Edición Nº 1079 - Viernes 1 de mayo de 2026

Incompetencia manifiesta

Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 4'

Por Santiago Torres

Las polémicas que rodean a Alejandra Casablanca y Alejandra Collette Spinetti ya no pueden leerse como episodios aislados ni como daños colaterales de la exposición pública. Entre denuncias reiteradas, antecedentes de gestión problemáticos y evidencias directas de estilos de conducción autoritarios y carentes de empatía, lo que queda al descubierto es una carencia estructural de idoneidad para liderar equipos humanos. Sostenerlas en sus cargos no sólo desatiende esa evidencia: erosiona la credibilidad de las políticas de derechos humanos.

El oficialismo ha decidido cerrar filas. Pese a la acumulación de cuestionamientos, Presidencia mantiene el respaldo tanto a Casablanca —al frente de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente— como a Spinetti, titular de la Secretaría de Derechos Humanos. El argumento ha sido, en lo esencial, político: reconocer errores, relativizar su gravedad y evitar ceses que podrían interpretarse como concesiones.

Sin embargo, el problema no es político. Es de idoneidad. En rigor, la falta de ésta.

Casablanca: antecedentes que no son aislados

En el caso de Alejandra Casablanca, las controversias actuales no surgen de la nada. Las denuncias por acoso laboral y conflictos reiterados con funcionarios, no configuran episodios aislados sino un patrón que se extiende en el tiempo y atraviesa distintos ámbitos de actuación.

El punto central no es la veracidad individual de cada denuncia —que deberá dirimirse en los ámbitos correspondientes—, sino su acumulación y persistencia. Cuando los cuestionamientos se reiteran, cuando distintos actores describen dinámicas similares y cuando los problemas de gestión se vuelven sistemáticos, deja de ser plausible la hipótesis del hecho puntual. Lo que emerge es un estilo de conducción.

Y ese estilo, según lo que surge de los antecedentes, es incompatible con la construcción de equipos de trabajo funcionales.

Spinetti: lo irrelevante y lo sustantivo

En el caso de Spinetti, la discusión pública se desvió. Los audios privados —anteriores a su designación—, con expresiones agraviantes y de alto impacto mediático, concentraron la atención por su carga de morbo. Sin embargo, desde el punto de vista institucional, son secundarios.

Lo relevante es otro audio: aquel en el que Spinetti se dirige a funcionarios de su propia Secretaría.

Allí no hay deslices privados ni expresiones fuera de contexto. Hay ejercicio de autoridad. Y lo que se evidencia es un estilo de conducción autoritario, agresivo y carente de una elemental empatía. La centralidad absoluta de “su” cargo, expresada sin ambages, y el desprecio implícito hacia el resto del equipo no son interpretaciones: surgen de sus propias palabras.

Ese registro no admite relativizaciones. Es, en sí mismo, un indicador de falta de idoneidad para liderar.

Liderar no es sólo saber

Existe una confusión recurrente —y funcional— que consiste en equiparar idoneidad con conocimiento técnico o trayectoria militante.

Ni una ni otra alcanzan.

La evidencia en gestión organizacional es abrumadora en este punto. Quien lidera un equipo debe reunir, como mínimo, capacidades elementales: comunicación efectiva, empatía, inteligencia emocional, capacidad de escucha, manejo de conflictos, construcción de confianza y orientación al trabajo colectivo.

Estas competencias no son accesorios “blandos”. Son condiciones estructurales. Sin ellas, cualquier organización —y más aún una dedicada a derechos humanos— se degrada en su funcionamiento cotidiano.

Un liderazgo basado en el temor, la descalificación o la autoafirmación narcisista no sólo deteriora el clima laboral. Reduce la eficacia institucional, bloquea procesos, desarticula equipos y termina afectando los resultados.

Lo evidente

A la luz de los hechos, resulta difícil sostener que Casablanca y Spinetti reúnen esas condiciones mínimas.

En Casablanca, por la reiteración de conflictos y denuncias que apuntan a una misma matriz de conducción.
En Spinetti, por la evidencia directa de su propio discurso ejerciendo autoridad.

En ambos casos, “rompe los ojos” la ausencia de habilidades básicas de liderazgo.

Ni el conocimiento técnico —en el caso de Casablanca— ni la condición de “luchadora social” —en el de Spinetti— suplen esa carencia. Son dimensiones distintas. Y confundirlas es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, funcional a sostener situaciones indefendibles.

Una decisión que compromete al Estado

La permanencia de ambas jerarcas no es neutra. No se limita a un costo reputacional ni a un desgaste político coyuntural.

Compromete el funcionamiento de dos Secretarías centrales para la política pública en derechos humanos. Y, por extensión, compromete la consecución de sus objetivos.

En organismos cuya legitimidad descansa en la confianza, la empatía y la coherencia entre discurso y práctica, el liderazgo es determinante. Cuando ese liderazgo falla, todo el andamiaje institucional se resiente.

Por eso, el problema no es si hubo “errores” ni si estos fueron suficientemente graves como para justificar una reacción política inmediata.

El problema es otro: la evidencia acumulada de que quienes hoy conducen esos organismos carecen de las competencias necesarias para hacerlo.

Y cuando la incompetencia es estructural, la única respuesta razonable es la remoción.



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