Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

Groenlandia no cambia de bandera, pero sí de equilibrio

Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 7'

El acuerdo firmado por Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia amplía de manera permanente la presencia militar estadounidense en la isla, impide el ingreso estratégico de potencias ajenas a la OTAN y preserva formalmente la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación groenlandés. Trump no consiguió adquirir el territorio, pero obtuvo buena parte de aquello que buscaba sin necesidad de cambiar sus fronteras.

El acuerdo sobre Groenlandia fue firmado este martes 22 de setiembre en Nueva York, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Lo suscribieron el presidente estadounidense, Donald Trump; la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, y el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen. No se trata, por tanto, de un convenio celebrado exclusivamente entre Washington y Copenhague: la presencia de Nielsen como firmante concede al gobierno autónomo groenlandés una condición política propia dentro de la negociación.

Ese detalle tiene importancia. Groenlandia continúa formando parte del Reino de Dinamarca, que conserva las competencias fundamentales en materia de defensa y política exterior, pero posee un amplio régimen de autonomía y el derecho reconocido a decidir eventualmente su independencia. Al firmar el acuerdo en pie de igualdad política con los otros dos gobiernos, Nuuk evita que el futuro de la isla vuelva a resolverse como un asunto entre dos potencias, sin participación de sus habitantes.

El texto completo del instrumento todavía no había sido difundido al cierre de esta edición. Por esa razón es necesario distinguir entre las disposiciones confirmadas por los tres gobiernos y la interpretación maximalista ofrecida por Trump.

El acuerdo autoriza una expansión considerable de la presencia militar estadounidense. A la actual base espacial de Pituffik, situada en el noroeste de la isla, se agregarán dos instalaciones: Narsarsuaq, antigua base aérea estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, y Mestersvig, en la costa oriental, utilizada actualmente por la Patrulla Sirius de las Fuerzas Armadas danesas. Será el mayor incremento de la infraestructura militar de Estados Unidos en Groenlandia desde el final de la Guerra Fría.

Washington obtiene, además, derechos permanentes de acceso, establecimiento de bases y sobrevuelo. Según funcionarios estadounidenses, esas facultades no caducarán y continuarán vigentes aun si Groenlandia se independiza de Dinamarca. La defensa de la isla queda integrada de manera más explícita al dispositivo estratégico norteamericano y al sistema colectivo de la OTAN.

El segundo componente es la exclusión de potencias rivales. Ningún país ajeno a la OTAN podrá instalar una base o desarrollar una presencia militar en Groenlandia. También se impedirán inversiones consideradas sensibles que puedan otorgar influencia estratégica a gobiernos adversarios, especialmente China y Rusia. No se ha explicado todavía quién determinará qué inversión debe considerarse sensible ni cuál será exactamente el procedimiento de autorización. Trump sostiene que ninguna operación de esa naturaleza podrá realizarse sin el consentimiento escrito de Estados Unidos; Dinamarca y Groenlandia han empleado una formulación más prudente y hablan de impedir que los adversarios obtengan “control o influencia significativa”.

El acuerdo no transfiere la soberanía ni modifica las fronteras. Groenlandia sigue perteneciendo al Reino de Dinamarca y conserva intacto su derecho a la autodeterminación. Tampoco se han reconocido enclaves sometidos a soberanía estadounidense. Las bases serán instalaciones militares de Estados Unidos dentro de territorio groenlandés, no territorio norteamericano.

La firma, por otra parte, no significa su entrada inmediata en vigor. El instrumento deberá cumplir los procedimientos parlamentarios internos correspondientes. Esta instancia será particularmente relevante en Groenlandia, donde persiste una fuerte desconfianza hacia cualquier fórmula que pueda sustituir la antigua dependencia danesa por una nueva dependencia estadounidense.

Lo nuevo y lo que ya existía

El alcance del acuerdo debe compararse con el tratado de defensa de 1951, que ya concedía a Estados Unidos amplias posibilidades de utilizar bases, sobrevolar el territorio y desplegar fuerzas en Groenlandia. Washington, por tanto, no necesitaba adquirir la isla para proteger el acceso septentrional a América del Norte.

La novedad no reside tanto en la existencia de una presencia estadounidense como en su ampliación territorial, su duración indefinida y su proyección sobre las inversiones extranjeras. También es relevante que el acuerdo quede expresamente ligado a una Groenlandia eventualmente independiente. Estados Unidos se asegura así que una futura separación de Dinamarca no abra un vacío estratégico ni permita a Nuuk buscar protección, financiación o infraestructura en China o Rusia.

Trump afirmó que el pacto concede a Estados Unidos el “control permanente” de la seguridad groenlandesa y de sus demás necesidades. Esa descripción excede lo que admiten Dinamarca y Groenlandia. El acuerdo otorga facultades militares muy extensas, pero no convierte a Washington en autoridad soberana ni le entrega el gobierno civil, la administración de los recursos o la política interna de la isla.

La diferencia no es secundaria. Trump necesita presentar el acuerdo como la materialización de su promesa de controlar Groenlandia. Frederiksen, en cambio, necesita demostrar que no entregó un centímetro del Reino. Nielsen debe convencer a los groenlandeses de que su país participó en la decisión y no fue tratado como una mercancía. Los tres pueden declararse vencedores porque cada uno describe una dimensión distinta del mismo pacto.

Una victoria real, pero menor que la proclamada

Para Trump, el resultado es políticamente rentable. No obtuvo la anexión ni la propiedad territorial que había reclamado, pero logró dos nuevas bases, acceso permanente y un mecanismo para excluir a China y Rusia. Desde el punto de vista estrictamente estratégico, consiguió casi todo lo que Estados Unidos necesita.

La pretensión de adquirir Groenlandia era, además de jurídicamente inadmisible, militarmente innecesaria. El tratado de 1951 ya proporcionaba a Washington un acceso considerable. La crisis creada por Trump obligó a los aliados a negociar una versión reforzada de algo que probablemente habría podido conseguirse mediante la diplomacia ordinaria, sin amenazas contra un integrante de la OTAN.

Dinamarca también puede considerar satisfactorio el desenlace. Conserva su soberanía, evita una ruptura con Estados Unidos y traslada la cuestión groenlandesa desde la lógica de una negociación territorial hacia la seguridad colectiva de la OTAN. Copenhague ha aceptado una presencia norteamericana mayor, pero ha impedido que esa presencia se traduzca formalmente en soberanía.

El resultado más ambiguo corresponde a Groenlandia. Por primera vez aparece como parte firmante y no simplemente como territorio sobre el cual deciden otros. Nielsen pudo decir con razón que no es un acuerdo solamente sobre Groenlandia, sino también con Groenlandia.

Pero esa afirmación de personalidad internacional viene acompañada por limitaciones duraderas. Si las facultades estadounidenses sobreviven a una eventual independencia, el futuro Estado groenlandés nacería con buena parte de su política de defensa predeterminada. Y si Washington dispone de capacidad decisiva para excluir inversiones sensibles, también podría condicionar el desarrollo de los minerales críticos, la infraestructura portuaria, las telecomunicaciones y la energía.

La independencia política requiere una base económica. Groenlandia cuenta con recursos minerales importantes, pero carece del capital, la población y la infraestructura necesarios para explotarlos por sí sola. Excluir a China puede ser razonable desde la seguridad occidental; hacerlo sin ofrecer suficientes inversiones alternativas podría dejar a la isla protegida militarmente, pero dependiente económicamente.

El precio de la presión

El pacto cierra la crisis inmediata, pero no borra el daño ocasionado. Durante meses, el presidente estadounidense se negó a descartar el empleo de presión económica o incluso militar contra el territorio de un aliado. Dinamarca respondió reforzando su presencia en el Ártico y buscando respaldo europeo. Los groenlandeses, por su parte, comprobaron que su posición estratégica podía convertirlos en objeto de una disputa entre potencias.

La consecuencia paradójica es que Trump obtuvo mediante una crisis artificial un acuerdo que refuerza a la OTAN, precisamente después de haber debilitado la confianza entre sus integrantes. Estados Unidos aumenta su seguridad material, pero la forma en que lo hizo redujo parte de su capital político.

El pacto también confirma que el Ártico dejó de ser una periferia. El deshielo, las nuevas rutas marítimas, los sistemas de alerta frente a misiles, las comunicaciones satelitales y la disponibilidad de minerales críticos lo han convertido en uno de los espacios centrales de la competencia internacional. Groenlandia se encuentra exactamente entre América del Norte, Europa y el océano Ártico. Su valor no reside solamente en lo que contiene su subsuelo, sino en el lugar que ocupa en el mapa.

Trump no compró Groenlandia y Dinamarca no la vendió. Pero Estados Unidos aseguró que ninguna potencia rival podrá ocupar allí una posición estratégica comparable a la suya. La bandera seguirá siendo groenlandesa y la soberanía continuará siendo danesa; la defensa, en cambio, tendrá un carácter cada vez más estadounidense.

Ese es el verdadero contenido político del acuerdo.



La foto de la infamia
La diplomacia no es un adorno
Julio María Sanguinetti
Otra semana colorada para recorrer
Rincón: la victoria que cambió la campaña de 1825
Federalismo republicano y federalismo autoritario
Cuba y Orsi: la voz de la “barra” en la ONU
Orsi y el Compromiso de Santiago: de las declaraciones a la acción
El enchastre personal como método
Negocian y negocian mientras el país espera por el Puerto
El Parlamento no es una escribanía
¿Y si Lula pierde?
Luis Hierro López
El viejo odio que volvió a ser respetable
Santiago Torres
Cómo entender la generosidad de nuestro país con Brasil en materia de cupos de exportación
Tomás Laguna
PISA 2025: la otra brecha de la transición energética
Fitzgerald Cantero Piali
La conducta de algunos políticos también erosiona la confianza
Juan Carlos Nogueira
Cuando el delito tiene cara de adolescente
Angelina Rios
Cuando la estabilidad no alcanza
Ruth Furtenbach
Entre Loretta y Naty Menstrual
Eduardo Irigoyen García
A tapa cerrada
Marcela Pérez Pascual
Brasil ante una elección decisiva: qué puede cambiar en el Mercosur
Alvaro Valverde Urrutia
Raquelita
Susana Toricez
Mohamed VI y la modernización autoritaria
La prensa que el poder no puede elegir
Rusia votó, pero no eligió
Dos rebeliones contra el centro político alemán
Medio siglo de crueldad y mentiras
Groenlandia no cambia de bandera, pero sí de equilibrio
Frases Célebres 1099
Así si, Así no
ENTRE DICHOS
Inicio - Con Firma - Ediciones Anteriores - Staff Facebook
Copyright © 2024 Correo de los Viernes.