Estadios llenos, bibliotecas vacías
Viernes 19 de junio de 2026. Lectura: 3'
Por Susana Toricez
Mientras millones de personas se movilizan emocionalmente ante cada gran cita futbolística, surge una pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupa hoy la búsqueda del conocimiento en nuestras prioridades colectivas? La autora nos invita a reflexionar sobre el poder de convocatoria del deporte y el progresivo abandono de la lectura, la cultura y el desarrollo intelectual.
Con frecuencia me hago algunas preguntas para las que no encuentro respuestas adecuadas.
O quizás sí las tengo, pero me cuesta aceptar la realidad de los hechos.
Hace unos días, observando el gran despliegue, la propaganda invasora y la expectativa casi mística que genera un nuevo Campeonato Mundial de Fútbol, me sorprendí sintiendo una profunda mezcla de curiosidad y desilusión.
Me resulta verdaderamente extraño, y hasta un poco triste, comprobar cómo un porcentaje elevadísimo de seres humanos prefiere volcar toda su energía, su tiempo y su pasión en ver rodar una pelota antes que abrir las páginas de un buen libro o buscar el crecimiento intelectual.
¿Cuándo fue que cambiamos la maravillosa aventura del saber por el grito de una tribuna?
La literatura, la ciencia y el arte... históricamente fueron los medios que formaron al individuo, haciéndolo noble, sensato y verdaderamente libre.
Sin embargo, hoy parecemos anestesiados por un entretenimiento de masas que nos mantiene ocupados, sí, pero vacíos también.
Ahora bien, sería injusto no mirar el reverso de la moneda. Entre todos los males y excesos que suelo ver en el universo del fútbol, hay un fenómeno extraordinario que es noble destacar: su capacidad de convocatoria universal sin discriminación alguna.
En un mundo crónicamente fracturado, el Mundial logra la proeza de unir a los más distintos credos, culturas y razas en un mismo espacio geográfico y emocional. Ver que las diferencias que provocan guerras e intolerancia en otros ámbitos quedan suspendidas, aunque sea por unas semanas, ante la fraternidad de un juego, es un hecho sumamente valioso y rescatable.
Sin embargo, me causa un enorme recelo ver que se llenan estadios y se paralizan naciones por noventa minutos de juego, mientras las bibliotecas permanecen en silencio y la curiosidad por el conocimiento languidece en el olvido.
Preferimos la gratificación instantánea de un gol al esfuerzo silencioso y reconfortante de incorporar una idea nueva que nos vuelva un poco más sabios.
Nos conformamos con ser espectadores del éxito ajeno en una cancha, mientras postergamos el partido más importante: el de nuestra propia superación cultural.
Estamos, peligrosamente, yendo hacia una alarmante superficialidad.
Si dedicáramos tan solo una fracción de ese entusiasmo mundialista a enriquecer nuestro intelecto, a dialogar con los grandes pensadores o a cuestionar el mundo que nos rodea, otra sería nuestra realidad.
Ojalá que, entre tanto ruido y tanta distracción empaquetada para el consumo, seamos capaces de rescatar ese valioso espíritu de unión global para llevarlo hacia fines más elevados.
No perdamos el hábito de la lectura ni el compromiso con nuestra propia mente.
Al final del día, los campeonatos pasan y las copas se llenan de polvo, pero lo que hayamos cultivado en nuestro espíritu **—**es lo único que nos define y nos hace verdaderamente humanos.
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