¡Hágase la Lust!
Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 9'
Por Eduardo Irigoyen García
La polémica entrevista a Eduardo Lust reabrió una discusión sobre los límites del periodismo, el derecho a la intimidad de las figuras públicas y la obligación de formular preguntas incómodas. Entre la reacción de las redes y la posterior rectificación del entrevistado, el episodio deja una enseñanza sobre la independencia periodística.
En el ecosistema periodístico uruguayo se sabe, aunque no siempre se diga en voz alta, que hay figuras públicas con zonas de su vida que prefieren no iluminar. Eduardo Lust, abogado, ex diputado, dirigente partidario y habitual protagonista de los medios y las redes, es una de ellas.
Maneja los conceptos jurídicos con solvencia y habla con una seguridad que impone respeto. Durante años, cuando algún entrevistador se acercaba a determinados asuntos —deudas, embargos o la suspensión de su título de escribano—, respondía con soltura, sacaba la pelota al córner y, casi siempre, el interlocutor pasaba al siguiente tema. Nadie repreguntaba con insistencia. O casi nadie.
Eso cambió en Doble Vía, el programa de Canal 12. Juanchi Hounie y Leonardo Haberkorn no se conformaron con las primeras respuestas. Le preguntaron por una deuda de medio millón de pesos con la Intendencia de Montevideo, consignada en su propia declaración jurada; por embargos de la Dirección General Impositiva, la Caja Notarial y la Scuola Italiana, todos vinculados a información de acceso público; y por la suspensión de su título de escribano.
Lust respondió. Dijo que los asuntos estaban resueltos, que en su momento había priorizado otros pagos y que los embargos seguían vigentes porque nunca había tramitado formalmente su levantamiento. No lo callaron ni le impidieron hablar. Las preguntas fueron incómodas, sí, pero eso no las convierte automáticamente en injustas.
Tener deudas no convierte a nadie en una mala persona. Tampoco constituye, por sí solo, un delito. La cuestión es otra: si existen dudas razonables y hay registros públicos que permiten formular preguntas, ¿por qué no hacerlas?
Lust no es un ciudadano anónimo. Fue legislador, lidera un partido político y opina sobre una amplia variedad de asuntos. Esa exposición no lo priva de sus derechos ni convierte toda su vida privada en un asunto público. Pero sí hace legítimo preguntarle por cuestiones relevantes para evaluar su conducta pública y la coherencia entre lo que exige a los demás y lo que hace él mismo.
La incomodidad se transforma en “ataque”
Lo llamativo llegó después.
En las redes y en su propio espacio de streaming, Lust dedicó casi cuarenta minutos a acusar a los periodistas de querer humillarlo, de hacer un mandado, de invadir su vida privada y de involucrar a sus hijos y a su esposa fallecida.
La reacción de apoyo fue enorme. Hubo miles de mensajes, llamadas de dirigentes y expresiones de solidaridad de quienes interpretaron la entrevista como un ataque personal. Según su propio relato, el presidente Yamandú Orsi le habría dicho que los periodistas “se pasaron los límites”.
También aparecieron publicaciones que calificaron la entrevista de “miserabilismo” o de “mala leche”. Del otro lado, hubo quienes celebraron que, por fin, alguien insistiera en asuntos que otros habían preferido dejar pasar.
En las redes abundaron los peores argumentos: fanatismo, insultos, descalificaciones. A los periodistas, lo mínimo que les dijeron fue “ensobrados”, “comunistas” o “tupamaros”. Cada bando interpretó lo ocurrido según sus simpatías. Para muchos, la incomodidad del entrevistado se convirtió en prueba de que había sido víctima de una injusticia. El periodista pasó a ser el malo de la película.
Pero hay algo elemental: que una pregunta incomode no significa que sea ilegítima, del mismo modo que formular una pregunta incómoda no convierte automáticamente al periodista en un profesional ejemplar. Hay que examinar qué se preguntó, por qué, con qué información se contaba y cómo se permitió responder.
La discusión debería centrarse en eso, no en quién nos cae mejor.
La tradición uruguaya de no hurgar
Durante décadas, una parte del periodismo local se manejó con una regla no escrita: aquello que las figuras públicas consideraban “privado” se respetaba, incluso cuando podía tener interés público. Un artículo publicado en La Diaria en 2009 describía esa práctica: la prensa recibía rumores sobre depresión, alcoholismo o violencia doméstica de figuras políticas y, por lo general, los dejaba pasar.
Cuando alguien se apartaba de esa norma, la reacción solía ser conocida: “se pasaron de rosca”, “es un ataque personal”, “quieren denigrarlo”.
Esa cultura de contención se explica, en parte, por las dimensiones del país y la cercanía entre periodistas, políticos y otros actores del poder. También por el efecto que dejó la dictadura militar-cívica: después de 1985, en un país que reconstruía sus instituciones democráticas, persistieron hábitos de prudencia excesiva y autocensura. Mejor no tocar determinados temas para evitar problemas.
Cuando alguien rompe ese pacto tácito —como hicieron Haberkorn y Hounie al apoyarse en registros públicos y en la propia declaración jurada de Lust—, una parte del público reacciona con indignación moral. En lugar de discutir si la información es correcta y si las preguntas son pertinentes, se concentra en determinar si “correspondía” formularlas.
Y ahí se produce el desplazamiento: se deja de examinar la conducta del entrevistado y se empieza a juzgar la conducta de quien pregunta.
El “gotcha” y el fanatismo de las redes
En el periodismo estadounidense existe una expresión conocida como gotcha journalism: una forma de entrevista que busca atrapar al entrevistado en una contradicción o exhibirlo públicamente. Puede haber casos en los que esa práctica sea tendenciosa, pero no toda pregunta incisiva encaja en esa categoría.
El caso de Lust permite observar un mecanismo parecido. El entrevistado siente —o afirma sentir— que lo quieren humillar. Sus simpatizantes trasladan la atención desde las preguntas hacia los periodistas. Las redes amplifican las reacciones más viscerales. La lealtad política termina pesando más que el análisis de los hechos. Una discusión sobre deudas, embargos y obligaciones profesionales se transforma en una batalla de adhesiones personales.
Este mecanismo no pertenece a un partido ni a una ideología. Se repite en todos los bandos: cuando cuestionan a alguien de los nuestros, hablamos de persecución; cuando cuestionan al adversario, celebramos que por fin alguien lo ponga contra las cuerdas.
En el interior, la cercanía pesa más
En el interior del país, el problema puede agravarse. Periodistas de distintos departamentos han reconocido en privado que no profundizan en determinados asuntos porque dependen de la publicidad de la intendencia o porque mantienen una relación cotidiana con quien ocupa el gobierno departamental. “Acá nos conocemos todos” es una frase que se repite con frecuencia.
El fenómeno no distingue colores políticos. Cuando un medio depende económicamente de una institución sobre la que debería ejercer control periodístico, existe el riesgo de que esa dependencia condicione las preguntas. No hace falta que alguien llame por teléfono para ordenar que una noticia no se publique. A veces alcanza con saber quién paga la publicidad o con quién habrá que compartir una mesa al día siguiente. La autocensura puede funcionar sin órdenes explícitas.
A esto se agrega un fenómeno reciente: la proliferación de influencers que se presentan como periodistas sin respetar las reglas básicas de la profesión. No se trata de negar que alguien pueda informar desde las redes. Se trata de distinguir entre opinar y hacer periodismo.
Investigar exige buscar documentos, contrastar versiones, verificar datos, dar al aludido la oportunidad de responder y corregir los errores. Sin esas prácticas, el debate público se llena de ruido y la ciudadanía tiene cada vez más dificultades para distinguir entre información, propaganda y simple animosidad.
El periodismo no está para cuidar imágenes
Una entrevista incisiva no es necesariamente agresiva. Preguntar con firmeza no equivale a hostigar. Exigir explicaciones sobre hechos de interés público no es lo mismo que invadir la intimidad.
Haberkorn defendió su actuación en su blog con una pregunta directa: “¿Qué hay de privado en todo eso?”. Los asuntos abordados estaban vinculados con registros públicos y con la propia declaración del ex diputado. Además, ya habían sido utilizados por adversarios políticos.
La pregunta de fondo es sencilla: si existen datos verificables que justifican una consulta, ¿por qué el periodista debería callarse? Y si una respuesta no despeja las dudas, ¿por qué tendría que renunciar a repreguntar?
Por supuesto, hay límites. La relevancia pública no habilita a divulgar cualquier detalle de la vida familiar, utilizar el dolor personal como recurso efectista ni formular acusaciones sin fundamento. Un periodista debe respetar la dignidad de las personas y distinguir entre hechos, sospechas y opiniones. Pero esos límites no pueden convertirse en una excusa para impedir preguntas legítimas.
El periodismo no está para cuidar la imagen de nadie ni para ofrecer tribunas sin repreguntas. Su función es preguntar, investigar, contrastar, insistir cuando sea necesario y proporcionar información confiable para que la ciudadanía pueda formarse una opinión propia.
Si el periodismo deja de incomodar por temor a molestar, corre el riesgo de convertirse en propaganda. Y si los ciudadanos confunden una pregunta legítima con una agresión, terminan defendiendo el derecho de las figuras públicas a no dar explicaciones.
Eso vale para Lust, para oficialismo y oposición, para los dirigentes de nuestro propio partido y para quienes están en las antípodas de nuestras ideas.
Una rectificación que no borra la lección
Horas después, Lust reconoció que se había excedido. Se comunicó por WhatsApp con Haberkorn, autorizó la difusión del intercambio y anunció que pediría disculpas públicamente. También admitió que las preguntas correspondían.
Es un gesto que merece reconocerse. Rectificar y reconsiderar una reacción inicial no es poca cosa, especialmente en un ambiente donde muchos prefieren atrincherarse antes que reconocer un error.
Pero esa rectificación no borra la lección. Las zonas oscuras, cuando nadie se anima a iluminarlas, pueden crecer. Los políticos tienen derecho a la intimidad, pero también deben aceptar el escrutinio sobre los asuntos que afectan su responsabilidad pública.
Y el periodismo, cuando trabaja con rigor y sin complacencias, suele molestar. Especialmente a quienes están acostumbrados a que les pregunten poco y les repregunten nada. El que quiera entrevistas cómodas, que se junte con sus amigos. Pero que no confunda eso con periodismo.
Los dos lados del mostrador
A mí me tocó estar, al mismo tiempo, en los dos lados. Trabajaba en Prensa del gobierno de Mario Carminatti y, en paralelo, tenía mi espacio en un canal de cable. Después tuve un semanario, que intenté mantener lejos de las pasiones políticas, a pesar de mi notoria militancia.
Conclusión: en mi opinión, no se puede.
Es bravo mezclar esos dos mundos. Necesitás tener una capacidad de análisis casi ilimitada y yo no la tengo.
Nunca quise hacer periodismo militante, pero sí periodismo de investigación y denuncia, sin complacencias. Para eso hay que estar fuera del gobierno. Lo más independiente posible. Te vas a ahorrar un montón de dolores de cabeza y cuestionamientos a tu ética periodística.
¿Estuve equivocado en ese momento?
Sí. Hoy no tengo problema en reconocerlo.
Por eso, cuando veo a un periodista hacerle preguntas incómodas a una figura pública —especialmente a alguien que ejerce el poder—, no pienso en si me cae bien o mal. Pienso en si yo habría tenido el coraje de hacerlas cuando estaba sentado del otro lado.
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