Edición Nº 1068 - Viernes 13 de febrero de 2026

Felipe González y la encrucijada del PSOE

Viernes 13 de febrero de 2026. Lectura: 4'

En un acto público en Madrid, el expresidente español marcó distancia de Pedro Sánchez y anunció que votaría en blanco si repite como candidato. No fue una frase al pasar: fue una impugnación estratégica al rumbo actual del socialismo español.

Las recientes declaraciones de Felipe González no pueden reducirse a un exabrupto ni a una disputa generacional dentro del socialismo español. Cuando el expresidente del Gobierno, que condujo a España entre 1982 y 1996 y fue protagonista de su modernización democrática y europea, afirma públicamente que votará en blanco si Pedro Sánchez vuelve a ser candidato del PSOE, lo que está en juego no es una preferencia personal, sino un diagnóstico político.

González formuló esas declaraciones en un acto público en Madrid —un foro de reflexión política y empresarial— donde, lejos de improvisar, desarrolló una crítica articulada sobre la situación institucional y el rumbo estratégico del Partido Socialista. Allí sostuvo que “antes que votar a Sánchez” preferiría el voto en blanco y que el partido debe preguntarse “quién lo está destrozando”, en una frase que resonó con fuerza dentro y fuera del PSOE. La escena no fue la de un mitin partidario ni una entrevista informal, sino un espacio deliberativo en el que el expresidente eligió intervenir con claridad y frontalidad.

Una crítica de fondo: liderazgo, proyecto y coherencia

El planteo de González se estructura en tres dimensiones principales.
1. La ausencia de autocrítica tras los reveses electorales. El expresidente cuestionó la reacción del PSOE ante derrotas regionales recientes, particularmente en comunidades como Aragón y Extremadura. Según su análisis, el partido no realizó una evaluación estratégica profunda, sino que optó por relativizar los resultados y mantener intacto el liderazgo. Para González, esa lógica erosiona la credibilidad del proyecto socialista.

2. El bloqueo institucional. González advirtió que un gobierno que no logra aprobar presupuestos generales durante un período prolongado enfrenta un problema de legitimidad funcional. Desde su perspectiva, la dificultad para articular mayorías estables no puede naturalizarse como parte del paisaje político. La gobernabilidad, en su concepción, exige algo más que acuerdos coyunturales: requiere un horizonte programático claro y mayorías sólidas.

3. Las alianzas políticas y la identidad del PSOE. Aunque sin recurrir a descalificaciones, el exmandatario dejó entrever su incomodidad con ciertos pactos parlamentarios del actual gobierno. En su razonamiento, el PSOE corre el riesgo de diluir su identidad histórica si su supervivencia depende exclusivamente de alianzas tácticas con fuerzas cuya cultura política no siempre ha sido inequívocamente constitucionalista, mencionando concretamente a Bilbu, inequívocamente ligado a ETA.

El contraste de estilos

La crítica de González no se apoya en la nostalgia, sino en la comparación implícita entre dos formas de ejercer el liderazgo.

Durante sus casi catorce años en el poder, González encarnó una socialdemocracia reformista que combinó integración europea, modernización económica y consolidación institucional. Su legitimidad no provenía solo de mayorías parlamentarias, sino de una narrativa coherente de país.

El liderazgo de Sánchez, en cambio, ha sido descrito por sus críticos —y ahora también por referentes históricos de su propio partido— como intensamente táctico, centrado en la gestión de equilibrios parlamentarios y en la supervivencia política inmediata. Esa diferencia no es meramente estilística: implica una tensión entre estrategia de largo plazo y cálculo coyuntural.

Un PSOE dividido entre continuidad y revisión

Las reacciones internas no tardaron en llegar. Sectores del PSOE defendieron a Sánchez y minimizaron las declaraciones del expresidente, mientras que otros interpretaron el gesto como una llamada de atención ineludible. La división no es nueva, pero la intervención de González la hace visible con mayor crudeza.

El voto en blanco anunciado no implica una ruptura formal con el partido, pero sí simboliza una frontera política: González no se alinea con la oposición conservadora, pero tampoco valida sin reservas la continuidad del actual liderazgo socialista.

Más que un gesto personal

Desde un punto de vista analítico, la intervención de González cumple tres funciones:
  • Reintroduce la discusión estratégica en el seno del PSOE, desplazando el foco del corto plazo electoral hacia el proyecto de país.
  • Plantea un debate sobre la legitimidad del liderazgo, más allá de los mecanismos formales de elección interna.
  • Interpela a la socialdemocracia europea, que atraviesa tensiones similares entre identidad histórica y adaptaciones tácticas.
No es frecuente que un expresidente cuestione tan abiertamente a su propio sucesor partidario. Que lo haga en un foro público, con argumentos y sin ambigüedades, revela que la discrepancia es estructural, no episódica.

Una advertencia, no un ajuste de cuentas

Felipe González no llamó a votar por otra fuerza política ni promovió una fractura del PSOE. Lo que hizo fue más complejo: expuso una preocupación sobre la deriva del partido y su capacidad de representar un proyecto amplio, moderno y estable para España.

En ese sentido, su crítica a Pedro Sánchez no es un ajuste personal, sino una advertencia institucional. El PSOE, sugiere González, debe decidir si quiere seguir orbitando alrededor de la lógica del liderazgo táctico o recuperar una visión estratégica que trascienda la coyuntura.

La magnitud del mensaje no reside en la frase sobre el voto en blanco, sino en la pregunta que deja abierta: ¿puede un partido histórico sostenerse solo sobre la aritmética parlamentaria, o necesita también una narrativa política de largo aliento?



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