Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026

“Es mejor que no haya petróleo”

Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026. Lectura: 4'

Por Santiago Torres

Mientras avanza —aún sin certezas— la exploración de hidrocarburos en la plataforma marítima uruguaya, resurge una advertencia incómoda: lejos de ser una bendición, el eventual hallazgo de petróleo podría desatar distorsiones económicas, tentaciones populistas y riesgos institucionales que el país difícilmente esté en condiciones de administrar. La vieja tesis de Jorge Batlle cobra así una vigencia inquietante: mejor que no haya nada.

La posibilidad de encontrar petróleo o gas natural en la plataforma marítima uruguaya ha regresado al centro de la escena, impulsada por nuevas campañas de exploración sísmica y compromisos de inversión por cientos de millones de dólares por parte de grandes compañías internacionales. El país, históricamente importador de hidrocarburos, vuelve a coquetear con la hipótesis de convertirse —al menos parcialmente— en productor.

Sin embargo, detrás de esa expectativa late una discusión más profunda, menos técnica y más política: ¿es realmente conveniente para Uruguay encontrar petróleo?

Un escenario aún incierto, pero activo

Las rondas de exploración offshore en aguas profundas han captado el interés de empresas globales, que operan con tecnología de punta en zonas de alto riesgo geológico y financiero. Uruguay no es, en este terreno, un jugador probado: no hay antecedentes de hallazgos comerciales significativos, y cada pozo exploratorio implica inversiones multimillonarias con resultados inciertos.

Aun así, los estudios sísmicos recientes sugieren la posible existencia de sistemas petroleros en la cuenca atlántica uruguaya, con analogías geológicas respecto a descubrimientos en otras latitudes del Atlántico Sur. La expectativa existe, pero está lejos de constituir una certeza.

El Estado, a través de contratos de exploración, participa indirectamente en la eventual renta futura, ya sea vía regalías, impuestos o participación en la producción. En el mejor de los casos —si se produjera un descubrimiento comercialmente explotable— Uruguay podría acceder a ingresos significativos durante décadas.

Pero ese “mejor de los casos” es, precisamente, el núcleo del problema.

La advertencia de Jorge Batlle

El expresidente Jorge Batlle fue, en este tema, una voz solitaria pero persistente. Contra el sentido común —que asocia recursos naturales con prosperidad— sostuvo una tesis provocadora: “lo mejor que le puede pasar al Uruguay es que no haya petróleo”.

No se trataba de una frase efectista. Batlle apuntaba a un problema estructural: la capacidad institucional del país para administrar una riqueza súbita y extraordinaria.

Su razonamiento era incómodo pero claro: las economías pequeñas, con sistemas políticos permeables a la presión de corto plazo, suelen gestionar mal las rentas extraordinarias. El petróleo, lejos de ser una bendición automática, puede convertirse en un factor de distorsión económica y eventual deterioro institucional.

La “enfermedad holandesa”: riqueza que empobrece

El concepto clave para entender este riesgo es la “enfermedad holandesa”.

En términos simples, el mecanismo es el siguiente:

  • un país descubre un recurso altamente rentable (petróleo o gas),

  • aumentan fuertemente las exportaciones y el ingreso de divisas,

  • la moneda se aprecia,

  • los sectores transables tradicionales (industria, agro, servicios exportables) pierden competitividad,

  • la economía se concentra en el recurso natural.

El resultado es una estructura productiva menos diversificada y más vulnerable. Se gana en renta, pero se pierde en resiliencia y desarrollo de largo plazo.

Para un país como Uruguay, cuya competitividad depende de equilibrios finos en costos y tipo de cambio, este riesgo no es teórico: es central.

El riesgo político: la tentación populista

Más allá de la economía, el petróleo plantea un problema político clásico: cómo administrar ingresos abundantes sin disciplina.

La evidencia comparada muestra que las rentas extraordinarias tienden a alimentar:

  • expansión del gasto público,

  • subsidios generalizados,

  • debilitamiento de las reglas fiscales,

  • decisiones orientadas al corto plazo electoral.

En este punto, la discusión aterriza en la realidad local. Uruguay no carece de instituciones, pero tampoco está blindado frente a estos incentivos. Y un eventual gobierno del Frente Amplio —como lo ha demostrado su trayectoria— difícilmente sostendría, en un contexto de abundancia, la disciplina necesaria para preservar intacta una renta de largo plazo.

El único uso virtuoso imaginable de esa riqueza sería la creación de un fondo soberano robusto, destinado a sostener el sistema previsional. Pero ese diseño exige constancia política, reglas rígidas y una cultura institucional que resista la tentación de gastar hoy lo que debería ahorrarse para mañana.

Nada en la experiencia reciente permite ser optimista al respecto.

Los costos ambientales y reputacionales

A los riesgos económicos y políticos se suman los ambientales:

  • potenciales derrames offshore,

  • impacto sobre ecosistemas marinos,

  • afectación de la pesca y el turismo.

Uruguay ha construido una reputación internacional basada en la estabilidad, la calidad institucional y ciertos estándares ambientales. Un incidente relevante podría comprometer ese capital reputacional, con efectos que exceden largamente al sector energético.

Mejor que no haya nada

La posibilidad de encontrar petróleo seduce porque promete riqueza fácil, autonomía energética y proyección internacional.

Pero también introduce riesgos profundos: distorsiones económicas, degradación institucional y tentaciones políticas difíciles de contener.

La advertencia de Jorge Batlle, es ese sentido, no fue una exageración sino un diagnóstico.

El único escenario en el que el petróleo sería beneficioso —la creación de un fondo soberano intocable para financiar el futuro previsional— requiere una disciplina política excepcional y sostenida durante décadas.

Ese escenario, hoy, parece improbable.

Demasiados riesgos.
Demasiadas tentaciones.

Tal vez, después de todo, lo más prudente —y lo más responsable— sea rogar que no haya nada.




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