Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026

Hugo Batalla: el abuelo bueno de la república

Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 5'

Por Marcela Pérez Pascual

Este sábado 11 de julio se cumplen cien años del nacimiento de Hugo Batalla. Ante todo, un hombre de paz, un demócrata convencido y un republicano de ley; un caballero como ya casi no quedan, coherente en su pensamiento y en su acción.

Nació en 1926 en la calle Conciliación, en el barrio de Pueblo Victoria, en la zona de La Teja, quinto hijo de un padre inmigrante italiano y de una madre uruguaya, hija a su vez de inmigrantes italianos. Se casó con Hilda Flores un 25 de marzo de 1954. Tuvieron una hija, Laura Batalla, casada con Sergio Gamarra; dos nietos, Valentina y Joaquín, y dos bisnietos, Aldana y Felipe, quienes siguen los pasos de su bisabuelo. ¿Cuántos uruguayos de a pie saben hoy cuánto le debe la política nacional a ese muchacho de barrio, forjado en la escuela pública y templado, muy joven, como dirigente estudiantil y sindical?

Su vida fue, ante todo, una sucesión de decisiones tomadas por convicción y no por conveniencia. Militó desde joven en el Partido Colorado, y fue esa misma independencia de criterio la que lo llevó, junto con Zelmar Michelini, a fundar la Lista 99, rompiendo con el liderazgo de Luis Batlle Berres y de la histórica Lista 15. En 1971 fue de los fundadores del Frente Amplio, y durante los años de la dictadura ejerció como abogado defensor de presos políticos, entre ellos Líber Seregni, demostrando su lado humano, solidario, comprometido y siempre fiel a sus ideas y principios. Más tarde encabezaría el proceso de salida de aquella agrupación para construir, primero, el Nuevo Espacio, y sellar luego, en 1994, el acuerdo con Julio María Sanguinetti que lo llevaría a la Vicepresidencia de la República, cargo que ejerció hasta su muerte, el 3 de octubre de 1998.

Fue caricaturizado, injustamente, como un hombre dubitativo. Como bien señaló alguna vez el historiador Gerardo Caetano, lo suyo fue, más bien, un coraje poco frecuente en nuestra política: el de cambiar de bando cuando sus convicciones así se lo exigían, sin quedar preso de la comodidad de la trinchera. Ese coraje, en un país que rara vez perdona esos cambios, le costó caro: incomprensión y heridas políticas que, hasta el día de hoy, no han terminado de cicatrizar del todo.

Fue, además, un defensor convencido de las instituciones: de la libertad de prensa, de la independencia de la Justicia, de una educación pública capaz de formar ciudadanos libres. Firme en sus convicciones, fue tolerante y un hombre de diálogo, conciliador antes que confrontativo, siempre respetuoso de sus adversarios, convencido de que la política podía, y debía, ejercerse con decencia.

Pero hubo otro Batalla, menos citado en los libros de historia política, y que yo valoro y admiro más: el hombre.

Fue un hombre de principios, íntegro, que predicaba con el ejemplo de su accionar antes que con la investidura de su cargo. Su grandeza no se medía en títulos, sino en el respeto que inspiraba y en el trato que dispensaba a cada persona, sin importar su condición. Practicó siempre una política de la cercanía, algo que hoy vale la pena recordar y recuperar: nunca la ejerció desde un escritorio, siempre fue él quien se acercó a la gente. Vivió siempre de forma digna y modesta, y nunca eligió el camino cómodo cuando tenía a mano el camino correcto. Noble, sencillo, trabajador, con la mirada puesta siempre en los que menos tenían y la mano lista para ayudar.

Y fue, por sobre todas las cosas, un hombre honesto. No como un episodio aislado ni como una virtud de ocasión, sino como el hilo que atravesó, de punta a punta, cada etapa de su vida pública y privada. Esa honestidad, tan simple de nombrar y tan difícil de sostener a lo largo de toda una existencia, fue, en mi opinión, su rasgo más definitorio.

Del vínculo personal que tuve el privilegio de forjar con él y con su familia ya escribí hace seis años, y vuelvo a él hoy porque, a cien años de su nacimiento, me parece más necesario que nunca recordarlo. Jamás buscó el aplauso fácil ni se dejó seducir por el halago: sus convicciones, su familia y sus valores fueron la brújula que guió cada una de sus decisiones. Muchas veces no lo entendieron, pero a él le alcanzaba con la tranquilidad de saber que estaba en paz con su conciencia y con su deber.

Lo conocí con apenas 15 años, cuando él era Vicepresidente. Me preguntaron qué me había parecido y dije: «Es como un abuelo bueno». Y así es como lo recuerdo, más allá de todos sus logros y aportes a nivel social y político: él era una persona buena, amable, cercana, cariñosa y con muy buen sentido del humor. Siempre que se estaba con él, uno sonreía y reía. Fue, hasta el final, un hombre de espíritu joven, más allá de los años que llevara encima.

A mí, en lo personal, siempre me va a quedar la imagen de aquel «Abuelo Bueno» que conocí de cerca y aquel sábado al mediodía en el que, siendo Vicepresidente, me abrió las puertas de su casa para almorzar unos capeletis a la caruso junto a su esposa, su hija, su yerno y sus nietos. Ese gesto, esa calidez, los llevo para siempre conmigo.

En su sepelio, el propio Presidente Sanguinetti lo definió mejor que cualquier análisis posterior: dijo que en él era el corazón el que guiaba la razón, que ese corazón fue una fuente inagotable de generosidad, y que su entrega a los demás no fue un sentimiento pasajero sino un verdadero proyecto de vida.

Cien años después, en un país donde la política parece medirse cada vez más por la firmeza en la trinchera que por el coraje de cambiar de opinión cuando las convicciones lo exigen, la figura de Hugo Batalla interpela. Sin coherencia no hay estadista. Solo hay caudillo.



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