Estables, ¿pero conformes?
Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 3'
Por Angelina Rios
Uruguay vuelve a ubicarse entre los países con mejores desempeños educativos de América Latina, en un escenario internacional marcado por el retroceso. Sin embargo, los datos también revelan problemas que van mucho más allá de los aprendizajes y obligan a preguntarse cuánto hay realmente para celebrar.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 dejaron para Uruguay una fotografía que admite más de una lectura. En un contexto internacional de caída de los aprendizajes, el país logró mantenerse estable en matemática, mejoró en ciencias y registró un descenso en lectura. Es una buena señal, pero está lejos de cerrar la discusión.
El presidente de la ANEP, Pablo Caggiani, destacó que Uruguay integra un grupo reducido de países que consiguió sostener sus resultados mientras buena parte del mundo retrocedía. También señaló avances en cobertura y reducción del rezago educativo.
Pero algunos de los datos más preocupantes de PISA no aparecen en los puntajes.
Caggiani puso el foco en una realidad más incómoda: cada vez más estudiantes manifiestan sentirse inseguros en sus centros educativos. A esto se suma que cerca de la mitad declara experimentar nerviosismo o angustia y que 16 de cada 100 estudiantes dijeron haberse salteado alguna comida durante la semana anterior a la consulta.
Entonces, la discusión cambia.
Ya no se trata solamente de cuánto sabe un adolescente de matemática, ciencias o lectura. También importa en qué condiciones llega al aula y qué ocurre mientras permanece allí. Porque aprender requiere asistencia, continuidad, seguridad y condiciones mínimas de bienestar.
Los resultados también abrieron una discusión política. Robert Silva, expresidente del Codicen y uno de los principales impulsores de la Transformación Educativa durante el gobierno anterior, sostuvo que PISA 2025 ofrece un primer pantallazo de aquella reforma y reivindicó que Uruguay haya logrado sostener matemática y mejorar en ciencias en un escenario internacional adverso.
Pero el propio Silva introdujo una precisión que vale la pena rescatar: «¿Estamos bien? Reitero: no».
Quizás allí esté el punto más interesante. Más que discutir quién puede adjudicarse los resultados, habría que asumir que la educación trasciende los períodos de gobierno. Los adolescentes evaluados en 2025 atravesaron distintas políticas, una pandemia, reformas y cambios de orientación. Ninguna administración puede explicar por sí sola toda esa trayectoria.
Uruguay tiene razones para valorar que haya resistido una caída internacional y que continúe entre los países con mejores resultados de América Latina. Pero la estabilidad no puede convertirse en la meta.
El desafío, entonces, es otro: mejorar los aprendizajes, reducir las brechas, lograr que los jóvenes concurran regularmente y garantizar que encuentren en los centros educativos un espacio donde puedan sentirse seguros.
Y queda una pregunta que PISA no permite esquivar: ¿cuánto puede hacer la educación para compensar desigualdades cuando un estudiante llega al aula angustiado, inseguro o después de haberse salteado una comida?
Los puntajes miden conocimientos y competencias. Los demás datos muestran las condiciones en las que esos conocimientos intentan construirse.
Nuestro país logró mantenerse en pie mientras buena parte del mundo retrocedió. Eso merece ser reconocido.
Ahora viene el desafío verdaderamente difícil: dejar de conformarnos con no caer y empezar a avanzar.
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