Fui, soy y seré
Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
A través de recuerdos personales y testimonios de solidaridad, la autora recorre las experiencias que consolidaron su identidad batllista. Una convicción que nació en el hogar familiar, maduró con los años y se fortaleció al descubrir la profunda dimensión humana de una tradición política que sigue reivindicando con orgullo.
Crecí en un hogar batllista.
Sin embargo, como suele pasar en la adolescencia, yo lo cuestionaba todo; no quería asumir una identidad política sólo por herencia.
Necesitaba encontrar mis propias respuestas.
El verdadero descubrimiento empezó cuando salí al mundo laboral.
Siendo la más joven de la oficina, compartiendo jornadas con personas de más experiencia, me tocó escuchar relatos que calaron hondo.
Recuerdo con particular emoción a una compañera que contaba cómo, siendo una niña, comía gracias a Luis Batlle Berres y a doña Matilde Ibáñez.
Nos relataba cómo, en su quinta de Piedras Blancas, el matrimonio armaba largas mesas sobre caballetes para darles de comer a los niños del barrio.
No eran discursos; era solidaridad pura.
Más adelante, vi muy de cerca la obra del Dr. Aquiles R. Lanza, intendente de Montevideo, un hombre de una calidez y una humanidad profundamente transformadoras.
Pero hubo episodios que terminaron de sellar mi convicción.
Durante años me resultó curioso ver cómo una vecina de mi barrio, a quien le faltaba un brazo de nacimiento, le enviaba flores a doña Matilde en cada aniversario, una costumbre que mantenía desde hacía 40 años.
Un día tuve la oportunidad de preguntarle el motivo.
Resulta que, siendo muy joven y por su condición física, le era casi imposible conseguir empleo.
Cuando doña Matilde se enteró de su situación, le pidió un poco de tiempo para ver qué podía hacer.
Poco después, a mi vecina le llegó un telegrama con la gran noticia: había sido contratada como telefonista en UTE.
Jamás lo olvidó.
Años después, ya de adulta, pude comprobar otra muestra inmensa de grandeza durante la presidencia de Jorge Batlle:
Él antepuso los intereses de nuestro país a cualquier otra consideración, en medio de la crisis de la aftosa.
Es de bien nacidos ser agradecidos, y el Uruguay entero le debe a Jorge el haber sabido liderar y sacar adelante al país en una situación tan difícil.
Ahí entendí todo. El apellido Batlle no era sólo historia en los libros; estaba presente a cada paso, en la vida real del uruguayo común y en el destino de la patria.
¿Cómo no iba a ser batllista?
Si el batllismo es, en su esencia más pura, humanismo, empatía y cercanía. Los Batlle son el Uruguay mismo.
Por eso, ¡fui, soy y seré batllista de corazón!
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