforma.

El desafío ya no es bajar la inflación, sino administrarla con precisión quirúrgica dentro de un rango compatible con crecimiento, competitividad y estabilidad.

Porque si durante décadas el riesgo fue la inflación alta, hoy el peligro —más sutil, pero igualmente real— es otro: que la estabilidad se convierta —como todo parece estar indicándolo— en estancamiento.



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