Hay para leer
Viernes 5 de junio de 2026. Lectura: 5'
Por Julio María Sanguinetti
Dos libros invitan a revisar momentos decisivos de la historia uruguaya. Desde la construcción de la República en tiempos de Fructuoso Rivera hasta las raíces políticas e ideológicas que desembocaron en el golpe de Estado de 1973, las obras de Oscar Padrón Favre y Jorge Leiranes proponen una lectura documentada y desafiante sobre el pasado nacional. Julio María Sanguinetti encuentra en ambas una preocupación común: la defensa de las instituciones republicanas frente a las amenazas que, en distintas épocas, pusieron en riesgo su continuidad.
Este otoño frío ha sido tiempo de libros. En lo personal, presenté 90, una memoria de mi vida basada en imágenes, y Pablo Cohen acaba de sacar una nueva edición ampliada de Habla Julio, que presentaremos dentro de unos días. También he tenido la fortuna de participar en lanzamientos de dos libros imprescindibles para quien desee entender al país, en momentos distintos de nuestra historia.
Oscar Padrón Favre, historiador ya consagrado, publica Rivera, el artiguismo posible, que es un trabajo enorme de investigación, con un caudal de documentos que le hace particularmente atractivo. En sus 651 páginas, que al principio impresionan y pueden desalentar, Rivera en particular y sus contemporáneos en general cobran vida a través de sus cartas. No es un texto pesado ni pesante, pareciéndose mucho a una obra de teatro en que sus personajes principales entran y salen.
La obra encara fundamentalmente el Rivera gobernante. No incluye su período como “segundo” de Artigas, que lo fue hasta 1820, ni tampoco el tema de su relación con el mundo indígena, como caudillo de los “guaraníes misioneros”, enfrentado a la tribu minoritaria y primitiva de los charrúas.
Ese Rivera gobernante tuvo siempre la obsesión del control territorial, como el Rivera caudillo la de mantener una fuerza armada oriental. Era el modo de defender a su gente, de hacer de su comandancia militar un factor de protección y de poder construir una República independiente. Antes de que Alberdi dijera que “gobernar es poblar”, Rivera lo hacía. Durazno, Belén, Bella Unión, Tacuarembó… Por eso defendió ardorosamente a los poseedores de tierra, enfrentados a propietarios dueños de lejanos títulos, especialmente en el período cisplatino, en que afianzó así su liderazgo.
Su acción se centraba en la campaña, aun cuando ejercía la Presidencia. Para esta se rodeaba de los mejores. Nunca sintió ese complejo tan común en los líderes rurales. Por eso en sus gabinetes figuraron hombres como Lucas Obes, Santiago Vázquez, José Ellauri, Francisco Muñoz, Joaquín Suárez, Manuel Oribe, Melchor Pacheco y Obes, Enrique Martínez y Andrés Lamas. Por la capacidad de esta gente, Rivera pudo gobernar a caballo, mientras en Montevideo se iba organizando una administración inexistente, que poco heredaba de la Colonia.
Fue un auténtico liberal. Respetó la opinión ajena más que ninguno de los de su tiempo. Y cuando el autoritarismo rosista avanzaba y muchos le aconsejaban asumir mayor poder para poder enfrentarlo, fue claro, en 1840, en su republicanismo: “Voy adelante, mi deber es uno y mi misión la dicha de nuestra patria. Si le conservo sus instituciones y le doy paz, he llenado todas mis aspiraciones”.
Fue muy difícil instalar una república y luego preservarla de las ambiciones de sus vecinos. En todo ese proceso, no hay figura de mayor protagonismo y capacidad de decisión que Fructuoso Rivera. Quienes lo difaman lo hacen desde el prejuicio y la ignorancia. Cualquiera que apenas asome a los hechos, simplemente a los hechos, se encontrará con el personaje más fascinante del período fundacional del Uruguay. Por eso este libro ofrece una mirada distinta de las habituales.
Yendo a los tiempos contemporáneos, nos encontramos con otra novedad, el libro de Jorge Leiranes, La Conjura de Cándidos y Tartufos. Las raíces del golpe militar del 9 de febrero.
No es un libro común. Es a la vez una crónica fiel y un ensayo inteligente. La primera asume, como corresponde, el 9 de febrero de 1973 como inicio de la dictadura y se remonta al período de Terra para rastrear sus orígenes militares e ideológicos. Estos son fundamentales, porque desde la cercanía de Luis Alberto de Herrera a Franco y Mussolini hasta la influencia del “peronismo” político y el “peruanismo militar” se advierten las corrientes adversas a la democracia liberal que en sucesivas etapas inspiraron el proceso que termina desencadenando una dictadura que duró más de una década.
La historiografía académica, en términos generales, ha traicionado sus principios metodológicos porque no ha asumido que, si un golpe de Estado es la subordinación del poder civil constituido a un poder militar de facto, el 9 de febrero se dio el golpe en Uruguay. Ocurre que es una verdad molesta para la izquierda que especuló en ese momento, y aun varios meses después, en la posibilidad de que la irrupción castrense abriera el espacio a un gobierno “nacional y popular” al estilo del Gral. Velasco Alvarado en Perú.
De la crónica surgen nítidas las figuras de quienes defendieron la democracia y quienes la agredieron. También, aunque parezca paradójico, queda clara la ambigüedad de quienes, por su oposición al gobierno, prohijaban soluciones inconstitucionales, aunque su convicción tuviera intencionalidad democrática, como fue el caso del propio Wilson.
Lo importante es que los hechos reseñados tienen el fuerte arraigo de la prueba. No hay afirmación sin fuente. Y aunque el autor diga que es un trabajo periodístico, le considero —como otros de sus géneros— aportes fundamentales a una historiografía que se ha contaminado de leyendas, mitos y “tartufismos”. Los “cándidos” fueron pocos, pero los hubo, como quienes, mirando con simpatía al peruanismo de Velasco Alvarado, se imaginaron al general Gregorio Álvarez encabezando un gobierno de izquierda. Hoy parece una broma, pero en aquel momento no era así.
Dos lecturas distintas. Dos tiempos históricos distintos. Sin embargo, idéntica preocupación por la institucionalidad republicana.
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